Patricia nos siguió hasta la entrada.

—Natalia, piensa muy bien lo que estás haciendo.

Mi hija guardó el teléfono.

—Eso estoy haciendo.

Fuimos a recibir atención médica. Natalia contó cómo le habían lastimado el cuello y mencionó la muñeca. Esta vez no habló de una caída.

Al salir llamamos a Lucía, una abogada que yo conocía profesionalmente. Le aclaré que necesitábamos representación y orientación, no favores.

Al día siguiente acompañó a Natalia a presentar la denuncia y solicitar medidas de protección. Entregaron copias de los mensajes y señalaron los registros médicos y las cámaras del restaurante para que se recabaran.

Natalia decidió quedarse conmigo. Desactivó la ubicación compartida y cambió las contraseñas desde mi computadora.

Sergio había configurado su teléfono nuevo ocho meses antes.

—Decía que yo siempre perdía las claves —explicó.

En el banco pidió estados de cuenta completos y presentó la aclaración correspondiente. También revocó accesos y cambió el dispositivo asociado a su banca.

La ejecutiva fue cuidadosa: que Natalia negara haber hecho las operaciones no significaba que el banco pudiera devolverlas inmediatamente.

—Necesitamos revisar cómo se autenticaron.

Mi hija salió con un folio, no con una promesa.

Durante los siguientes días ordenamos documentos. Yo quería hacer llamadas, adelantar trámites, llenar silencios. Lucía me detuvo.

—Ayúdela a decidir. No decida por ella.

Así que preparé café y dejé que Natalia marcara las fechas.

Encontró el primer préstamo en una conversación: Sergio reconocía los cien mil pesos y ofrecía pagarlos en cuatro abonos.

Las siguientes operaciones coincidían con sus turnos nocturnos. En dos fechas había mensajes de él pidiéndole códigos que llegaban por SMS.

“Es para actualizar tu aplicación”.

Natalia había respondido desde el hospital.

También conservaba un correo que Sergio le reenvió por equivocación. Patricia adjuntaba una tabla de pagos de su negocio. Entre proveedores y rentas aparecía una línea: “Nati: cubrir tarjetas y pendiente camioneta”.

—Por eso no quería enseñarme cuentas —dijo.

No era todavía prueba de todo, pero explicaba por dónde buscar.

El restaurante conservó el video y lo entregó cuando se lo solicitaron. Natalia pidió copias de sus atenciones médicas. Una compañera aceptó declarar que la había visto esconderse para contestar llamadas llorando.

Sergio salió mientras la investigación continuaba. Las medidas dictadas le prohibían acercarse o molestarla. Lucía nos explicó cómo reportar cualquier incumplimiento.

Cuatro días después, su abogado pidió una reunión para hablar del dinero y de las pertenencias.

Natalia aceptó únicamente en el despacho de Lucía.

La noche anterior llegó una propuesta escrita: Patricia devolvería cien mil pesos si Natalia firmaba que las demás transferencias habían sido voluntarias.

Mi hija leyó la hoja dos veces.

Después sacó de su carpeta la escritura de la casa y el acta de matrimonio.

—Mañana voy a hablar yo.

Cuando entramos al despacho, Patricia ya estaba sentada, con la pulsera puesta y una pluma preparada sobre el convenio.

Falta escuchar lo que Natalia decidió decirles.

Parte 3

Natalia no se sentó hasta que Lucía ocupó la silla a su lado.

Yo me quedé cerca de la ventana. Había llevado una libreta, pero la dejé cerrada. Mi hija había pedido que estuviera presente; también me había pedido que no respondiera por ella.

Sergio no asistió. Su abogado explicó que evitaría cualquier contacto directo mientras estuvieran vigentes las medidas.

Patricia empujó el convenio por la mesa.

—Vamos a terminar esto sin destruirnos.

Natalia no tocó la pluma.

—¿Por qué tengo que declarar que regalé un dinero que ustedes dijeron que iban a devolver?

—Porque fue para la familia.

—Entonces enséñame en qué se usó.

Patricia miró al abogado. Él aclaró que la reunión era para explorar un acuerdo económico, no para discutir la denuncia.

Lucía asintió.

—Precisamente. Ningún documento sobre dinero va a incluir una versión falsa de los hechos ni compromisos sobre la investigación.

Natalia abrió su carpeta.

Primero puso el mensaje del préstamo de cien mil pesos. Después, los estados de cuenta y el correo con la tabla del negocio.

No lanzó las hojas ni levantó la voz.

—Aquí dice que iban a comprar mercancía. Aquí aparecen mis transferencias. Y aquí pusiste que mi dinero se usaría para tarjetas y una camioneta.

Patricia examinó el correo.

—Eso era una cuenta interna.

—Era mi herencia.

El abogado pidió revisar las copias. Lucía llevaba otro juego preparado y se lo entregó.

Habíamos separado lo que sabíamos de lo que faltaba demostrar. Los documentos confirmaban las salidas de la cuenta de Natalia y quién recibió el dinero. La investigación tendría que establecer cómo se hicieron las operaciones y qué participación tuvo cada persona.

No necesitábamos exagerar para que resultara grave.

Patricia cruzó los brazos.

—Sergio me dijo que tú estabas de acuerdo.

Natalia sostuvo su mirada.

—Entonces devuelve el dinero y resuelve con él por qué te mintió.

Por primera vez, Patricia no tuvo una respuesta inmediata.