—Tenías razón —le dije.

—Ahora vamos a cuidarte y a documentar lo que pasó.

Al día siguiente me acompañó a presentar la denuncia. Entregamos los nombres de los testigos, los documentos bancarios y el informe médico. Berta conservó el archivo original de su cámara y proporcionó una copia para la investigación.

Las imágenes mostraban la entrada, no el interior. Se veía a Sergio apartando el bastón y a Paola sacándome del cabello. No probaban cómo me había abierto la ceja. El informe médico y los testimonios tendrían que completar esa parte.

Agradecí que Marisela me lo dijera así, sin prometer que un video resolvería todo.

También revisó mi reporte bancario. Me explicó que la reclamación seguía abierta y que bloquear los accesos evitaba nuevos movimientos, pero no significaba recuperar automáticamente los anteriores. Anoté el folio y pedí conservar cada respuesta por escrito.

Pedimos medidas de protección y dejamos constancia de que no podía regresar con seguridad. Me fui con Alicia. Esa noche mi hija escribió al grupo familiar: «Mi mamá necesita atención especializada. Por favor, no alimenten sus ideas».

No respondí. Guardé los mensajes.

El lunes, Marisela consiguió las copias de la escritura y del poder utilizado para vender. El supuesto poder llevaba el número de una notaría de Zapopan y una fecha en la que yo todavía tenía la pierna inmovilizada.

No bastaba con decirlo. Localicé mi comprobante de rehabilitación y pedí a la clínica una constancia de aquella cita. Después acudimos a la notaría que aparecía en el documento.

El titular revisó el número de instrumento. Su expresión cambió.

—Ese número corresponde a una operación de otra persona.

Solicitamos una respuesta escrita. Él explicó que atendería también cualquier requerimiento de la autoridad. Aquella copia, con sellos y una firma parecida a la suya, no coincidía con su protocolo.

La compraventa posterior sí existía: otra notaría la había formalizado usando aquel supuesto poder. Paola había vendido la casa a su marido por $900,000, afirmando que yo ya había recibido el pago.

En mis cuentas no había entrado esa cantidad.

Faltaba averiguar el destino del dinero retirado. En los estados aparecía una razón social, Construcciones Arce. Recordé una factura que Sergio me había dejado para justificar trabajos en el baño. La busqué entre las fotografías que enviaba a Alicia durante mi recuperación.

Tenía el mismo nombre. También mostraba un domicilio que yo conocía: el taller de un primo de Sergio.

Lo anoté. No lo llamé ni le advertí nada.

Mientras Marisela preparaba la demanda para impugnar la venta y pedir medidas que impidieran otra transmisión, recibí una llamada desconocida.

Era Andrés, el hombre que había medido el patio.

—Su vecino me dio este número. Yo iba a comprar la casa. Su hija dice que usted está hospitalizada y que no debemos molestarla.

Le expliqué que había denunciado los hechos. Él pidió los datos de mi abogada. Había entregado un anticipo y conservaba correos, contrato y comprobantes.

La entrega del lunes se suspendió porque el banco de Andrés pidió documentación adicional. Ese retraso nos dio tiempo.

Semanas después conseguimos una orden judicial que impedía disponer del inmueble mientras se resolvía el conflicto, con la anotación correspondiente en el Registro.

Sergio pidió entonces una reunión con abogados.

Cuando entré al despacho, Paola tenía delante una hoja con mi nombre y un espacio para firmar.

—Si quieres tus llaves, primero retira todo —dijo.

Quédate para la parte 3: esa vez llegué preparada para escucharla sin volver a obedecerla.

Parte 3

No me senté hasta que Marisela revisó la hoja. Era un convenio: ellos me permitirían ocupar un cuarto de la casa y pagarían una cantidad mensual para mis gastos. A cambio, yo debía reconocer la venta y desistirme de las acciones que pudiera retirar.

—¿Permitirían? —pregunté.

Paola juntó las manos.

—Necesitamos una solución, mamá. Hay dinero comprometido.

Su abogado aclaró que aquello era una propuesta. Marisela dejó el documento en medio de la mesa.

—Mi clienta no reconoce esa compraventa. Y nadie puede garantizar aquí el cierre de una investigación penal.

Sergio se recargó en la silla.

—Teresa nos pidió vender. Ahora se arrepintió porque alguien la está aconsejando.

Puse sobre la mesa la respuesta de la notaría. Llevaba varios días leyéndola, pero aquella fue la primera vez que pude mirarlo mientras la sacaba de mi carpeta.

—Entonces explícame por qué el poder que usaron tiene un número que pertenece a otro acto.

Él empujó el documento hacia su abogado.

—Eso lo revisó el notario de la venta.

—Lo tendrá que explicar quien corresponda —intervino Marisela—. Hoy estamos hablando de devolver la posesión y preservar los bienes.

Paola me miró por primera vez desde que entré.

—Tú dijiste que algún día todo sería mío.

—Dije algún día. No dije que podían sacarme antes.