Pruebas revisadas.
Una persona protegida de intimidaciones.
Un proceso que no preguntara primero por apellidos.
Arturo llegó a esa conclusión por otro camino.
En una reunión mensual presentó al personal una diapositiva con una sola frase:
“Conocer a alguien no es un trámite.”
No mencionó a su madre.
No mencionó a Ricardo.
Solo pidió que la regla se aplicara en ambos sentidos: ni favorecer a quien presumiera influencias ni tratar con más severidad a alguien para demostrar independencia.
—Lo justo no siempre es lo más espectacular —dijo—. A veces es simplemente hacer lo mismo que habríamos hecho si nadie conociera a nadie.
Méndez asintió desde la segunda fila.
Días después, un hombre llegó a recepción y dijo que era primo de un funcionario municipal.
La agente respondió:
—Perfecto. ¿En qué podemos ayudarlo?
Le dio un turno.
Nada más.
Arturo se enteró al final del día.
Sonrió.
Ese era el resultado que quería.
Mientras tanto, Teresa aprendía a usar la del teléfono nuevo. Su primera quedó movida.
La segunda cortó media cabeza de su hermana.
La tercera fue de una maceta.
—Te dije que necesitabas mejor cámara —dijo Arturo.
—Necesito que dejes de moverte.
—Yo estaba sentado.
—Entonces el teléfono tiene la culpa.
Arturo negó con la cabeza.
Teresa guardó el aparato en el bolso.
El anterior se había roto por una discusión absurda y había terminado revelando algo que valía más que su precio.
El respeto por una institución no se medía cuando atendía a la madre del jefe.
Se medía cuando nadie necesitaba serlo.