Parte 1
—A ver si así se te quita lo egoísta.
Mi cuñada me vació el vaso de agua con hielos sobre la cabeza antes de que pudiera apartarme. El vestido se me pegó al vientre de 7 meses. Escuché caer los cubiertos de la mesa vecina.
Rodrigo, mi esposo, permaneció sentado frente a mí.
—Ya, Daniela —murmuró, mirando hacia la cocina.
Ella agarró el respaldo de mi silla y lo empujó. La pata se atoró en una unión del piso; yo me fui de lado y alcancé a sujetarme de la mesa.
—Cuidado —dije, con una mano sobre la panza.
—Hubieras pensado en la familia antes de negarte a firmar.
Hasta entonces todavía había creído que mi matrimonio podía salvarse.
Mi mamá había muerto 2 años atrás. Me dejó un departamento y 8 millones de pesos administrados mediante un fideicomiso bancario que ella constituyó durante su enfermedad. Yo recibía una cantidad mensual y podía solicitar disposiciones extraordinarias conforme al contrato.
Rodrigo conocía esas condiciones. Nos casamos por separación de bienes y nunca le prometí financiar su negocio.
Durante nuestros primeros meses juntos no pareció importarle. Después, su empresa de distribución de equipo para restaurantes empezó a tener problemas.
Primero pidió 200 mil pesos. Luego 900 mil. Finalmente llegó con una solicitud por 3 millones 600 mil.
—Con eso salimos del bache y te lo devolvemos en diciembre.
Le pedí estados de cuenta, contratos y una relación de deudas. Me llevó una presentación con fotografías de refrigeradores industriales.
—¿Desde cuándo necesitas auditar a tu esposo?
Desde que comenzó a esconder el teléfono para contestar llamadas.
Había otras cosas. Daniela acababa de cambiar de camioneta, aunque aseguraba llevar meses sin cobrar. Y Rodrigo insistía en que el depósito debía hacerse a una sociedad cuyo nombre no coincidía con el de su empresa.
Cuando pregunté, respondió que era una cuenta concentradora.
La cena debía servir para aclararlo. Él eligió un restaurante de Guadalajara y prometió llevar documentos completos.
Yo había aceptado porque era un lugar público. También porque su dueño, Ernesto Salcedo, era mi padrino y amigo de mi mamá desde antes de que yo naciera.
Rodrigo lo sabía, aunque supuso que esa noche estaría fuera: mi padrino había anunciado un viaje para visitar a su hermano.
Daniela apareció después del plato fuerte.
—Pasaba por aquí —dijo.
Traía una carpeta bajo el brazo.
Dentro había instrucciones para solicitar el retiro del fideicomiso y un supuesto contrato de préstamo. Mi nombre ya estaba escrito en cada hoja.
—Faltan los estados de cuenta —señalé.
Rodrigo puso una pluma junto a mi plato.
—Tenemos que resolver hoy.
—Entonces hoy no se resuelve.
Daniela se inclinó sobre la mesa.
—Mi hermano te ha aguantado todo el embarazo. ¿Y tú no puedes ayudarlo?
Le pedí que se retirara. Ella tomó el vaso.
Ahora tenía el pelo empapado y un hielo atrapado entre la espalda y el vestido.
Una mesera se acercó con una toalla. Antes de que pudiera dármela, se abrió la puerta de la cocina.
Mi padrino había regresado del viaje esa misma tarde.
Observó el agua, la silla torcida y mi mano apretada contra el vientre.
—Llama al 911 —le indicó al gerente—. Y trae una silla firme.
Daniela soltó una risa nerviosa.
—Fue una broma.
Mi padrino miró su vestido de diseñador.
—Debería darte vergüenza. Ganas no me faltan de ponerte a limpiar con ese vestido.
—No —dije—. Quiero salir de aquí.
Se apartó de inmediato.
—Eso se queda conmigo. Lo trajiste para que lo firmara.
Al levantar las hojas mojadas vi un anexo que no me habían mostrado.
Era una relación de obligaciones pendientes.
Busqué el nombre de la empresa de Rodrigo. No aparecía.
En cambio, encontré la sociedad que recibiría mi dinero y, debajo, el nombre de su administradora: Daniela.
La deuda que querían cobrarme no era de mi esposo.
Quédate para la parte 2: todavía faltaba saber por qué él estaba dispuesto a entregarme para salvarla.
Parte 2
—¿Por qué aparece tu hermana como administradora?
Rodrigo estiró la mano hacia el anexo.
—No estás entendiendo la estructura.
Lo guardé en mi bolsa antes de que pudiera quitármelo.
La mesera me ayudó a pasar a una oficina junto al comedor. Mi padrino preguntó si quería que entrara alguien conmigo.
—Tú sí. Ellos no.
Me temblaban las piernas. Tenía una molestia en el costado y no podía distinguir si era por el esfuerzo o por el susto.
El gerente seguía hablando con emergencias. Pedí que avisaran también a mi obstetra y marqué a Julia, una abogada que había revisado conmigo los documentos del fideicomiso.
No era una llamada preparada. Cuando contestó, apenas pude explicarle dónde estaba.
—Primero que te revisen —me dijo—. No firmes nada. Guarda lo que te entregaron y no discutas.