“¿Eso qué significa?”, preguntó Miller, inclinándose sobre el monitor.
“Significa que la computadora de navegación del yate de Julian estaba programada para echar anclas a cinco millas de la costa y esperar una señal específica de esta camioneta antes de desplegar la lancha de escape”, explicó Chen. “Cuando la llamada se cortó antes, Julian supo que algo andaba mal, pero no sabía que la camioneta se había estrellado. Pensó que las torres de telefonía locales estaban bloqueadas por la tormenta.”
Chen giró la pantalla hacia Miller. Un punto verde parpadeaba lentamente en una carta náutica de los Estrechos de Florida, rodeado por tres símbolos azules que representaban a las patrulleras de la Guardia Costera.
“Julian no se rindió pacíficamente cuando la Guardia Costera interceptó su yate hace cuarenta minutos”, continuó Chen. “Se encerró en su camarote principal alegando inmunidad diplomática bajo bandera panameña. Amenaza con quemar sus servidores privados si los oficiales fuerzan la puerta.”
“Cree que todavía tiene poder de negociación”, se burló Miller.
“Cree que Marcus todavía tiene al niño”, respondió Chen. “Piensa que Marcus escapó a pie y que tiene a Noah escondido en un refugio. El abogado de Julian ya contactó a la fiscalía en Miami ofreciendo información sobre el paradero de Noah a cambio de inmunidad total.”
Una risa seca resonó desde la entrada del camión.
Ambos agentes se giraron. Emily Ward estaba allí de pie, vestida con un suéter negro seco y jeans. Tenía el cabello recogido en una cola de caballo firme. Estaba pálida, pero su postura era recta, firme y dominante.
“¿Julian intenta negociar usando a mi hijo como un rehén fantasma?”, preguntó Emily, entrando al camión.
“El manual clásico de un sociópata, Sra. Ward”, dijo el agente Chen con respeto. “No sabe que usted redujo a la niñera en la piscina. No sabe que Marcus está detenido. Cree que tiene la carta ganadora.”
“Entonces quitémosela”, dijo Emily, con la mirada encendida. “Ahora mismo.”
El agente Chen arqueó una ceja. “¿Qué propone?”
Emily señaló la radio satelital que estaba sobre la mesa. “Conecten una señal de video segura directamente al equipo de la Guardia Costera que está frente a la puerta del camarote de Julian. Julian se ha pasado la vida creyendo que puede comprar o manipular todo para salir impune. Necesita ver que su imperio no cayó ante un fondo rival ni ante una fuerza federal.”
Se acercó a la consola.
“Necesita ver que cayó porque una madre descubrió sus mentiras.”
El agente Chen miró a la detective Miller, quien asintió con lentitud y firmeza.
“Establece la conexión”, ordenó Miller.
Chen trabajó con rapidez. En sesenta segundos, la conexión satelital estableció enlace con el equipo táctico a bordo del yate de lujo de Julian, el Sovereign Sea, a treinta y cinco millas de los Cayos de Florida.
En el monitor central se encendió una transmisión en vivo. Oficiales tácticos estaban formados frente a una puerta de teca pulida. Un teniente de la Guardia Costera sostenía una tableta táctica frente a la mirilla de la puerta, enviando la señal directamente al monitor interior de la suite de Julian.
“¡Ward!”, gritó el teniente a través de la puerta. “¡Videoconferencia federal establecida! ¡Mire su monitor!”
Dentro del lujoso camarote, la cámara enfocó a Julian Ward cerca de un escritorio de caoba. Se le veía desencajado: la camisa de seda desabrochada, el cabello despeinado y un vaso de whisky a medio llenar temblando en su mano izquierda.
Julian tropezó al acercarse a la pantalla, esperando ver a su abogado o a un fiscal listo para negociar.
En su lugar, la pantalla se iluminó con la imagen nítida de Emily Ward.
Julian se congeló. El vaso de whisky se le resbaló de los dedos y se hizo pedazos contra la alfombra.
“¿Emily…?”, jadeó Julian, y su voz salió del altavoz con espeluznante claridad. “¡¿Cómo… dónde estás?!”
“Estoy en el lugar donde se estrelló tu camioneta, Julian”, dijo Emily, con una voz gélida y aplastante.
El agente Chen dividió la pantalla, mostrando de un lado la camioneta destrozada y los sedantes incautados, y del otro una cámara en vivo de la cárcel local donde Marcus y Vanessa Vance vestían uniformes naranjas tras las rejas.
Julian dio un paso atrás tambaleándose, derribando un sillón de cuero, mientras el rostro se le ponía del color de la tiza.
“No… no, esto es imposible… Marcus tenía a todo un equipo…”, balbuceó Julian. “¡¿Dónde está Noah?! ¡¿Qué hiciste con mi hijo?!”
“Nunca fue tu hijo, Julian”, respondió Emily, y cada palabra sonó como un bisturí. “Un padre no le paga a mercenarios para que droguen a un niño de seis años. Un padre no contrata a un monstruo para que le pegue en la cara y lo encierre en armarios oscuros. No eres más que un cobarde patético que no soportaba la idea de perder el control.”