Capítulo 1: Un teléfono roto
Teresa Lozano no quería ir a la comandancia.
A sus setenta años prefería resolver los problemas con una conversación, un recibo y, si era necesario, una llamada a su hijo. Pero aquella mañana su teléfono estaba partido en dos sobre la mesa de la cocina y el hombre que lo había roto acababa de decirle que no pensaba pagar un peso.
Todo había empezado en el estacionamiento de una cafetería.
Teresa salía con un vaso de café cuando vio una camioneta negra bloqueando parcialmente la rampa peatonal. Le pidió al conductor que avanzara un poco porque una señora con andadera intentaba pasar.
El conductor, Ricardo Valle, respondió que sería “un minuto”.
Fueron casi diez.
Cuando Teresa volvió a señalarle la rampa, Ricardo bajó del vehículo, molesto por sentirse corregido frente a otras personas. En la discusión golpeó el teléfono que Teresa sostenía y el aparato cayó al piso.
La pantalla se quebró.
Ricardo miró el daño.
—Cómprate otro.
Después se fue.
La cafetería teníay dos empleados habían visto lo ocurrido. El encargado le recomendó levantar un reporte.
Por eso Teresa llegó poco después al mostrador de atención de la comandancia con su abrigo café, su bolso pequeño y las dos piezas del teléfono dentro de una bolsa transparente.
—Rompió mi teléfono y no quiere pagar —explicó a la agente de recepción.
La agente pidió su identificación y comenzó a tomar los datos.
Teresa estaba a mitad de una frase cuando se abrió la principal.
Ricardo entró.
Había regresado porque un empleado de la cafetería le avisó que la policía había pedido conservar la grabación.
Al verla, sonrió con incredulidad.
—¿De verdad viniste hasta acá por un teléfono?
Teresa no respondió.
La agente levantó la vista.
—Señor, si está relacionado con el reporte, tome asiento y espere a que lo llamemos.
Ricardo se acercó al mostrador.
—No hace falta. Esto se arregla fácil.
Luego miró a Teresa.
—Basura. Conozco al jefe.
Teresa parpadeó.
No por miedo.
Por la enorme ironía de la frase.
Capítulo 2: El hombre que usaba un nombre como llave
Ricardo conocía, en efecto, al jefe.
O al menos eso creía.
Meses atrás había asistido a una cena de una empresarial donde el comisario Arturo Lozano dio una charla de seguridad. Se tomaron una fotografía en grupo y cruzaron dos frases.
Desde entonces Ricardo mencionaba aquella relación como si fuera amistad.
En un restaurante había dicho que “tenía línea directa”.
En el estacionamiento de su oficina había insinuado que una multa podía desaparecer.
Nunca había comprobado si era cierto.
Le bastaba con que los demás lo creyeran.
La agente de recepción no pareció impresionada.
—Señor, tome asiento.
—¿No escuchó? Conozco al comisario.
—Qué bien. De todos modos necesita esperar.
Teresa ocultó una sonrisa.
Ricardo la vio.
—¿Qué te da risa?
—Nada.
—Mira, señora, mejor váyase a su casa. Nadie va a mover un expediente por esto.
Teresa acomodó la bolsa con el teléfono.
—Eso lo decide quien corresponda.
El tono tranquilo lo irritó más.
Ricardo se inclinó hacia ella.
—Puedo hacer desaparecer de aquí a cualquiera, incluso a ti.
La frase fue lo bastante fuerte para que dos policías en el área de espera voltearan.
La agente dejó de escribir.
—Señor Valle, aléjese de la señora.
Ricardo levantó las manos.
—Ni siquiera la estoy tocando.
Intentó quitarle la bolsa del teléfono, quizá para mirar el aparato, quizá para demostrar que no le importaba. Teresa retrocedió y tropezó con una silla.
Un agente intervino de inmediato.
No hubo una lesión grave, pero la situación ya había dejado de ser una disputa sobre daños materiales.
—Hasta aquí —dijo el policía.
Ricardo protestó.
—¿Saben con quién están hablando?
Entonces se abrió la puerta que estaba detrás del mostrador.
Arturo Lozano salió de su oficina con una carpeta en la mano.
Vio primero a los agentes.
Después a Ricardo.
Y por último a Teresa.
Su expresión cambió.
—Mamá.
Ricardo dejó de hablar.
Capítulo 3: La fotografía de la cena
Teresa miró a su hijo.
—Estoy bien.
Arturo dio dos pasos hacia ella y se detuvo antes de hacer cualquier otra cosa.
Era comisario y acababa de encontrar a su madre en medio de un reporte dentro de su propia estación.
Sabía exactamente cuál era el primer problema.
—Oficial Méndez, usted continúa con esto —dijo—. Yo me retiro del procedimiento.
Ricardo lo miraba como si esperara que alguien explicara un truco.
—¿Tu mamá…?
Arturo no respondió a la pregunta.
Se acercó solo para comprobar que Teresa podía sentarse cómodamente y luego pidió a otro mando que asumiera la supervisión.
Ricardo intentó recuperar terreno.
—Comisario, usted y yo nos conocemos. En la cena de la cámara, ¿se acuerda?