Con esas palabras, Victoria levantó la mano derecha de forma amenazante. Sus largas uñas pintadas de rojo brillaron bajo la luz de la araña de cristal. Pretendía abofetear a Sarah para ponerla en su lugar y castigar su insolencia.

Pero esta vez, Sarah no se echó atrás.

En una fracción de segundo, la joven empleada reaccionó. Con un movimiento rápido y decidido, interceptó la muñeca de Victoria en el aire. El brazo de la madrastra quedó paralizado. La sorpresa en los ojos de Victoria duró solo un instante, pero antes de que pudiera procesar lo que sucedía, Sarah giró la cadera y descargó la otra mano con toda su fuerza.

¡ZAS!

Un sonoro y seco impacto retumbó en las paredes de la entrada.

El golpe dio de lleno en la mejilla derecha de Victoria. La cabeza de la elegante mujer se giró bruscamente por el impacto. El impulso fue tan fuerte que perdió el equilibrio, soltó un ahogado grito de dolor y trastabilló hacia atrás hasta chocar pesadamente contra la barandilla de mármol.

Un silencio sepulcral se apoderó del vestíbulo.

Victoria se llevó ambas manos a la mejilla ardiente, que comenzaba a enrojecerse rápidamente. Su peinado perfecto se había desarmado y varios mechones caían sobre su rostro. Sus pupilas estaban dilatadas por la incredulidad y el shock. Nadie —absolutamente nadie— se había atrevido jamás a hacerle frente, y mucho menos a ponerle una mano encima.

«¡Cómo… cómo te atreves a tocarme!», chilló Victoria, con la voz descontrolada por la furia. «¡Te voy a arruinar la vida! ¡Me aseguraré de que no vuelvas a encontrar trabajo en toda tu miserable existencia!»

«¡Usted se merece algo mucho peor por poner en peligro a un niño inocente!», respondió Sarah sin pestañear. Mantenía la postura firme, con los puños cerrados, dispuesta a defender al pequeño con su propia vida.

Detrás de Sarah, Leo asomaba la cabeza. Sus ojos grandes y llenos de lágrimas miraban a Sarah con devoción. Sus pequeñas manos apretaban la falda de la joven. Por primera vez desde que su padre había traído a esa mujer a la casa, el niño sintió una profunda sensación de seguridad.

Capítulo 3: La red de mentiras

Victoria respiraba con dificultad. El dolor en su mejilla quemaba como fuego, pero el golpe a su orgullo era infinitamente más profundo. Sus ojos se entrecerraron con un odio venenoso.

«¡Estás despedida en este mismo instante! ¿Me oyes?», gritó Victoria. «¡Junta tus cosas y lárgate! Si en cinco minutos no has cruzado la reja, ¡haré que te detengan por allanamiento y agresión!»

«No me voy a ir a ninguna parte hasta que Richard llegue a casa», respondió Sarah con la mirada dura como el acero. «Él tiene que saber la clase de monstruo con la que se ha casado. Tiene que ver lo que le ha hecho a su propio hijo».

Al escuchar el nombre de Richard, Victoria tuvo un ligero estremecimiento. Sin embargo, su mente calculadora activó de inmediato un plan de emergencia. Richard era un hombre influyente, pero pasaba mucho tiempo trabajando y confiaba ciegamente en ella. Victoria sabía perfectamente cómo manipular las situaciones a su favor.

«¿De verdad crees que Richard le va a creer a una sirvienta?», siseó Victoria. Metió la mano en su bolso de diseñador y sacó su elegante teléfono móvil. «Voy a llamar a mi abogado ahora mismo. Y luego a la policía. Les diré que intentaste robar joyas de la caja fuerte, que empujaste a Leo por las escaleras para distraerme y que me atacaste cuando intenté detenerte. Veremos qué historia se sostiene en un tribunal».

Con dedos temblorosos por la rabia, Victoria comenzó a marcar el número de su abogado. Una sonrisa triunfante y despectiva volvió a asomar en sus labios. Se colocó el teléfono en el oído y miró a Sarah con superioridad.

Pero antes de que la llamada pudiera establecerse, ocurrió algo completamente inesperado.

El rugido de un motor anunció la llegada de un vehículo a la entrada. Las ruedas derraparon suavemente sobre la grava húmeda. Apenas unos segundos después, las pesadas puertas dobles de la mansión se abrieron de golpe. Una ráfaga de aire fresco de la tarde invadió de inmediato el cálido y tenso vestíbulo.

En el umbral aparecía Richard Vance.

Vestía un impecable traje a medida de color azul oscuro, camisa blanca pulcra y una corbata de seda. Llevaba su maletín en la mano. Richard había regresado antes de lo previsto de su importante reunión de negocios en el centro. Había cerrado el acuerdo más rápido de lo esperado porque quería darle una sorpresa a su hijo y llevarlo a cenar.

Sin embargo, detrás de Richard entraron al vestíbulo dos oficiales de la policía local. Richard los había encontrado en el camino de acceso a la propiedad, donde realizaban un patrullaje de rutina, y se había detenido a saludar.