—Sí tengo.

La anciana sonrió.

—Entonces prométeme algo.

Daniel la observó.

—Lo que quieras.

Carmen respiró profundamente.

—Nunca olvides que las personas mayores también necesitamos sentirnos útiles.

Él asintió.

La anciana continuó:

—Y cuando alguien te ofrezca algo hecho con cariño, no mires solamente lo que te está dando.

Hizo una pausa.

—Piensa en el amor que hay detrás.

Daniel la abrazó nuevamente.

Aquella noche permanecieron mucho tiempo conversando.

No hablaron de negocios.

Ni de dinero.

Ni de problemas.

Hablaron de la vida.

De los recuerdos.

Y de todas las pequeñas cosas que habían compartido.

Antes de marcharse, Daniel se detuvo junto a la puerta.

—Mamá…

Carmen levantó la mirada.

—¿Sí, hijo?

Él sonrió.

—El próximo domingo cocino yo.

La anciana soltó una carcajada.

—Entonces tendré que enseñarte bien.

Daniel se rio.

—Trato hecho.

Y mientras caminaba hacia su automóvil, comprendió que la riqueza más importante de su vida nunca había estado en su empresa.

Ni en sus propiedades.

Ni en sus cuentas bancarias.

Estaba en aquella mujer de cabello gris que todavía se emocionaba cada vez que podía preparar su comida favorita.

Porque el amor de una madre no siempre se expresa con grandes palabras. A veces está en un plato caliente, en unas manos cansadas y en alguien que sigue preguntando si ya comiste, incluso cuando tú has olvidado preguntarle cómo se siente.

Y aquella fue la lección que Daniel decidió recordar para siempre.

FIN.