“Pero todavía no quiero dormir allá.”
“También está bien.”
Theo se quedó de pie, esperando algo más.
Luciano le acercó una silla.
“¿Quieres ayudarme un rato?”
El niño tomó la lija.
Con el tiempo, los encuentros con Bernadette pudieron ampliarse. No regresaron de inmediato a lo que ella deseaba. Theo siguió teniendo un espacio propio para decir cómo se sentía, y las decisiones se revisaron con cuidado.
Bernadette tuvo que aprender a llegar sin reclamar una versión más cariñosa de su hijo.
A veces él la abrazaba. Otras veces solo quería mostrarle un dibujo.
Ella empezó a aceptar ambas cosas.
Marcus no volvió a ver a Theo. Tampoco recuperó la autoridad que había confundido con el tamaño de su casa. Los asuntos pendientes por lo ocurrido en la fiesta siguieron su curso, lejos del niño. Luciano no buscó un encuentro final ni una ocasión para repetir aquella amenaza.
La frase le avergonzaba todavía.
Una tarde se la recordó a Theo sin esperar que el niño preguntara.
“Cuando dije que sus vidas me pertenecían, hablé mal.”
Theo levantó los ojos del cuaderno.
“¿Como Marcus?”
Luciano sintió el golpe de la comparación y lo aceptó.
“Sí. Como alguien que cree que puede mandar sobre las personas.”
“Pero después dijiste que no.”
“Y tengo que seguir demostrando que no.”
Theo pensó un momento.
“Mi tren sí me pertenece.”
Luciano sonrió apenas.
“Sí. Tu tren es tuyo.”
“Y lo puedo prestar.”
“Si tú quieres.”
El siguiente cumpleaños no hubo jardín ni una mesa llena de pastelitos.
Luciano preparó una comida sencilla en el departamento. Theo invitó a dos compañeros de la escuela y eligió un pastel con una locomotora dibujada encima. Bernadette acudió en las condiciones acordadas y preguntó antes de tomar fotografías.
Cuando llegó la hora de las velas, Theo pidió que su tren estuviera junto al plato.
Lo colocó él mismo.
La madera tenía nuevas marcas. Uno de los vagones azules había perdido pintura en una esquina. La locomotora seguía inclinándose un poco hacia la rueda pequeña porque Theo había decidido que no quería cambiarla.
“Así se oye cuando llega”, había explicado.
Después de la fiesta, Bernadette se agachó para despedirse.
Theo la abrazó.
Luciano vio cómo ella cerraba los brazos y luego los aflojaba para dejarlo apartarse cuando él quiso.
No fue una escena perfecta. Bernadette lloró en el pasillo y tuvo que tomar aire antes de bajar. Luciano no la siguió para arreglarle la tristeza.
Regresó a la mesa, donde Theo empujaba los vagones entre platos vacíos.
“Papá.”
“¿Qué pasó?”
El niño levantó la locomotora.
Debajo seguía el nombre torcido, con la última letra más profunda que las demás.
“¿Por qué la O quedó así?”
“Porque me jalaste el brazo cuando la estaba haciendo.”
Theo abrió los ojos.
“¿Y te enojaste?”
“Me preocupó que te cortaras.”
“¿Pero no te enojaste por echarla a perder?”
Luciano tomó el tren y miró aquella letra.
“No lo echaste a perder.”
Se lo devolvió.
Theo pasó el dedo sobre su nombre y luego puso la locomotora en la mesa. La dejó ahí mientras llevaba un plato a la cocina, sin esconderla, sin mirar hacia la puerta y sin pedir permiso.
Cuando volvió, Luciano seguía recogiendo las servilletas.
“Papá… ese es mi tren.”
Esta vez no lo dijo para rescatarlo.
Luciano empujó hacia él los dos vagones azules.
“Sí, hijo. Aquí está.”