—Claro.
—¿Y al bebé?
Miré hacia la cuna.
—Cuando aprenda a caminar.
Sofía sonrió.
Después salió corriendo.
Me quedé mirando mis huaraches.
Durante años habían sido el objeto favorito de Beatriz para recordarme de dónde venía.
“La vende-huaraches.”
“La tianguista.”
“La muchacha sin apellido.”
Ella creía que debía avergonzarme de mi pasado para merecer mi presente.
Se equivocó.
Me puse de pie.
Alejandro extendió la mano.
La tomé.
Y antes de salir de la habitación miré una última vez el oso amarillo sentado junto a la cuna.
Aquella tarde había caído al suelo cuando mi esposo descubrió quiénes eran capaces de lastimar a su familia.
Ahora estaba exactamente donde debía estar.
Y mis viejos huaraches también.
En mis pies.
Llevándome hacia adelante.