Capítulo 1 — La grieta bajo la casa perfecta

El vaso temblaba en la mano de Valeria.

Una gota del líquido turbio cayó sobre la alfombra blanca, a menos de un metro de donde yo estaba abrazando a Sofía en el suelo.

Alejandro miró primero a nuestra hija.

Después miró mi vientre de siete meses.

Luego levantó los ojos hacia su hermana.

—Pon el vaso en la mesa.

Valeria abrió la boca.

—Alejandro, déjame explicarte…

—En la mesa.

Nunca le había oído hablar así.

Ni siquiera estaba gritando.

Y quizá por eso Beatriz perdió el color.

El pequeño oso de peluche que Alejandro había traído para Sofía seguía tirado junto a la puerta. Tenía un moño amarillo alrededor del cuello y una de sus patas había quedado doblada debajo del cuerpo.

Cinco minutos antes, ese oso habría sido un regalo.

Ahora parecía la única cosa inocente dentro de aquella habitación.

Valeria obedeció.

Dejó el vaso sobre el cambiador.

La cuchara chocó contra el cristal.

Ese sonido me devolvió, de golpe, a todo lo ocurrido.

Al puño de Beatriz contra mi vientre.

A mi espalda estrellándose contra la cuna.

A las uñas de Valeria hundiéndose en mi brazo mientras intentaba acercarme aquel líquido a la boca.

Y, sobre todo, al sonido de la cabeza de Sofía golpeando la duela después de que su propia tía la empujara.

—Papá…

La vocecita de mi hija quebró el silencio.

Alejandro reaccionó al instante.

Cruzó la habitación y se arrodilló frente a nosotras.

—Estoy aquí, mi amor.

Sofía estiró los brazos hacia él.

—Le pegaron a mi mami.

Vi cómo algo cambiaba en el rostro de mi esposo.

No fue sorpresa.

Eso ya había pasado cuando entró.

Fue otra cosa.

Una comprensión mucho más dolorosa.

Alejandro había pasado años creyendo que el desprecio de su madre y su hermana hacia mí era una forma desagradable de clasismo que podía controlar manteniendo cierta distancia.

Yo también había querido creerlo.

Era más fácil llamarlo desprecio.

Más fácil que llamarlo odio.

Cinco años antes, cuando Alejandro entró por primera vez al pequeño local donde yo ayudaba a vender sandalias artesanales mientras terminaba la universidad, ninguno de los dos imaginó que terminaríamos casados.

Yo tampoco sabía quién era él.

Para mí era solamente el hombre demasiado bien vestido que había pasado casi veinte minutos preguntándome cómo se trenzaba una tira de piel.

Después regresó.

Y volvió a regresar.

Cuando finalmente me confesó que pertenecía a una de esas familias cuyos apellidos aparecen en edificios, consejos empresariales y revistas financieras, me reí.

Creí que estaba exagerando.

No lo estaba.

Conocer a Beatriz fue menos divertido.

La primera vez que me vio, examinó mis zapatos antes de mirarme a los ojos.

—¿Tú los hiciste?

—Los diseñé yo.

—Qué… pintoresco.

Nunca olvidé aquella pausa.

Después llegaron otras.

Los comentarios sobre mi ropa.

Sobre mi universidad.

Sobre mi familia.

Sobre el pequeño negocio en línea que mantuve incluso después de casarme.

—¿Para qué sigues haciendo huaraches? —me preguntó una vez—. Alejandro puede comprarte cualquier cosa.

Yo había sonreído.

—Porque no quiero que me compre quién soy.

Desde entonces, Beatriz dejó de fingir que le caía bien.

Cuando nació Sofía, la hostilidad empeoró.

Nunca delante de Alejandro.

Siempre en pequeñas dosis.

Una frase durante la comida.

Una mirada.

Un comentario sobre que la niña “no tenía facciones Garza”.

Yo se lo contaba a mi esposo.

Él me creía.

Pero durante mucho tiempo respondió como responden las personas que todavía quieren conservar dos verdades incompatibles.

“Mi mamá es difícil.”

“Valeria es inmadura.”

“Voy a hablar con ellas.”

Y hablaba.

Después venían disculpas impecables.

Flores.

Semanas de tranquilidad.

Hasta que todo empezaba otra vez.

Cuando quedé embarazada por segunda vez, Alejandro cambió.

Ya no permitió visitas sin avisar.

Dejó claro que cualquier comentario contra mí o contra nuestros hijos significaría salir de nuestra casa.

Beatriz sonrió cuando él lo dijo.

—Por supuesto, hijo.

Valeria incluso me abrazó.

—Empecemos de cero, cuñada.

Durante algunos meses, casi les creí.

No porque no hubiera señales.

Sino porque yo estaba cansada de vivir interpretando cada gesto como una amenaza.

La tarde del ataque, Alejandro debía pasar la noche en Ciudad de México por una junta.

Beatriz y Valeria llegaron juntas.

Sin avisar.

Yo debí cerrarles la puerta.

En cambio, pensé que quizá venían a ver el cuarto del bebé.

Quince minutos después, Beatriz me golpeó en el vientre.

Ahora Alejandro estaba arrodillado frente a mí, mirando la marca roja que empezaba a aparecer en mi brazo.

—Camila —dijo—. ¿Puedes levantarte?

Intenté hacerlo.

El dolor me obligó a detenerme.

La expresión de Alejandro cambió.

Me sostuvo con cuidado.

—No hagas esfuerzo.

Beatriz dio un paso hacia nosotros.

—Alejandro, esto se salió de control, pero tu esposa también…

Él levantó una mano.

—No te acerques.

Su madre se quedó inmóvil.