Parte 1

—¡Esta ya no es tu casa! —me gritó mi hijo antes de golpearme.

Conté hasta treinta. Algunos golpes me alcanzaron la cara; otros, los brazos con los que intentaba cubrirme. Traté de apartarme, pero la silla me cerraba el paso. Cuando Julián consiguió sujetarlo, mi nuera seguía sentada junto al pastel.

No se levantó para ayudarme.

—Mira lo que provocaste, Teresa —dijo.

Me llamo Teresa Alcántara, tengo sesenta y ocho años y durante cuatro décadas dirigí obras en Guadalajara. Había aprendido a discutir presupuestos y detener trabajos peligrosos. Aquella noche apenas pude encontrar mi bolsa.

Mi hijo, Rodrigo, cumplía treinta y cuatro años. Le había llevado el reloj de su papá, reparado después de meses buscando una pieza. Dentro de la caja puse una fotografía de los dos levantando una barda en nuestro primer terreno.

Antes de dárselo, había notado dos cosas extrañas.

Nuria escondió bajo una revista un sobre de la administradora de la casa en cuanto me vio entrar. Después, durante la cena, preguntó dos veces si yo pensaba cambiar mi testamento.

—Si necesitas algo, pregúntamelo directamente —le dije.

—Nada. Estamos organizando nuestros papeles.

Rodrigo le apretó la mano por debajo de la mesa.

La casa estaba en un fraccionamiento de Zapopan. Yo la había comprado cinco años antes, cuando mi hijo abrió una consultoría de logística y se casó. Le ofrecí vivir ahí sin pagar renta mientras consolidaba su negocio.

Conservaba mi propia casa, más pequeña, cerca de donde había vivido con Alberto. No necesitaba una alberca ni cinco recámaras.

Al entregarles las llaves dije: «Aquí pueden hacer su hogar». Debí repetir más veces lo que habíamos firmado. En cambio, dejé pasar las primeras ocasiones en que Rodrigo decía frente a otros que él había comprado aquella propiedad.

También dejé pasar sus comentarios sobre mi coche viejo y las llamadas que respondía únicamente cuando necesitaba dinero.

Nuria administraba las reuniones, las fotografías y los gastos de mantenimiento. A mí me enviaba facturas. A sus amistades les contaba que la casa era resultado del esfuerzo de ambos.

Además, esa semana había llegado el aviso para renovar mi respaldo al crédito de su empresa. Cuando pregunté por qué todavía me necesitaba, Rodrigo respondió que firmaríamos después del cumpleaños. No quiso explicarme los números.

Aquella noche, la mayoría de los invitados ya se había despedido cuando entregué el regalo. Julián, socio de Rodrigo, dejó su celular grabando junto al pastel y fue a la cocina por unos platos.

Mi hijo abrió la caja.

—¿Un reloj usado?

—Era de tu papá. Lo mandé reparar.

Nuria soltó una risa breve.

—Siempre tienes que recordarle de dónde viene.

Rodrigo empujó la caja hacia mí.

—Estoy cansado de que vengas a cobrarnos favores.

—No te estoy cobrando nada. Te estoy dando algo que pensé que querrías conservar.

Se levantó. Yo tomé mi bolsa.

—Podemos hablar otro día, sin faltarnos al respeto.

Nuria se inclinó hacia su oído. No escuché sus palabras, pero vi cambiar la expresión de mi hijo.

Después vino el empujón contra la silla. Los golpes. La voz de Julián desde la cocina y sus manos separándonos.

No pronuncié ninguna amenaza. Dejé el reloj sobre la mesa y salí acompañada por Julián. Mi hermana Beatriz nos alcanzó en urgencias. Allí dije quién me había lastimado y permití que documentaran las lesiones.

Mientras esperaba la revisión, Rodrigo escribió: «Que esto se quede en la familia». No preguntó dónde estaba. Tomé una captura y, en la libreta donde anotaba mis medicinas, escribí lo que recordaba. Julián esperó afuera hasta que Beatriz pudo acompañarme. No regresé sola a mi casa.

Al amanecer llamé a Ramiro, mi abogado.

—Quiero vender la casa de Zapopan.

Un empresario vecino había hecho una oferta semanas antes. Yo la había rechazado porque ahí vivía Rodrigo. Esa mañana pedí retomarla.

A mediodía, mientras mi hijo estaba en su oficina, acepté por escrito el precio y autoricé preparar la operación ante notario.

Ramiro también envió un requerimiento formal al domicilio.

Rodrigo llamó apenas Nuria recibió los documentos.

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—¿Cómo que tenemos que entregar? ¡No puedes vender mi casa!

Abrí la copia de la escritura que tenía enfrente.

Su nombre no aparecía en ninguna parte. El mío estaba en la primera página.

Sigue leyendo; aquella escritura era apenas el principio.

Parte 2

—La casa está a mi nombre, Rodrigo.

—Tú nos la regalaste.

—Les presté su uso. Firmaste un comodato cuando te entregué las llaves.

—Eran trámites de tu contador.

—Eran tus obligaciones. Puedes pedirle a un abogado que las revise.

Escuché que golpeaba algo sobre su escritorio.

Ramiro me hizo una seña para que terminara la llamada. Antes de colgar, Rodrigo preguntó si estaba dispuesta a dejarlo en la calle.