Los policías llegaron mientras me valoraban los paramédicos. Di mis datos, describí lo ocurrido y señalé a 2 personas que habían presenciado el empujón. El gerente ofreció conservar las grabaciones de las cámaras.
Rodrigo esperaba cerca de la puerta.
—Voy contigo al hospital.
—Va mi padrino.
—Soy tu esposo.
—Lo eras también cuando ella empujó la silla.
No discutió después de eso.
En urgencias me mantuvieron varias horas en observación. Mi hija tenía buen ritmo cardiaco. La molestia disminuyó y pude irme con indicaciones de regresar si aparecía algún síntoma de alarma.
Dormí en casa de mi tía.
A la mañana siguiente tenía 38 mensajes de Rodrigo. En ninguno preguntaba por el resultado de la revisión. Quería saber dónde estaba la carpeta.
Julia llegó después del desayuno. Extendimos las hojas sobre una mesa.
La sociedad de Daniela figuraba como deudora de una financiera. Rodrigo aparecía como obligado solidario. El monto coincidía casi exactamente con lo que me habían pedido.
—Esto explica su urgencia —dijo Julia—. Pero falta saber qué hicieron con ese crédito.
Le enseñé también los correos que había intercambiado con Rodrigo durante el último mes. En uno, él había adjuntado una carpeta de comprobación cuando yo insistí en conocer el destino del dinero.
No la había abierto completa: contenía decenas de archivos y esa tarde tuve una consulta prenatal.
Ahora revisamos cada uno.
Había facturas de equipo, una tabla de pagos y una transferencia a una agencia automotriz.
La referencia coincidía con la camioneta nueva de Daniela.
También encontramos pagos de renta de un local que nunca abrió. La empresa de Rodrigo había garantizado un negocio de su hermana; los pagos vencidos ya amenazaban su propia operación.
—Me dijo que faltaba dinero para surtir pedidos —murmuré.
Julia señaló las fechas.
—Aquí hay gastos de varios meses. Te estaba pidiendo que cubrieras una deuda anterior.
Llamé a la ejecutiva que atendía mi fideicomiso. Solicitamos una cita y pedí revisar las comunicaciones recientes relacionadas con mis solicitudes.
La respuesta llegó esa tarde.
Una semana antes, Rodrigo había enviado desde su correo un formato con mi nombre y una imagen de mi firma. El banco no había tramitado nada: requería verificar directamente mi voluntad y faltaban otros requisitos.
La ejecutiva había escrito a una dirección secundaria que yo casi no revisaba. Ahí estaba el aviso.
Reconocí mi firma. Era la misma imagen que aparecía en un documento de la compra de nuestro coche.
Pedí copia del correo recibido.
Esa noche Rodrigo escribió que quería reunirse con Julia para explicar “el malentendido financiero”. Acepté verlo en su despacho, 2 días después.
Mientras tanto presenté mi denuncia acompañada por ella. Entregamos los documentos médicos y solicitamos incorporar los videos.
Antes de la reunión, Rodrigo mandó un último mensaje:
“Daniela no puede perderlo todo por un impulso tuyo. Si la denuncias, no esperes que yo te apoye con la niña”.
Julia lo leyó y dejó mi teléfono sobre la mesa.
En ese momento se abrió la puerta del despacho. Rodrigo entró con su hermana y la misma carpeta, ya seca, bajo el brazo.
Sigue a la parte 3: esta vez, cada explicación tendría que sostenerse frente a los documentos.
Parte 3
Rodrigo dejó la carpeta sobre el escritorio de Julia.
Había cambiado las hojas húmedas por copias limpias. Incluso llevaba una pluma.
Daniela se sentó sin saludarme. Tenía puestos unos lentes oscuros que se quitó al ver que nadie iba a hablar primero.
—Yo quiero arreglar esto —dijo Rodrigo.
Julia señaló las sillas.
—Podemos escuchar su propuesta. Mariana decidirá si le interesa. No se va a firmar ningún documento hoy.
Él dejó la pluma sobre la carpeta.
Yo llevaba mi propia lista escrita en una hoja de cuaderno. Había pasado la noche ordenando preguntas para no perderme si empezaba a llorar.
—¿Por qué me dijiste que los 3 millones 600 mil eran para comprar mercancía?
Rodrigo se acomodó el reloj.
—Porque al final todo afecta a la empresa.
—Te pregunté para qué era el dinero.
—Para liberar capacidad financiera.
Julia intervino:
—La pregunta es concreta.
Él miró a Daniela.
—Para cubrir el crédito de su sociedad.
Mi cuñada cruzó los brazos.
—Un negocio puede salir mal. No es un delito.
—Que saliera mal no es lo que te estoy preguntando —le respondí—. Quiero saber por qué me presentaron esa deuda como si fuera otra cosa.
Rodrigo empezó a explicar que había respaldado el proyecto de Daniela porque ella tenía experiencia comercial. El local sería una sala de exhibición de cocinas y equipo para cafeterías.
Habían rentado, comprado mobiliario y contratado publicidad. Después perdieron a un proveedor, se retrasó la apertura y siguieron pagando intereses.
—Si el crédito vence sin pagarse, me cobran a mí —dijo—. Y entonces sí se cae mi empresa.
Eso explicaba las llamadas escondidas. También explicaba por qué necesitaba una suma tan precisa antes de terminar el mes.