Le pedí a la enfermera que me ayudara a incorporarme y llamé al número de atención del banco. Reporté el cargo como no autorizado y solicité bloquear la tarjeta. La ejecutiva abrió un folio, pero fue cuidadosa: tendrían que investigar antes de determinar si procedía la aclaración. Yo no podía contar con una devolución inmediata.
Después llamé al hotel. El encargado nocturno confirmó que ese monto correspondía al saldo pendiente del banquete de Renata. Dijo que alguien había presentado mi tarjeta junto con un formato de autorización firmado. Pedí que conservaran ese documento y todos los registros asociados. Me respondió que debía hacerlo por escrito.
Redacté el correo desde la cama, con la mano temblándome. Copié al gerente general y solicité también resguardar las imágenes del pasillo entre las 20:30 y las 21:00. No exigí que me enviaran videos privados; necesitaba impedir que se borraran antes de que una autoridad pudiera solicitarlos.
A las dos de la madrugada llegó el traumatólogo. Las radiografías mostraban una fractura nueva alrededor de la zona operada y desplazamiento del material de fijación. Había que intervenirme otra vez. No pudo prometerme cuánto tardaría en recuperar la marcha normal.
Lo primero que pensé fue en el contrato de mantenimiento que dirigía para un edificio de oficinas. Tenía programadas visitas técnicas durante seis semanas y un bono de 230,000 pesos condicionado a entregar la obra a tiempo. No sabía si lo perdería, pero sí que no podría subir escaleras industriales durante meses.
Antes de entrar a cirugía llamé a Silvia, mi socia administrativa. Le expliqué lo ocurrido y le pedí que revocara temporalmente los permisos de gasto de esa tarjeta, reuniera los estados de cuenta y se ocupara de avisar al cliente que necesitábamos reorganizar el proyecto. No quería ocultar un gasto personal dentro de la contabilidad de mi empresa.
Desperté el sábado a media mañana. Habían colocado una nueva fijación y me prohibieron apoyar la pierna hasta otra valoración. Al encender el teléfono encontré diecisiete llamadas de mamá y un mensaje de Renata.
—La boda sigue. Deja de hacer tanto escándalo y luego hablamos de tu pierna.
No había una sola pregunta sobre mi cirugía.
Mi madre llegó una hora después con un ramo de flores que llevaba la tarjeta del hotel.
—El cargo fue un malentendido —dijo, antes de sentarse—. Pensé que nos estabas ayudando con el último pago.
—Te di la tarjeta para gastos médicos, no para el banquete. ¿Quién firmó el formato?
—Tu papá arregló lo del salón. No te pongas así.
—Quiero ver la autorización.
Se quedó callada. Le mostré el correo que acababa de recibir del hotel: habían localizado el comprobante y lo conservarían. La firma puesta al pie tenía mi nombre, pero yo jamás la había trazado.
Mi madre dejó el ramo sobre una silla.
—Nos iban a cancelar parte del servicio por falta de pago. ¿Querías que humillaran a tu hermana delante de sus invitados?
—¿Preferiste pagar su fiesta mientras yo estaba en una ambulancia?
No respondió. Aquello me dolió casi tanto como la pierna.
Cuando se marchó, Julián llamó. Me dijo que había visto a Renata sujetar la puerta y jalarla después de que yo le pedí que esperara. Estaba dispuesto a declarar lo mismo ante las autoridades. También me contó algo que cambió el sentido del cargo: tres días antes, Renata le había asegurado que mis padres ya tenían una solución para los 286,000 pesos que faltaban.
—Me dijo que tú ibas a cubrirlos —añadió—. Le contesté que te lo preguntara directamente.
—Nunca me preguntó.
—Lo sé. Y no voy a casarme esta tarde. Ya avisé al juez del Registro Civil y al organizador que se suspende la ceremonia.
No le pedí que decidiera eso. Yo necesitaba averiguar qué habían hecho con mi nombre.
Esa misma noche contacté a una abogada, Gabriela Mendoza. Le envié las radiografías, el movimiento bancario, el correo del hotel y los datos del mesero que había sostenido la puerta. Gabriela me explicó que podíamos presentar una denuncia ante la Fiscalía de Jalisco y reclamar la reparación de los daños por las vías correspondientes, sin confundir un trámite con otro.
A la mañana siguiente, el gerente del hotel contestó formalmente que había resguardado las grabaciones y el expediente del cobro. Adjuntó una copia del formato que supuestamente había firmado yo.
En la esquina aparecía la fecha en que se había preparado: jueves, un día antes del golpe. Y junto a la cantidad había una anotación a mano que reconocí de inmediato: «Daniela cubre el resto. Patricia lleva la tarjeta».
Mi madre había llegado a la ambulancia sabiendo exactamente qué buscaba en mi bolso.
PARTE 3
El lunes pedí que Gabriela fuera al hospital. No quería esperar a poder caminar para empezar a defenderme. Le indiqué que preparara la denuncia y que solicitara, por los conductos legales, el video original del hotel, el formato de cobro y la identificación de las personas que habían intervenido.