Tras 6 años en el extranjero, una enfermera encontró a su madre de 66 humillada por su cuñada: “Es la sirvienta”. Durante la cena, mostró quién era la verdadera dueña de aquella casa.
Parte 1
Lorena le dio una bofetada a su suegra de 66 años por romper un plato en la casa que había comprado la hija de aquella mujer.
Daniela llegó a Querétaro esa tarde con una maleta, un ramo de alcatraces y la ilusión de abrazar a su madre después de 6 años trabajando en España. Como enfermera de terapia intensiva, había aprendido a reconocer el miedo incluso cuando alguien intentaba esconderlo. Por eso, al encontrar a Elena arrodillada sobre el patio, tallando las juntas del piso con los dedos hinchados, dejó de sonreír.
Desde la cocina llegó la voz de su cuñada.
—¡Apúrese! ¡Los invitados llegan en 1 hora!
Elena levantó la mirada. En lugar de correr hacia su hija, se quedó inmóvil.
—Hubieras avisado, mi niña. Por favor, no vayas a hacer un escándalo.
Daniela dejó las flores en una silla y la ayudó a levantarse. Su madre estaba más delgada. Bajo el suéter, los hombros parecían haberse encogido.
—¿Qué está pasando aquí?
—Nada. Estamos preparando una cena.
Aquella casa de Carretas había sido su promesa después de enterrar a su padre. Daniela la compró 4 años atrás, entre guardias nocturnas y comidas recalentadas. Elena había firmado los trámites con un poder especial, pero la escritura estaba a nombre de su hija. No habían considerado necesario explicárselo a toda la familia.
Mauricio, el hermano mayor, llegó después con Lorena. Su negocio de muebles había quebrado y necesitaban alojamiento durante algunos meses.
Llevaban 2 años allí.
Daniela había hablado con su madre cada domingo. Elena siempre decía que estaba bien. Ahora entendió por qué las llamadas terminaban cuando se oían pasos cerca.
Lorena apareció con un vestido blanco y el celular en la mano.
—Mira nada más. La extranjera se acordó de nosotros.
Le entregó una bolsa con servilletas.
—Ya que estás aquí, ayúdale. Tu mamá se tarda demasiado.
Daniela no respondió. Entró buscando la fotografía de sus padres que antes estaba sobre la consola. Encontró un jarrón enorme. Las imágenes familiares habían desaparecido; en su lugar había retratos de Lorena y Mauricio.
El cuarto de Elena olía a perfume ajeno. Sobre la cama descansaba el bolso de Beatriz, la madre de Lorena.
—¿Y tú dónde duermes, mamá?
Elena señaló el pasillo de servicio.
Junto a la lavadora había una cama plegable, una cobija y una caja de zapatos con sus lentes. La ventana no cerraba bien.
—Beatriz tiene problemas de espalda —explicó Elena—. Mauricio dijo que sería por unos días.
En ese momento, su hijo entró cargando bebidas. Abrazó a Daniela sin mirarla demasiado.
—Luego hablamos. Hoy Lorena tiene invitados importantes.
Daniela iba a contestar cuando escucharon un golpe en la cocina. Elena había intentado sacar una charola; un plato cayó al piso.
Lorena cruzó la habitación y la abofeteó.
—¡Vieja inútil! ¡Ese plato costó más que tu pensión!
Daniela se interpuso y apartó a su madre.
—No vuelvas a tocarla.
Mauricio soltó el aire con fastidio.
—Ya, Daniela. No empeores las cosas.
Elena, temblando, intentó agacharse para recoger los pedazos. Su hija la sentó. Al acomodarle el suéter vio marcas en el antebrazo: algunas recientes, otras amarillentas.
—Me caí —murmuró Elena.
Daniela sostuvo su mirada. Su madre terminó bajando los ojos.
La llevó a una habitación alejada de Lorena y le preguntó si quería salir de inmediato. Elena le apretó la mano.
—Mi bolsa. Antes de irnos, necesito mi bolsa.
Dentro no había dinero ni identificaciones. Elena señaló el lavadero y explicó, casi sin voz, que Mauricio guardaba allí sus documentos.
Daniela abrió la caja detrás de la puerta. Entre recetas y sobres encontró un estado de cuenta. Había 3 transferencias de 160.000 pesos.
Las 3 tenían el mismo destinatario: su hermano.
Parte 2
Los 480.000 pesos eran lo que quedaba del seguro de vida del padre de Daniela y de los ahorros que Elena había conservado para una emergencia. Su hija recordó las veces que Mauricio le había pedido ayuda para comprar medicamentos; entonces había enviado dinero sin preguntarle a su madre.
Fotografió los estados de cuenta. En la caja también encontró la tarjeta bancaria de Elena y 2 cajas de medicina todavía cerradas. Lorena apareció antes de que pudiera revisar el último sobre. Le arrebató el papel y le reprochó que llegara después de tantos años a investigar cómo administraban su casa. Daniela miró hacia el pasillo. La cámara que había instalado para vigilar la entrada seguía conectada. El pequeño grabador estaba en el estudio, detrás del módem.
No grabaría los últimos 2 años, pero quizá conservara los días recientes. Lorena interpretó su silencio como una victoria y regresó al comedor. Daniela encontró a Elena sentada junto a la ventana. Con su autorización, revisó los movimientos de la cuenta desde el teléfono de su madre. Las transferencias coincidían.