Había comenzado meses antes de que mi madre llegara al departamento. Ella no había provocado aquel agujero. Su dinero había sido la siguiente fuente a la que Esteban intentó recurrir.

—Mi hermano tenía problemas —insistió.

—Entonces me lo decías. Me dejabas decidir si quería prestarle. No me mandabas capturas recortadas mientras seguías usando mis depósitos.

Las puse junto al estado de cuenta del mismo mes. Una captura presentaba como saldo actual una cantidad que ya no existía. Había recortado la fecha del documento original.

Recordé todas las veces que me había tranquilizado con esas imágenes mientras yo acompañaba a papá a sus consultas. Dejé las hojas alineadas para que no se me notara el temblor de las manos.

Su abogado preguntó si aceptaríamos negociar una restitución. Adriana respondió que primero debían aclararse las cantidades y que ninguna firma mía reconocería el crédito impugnado.

Esteban soltó el aire con fastidio.

—Todo esto empezó porque tu mamá hizo un escándalo por un malentendido.

Saqué la conversación de Mauro.

—Léela.

No quiso tomarla. La deslicé hasta dejarla delante de él.

—El domingo le dijiste que sacara noventa mil pesos del escritorio. El jueves confirmaste que ya te los había devuelto. Cuarenta minutos después acusaste a mi madre de robártelos.

—Mauro se confunde con las fechas.

Adriana puso al lado la copia del registro de recepción. La administración había preservado la grabación, y Mauro ya había entregado su declaración y mostrado los mensajes originales.

—Aquí está cuándo recogiste el sobre —dije—. No te equivocaste de persona. Sabías quién había tomado el dinero y sabías que ya había regresado.

Esteban miró a Iván, pero su hermano mantenía los ojos sobre los papeles.

Después puse los mensajes enviados a mamá: la propuesta de inversión, el préstamo de seiscientos mil pesos y el reclamo porque ella se había negado.

Mi madre me había explicado por qué no me los mostró antes. Al principio creyó que bastaría con decir que no. Cuando él comenzó a hablarle de ingratitud, quiso esperar a que yo terminara una semana difícil en el trabajo. Aquella tarde iba a contármelo.

No tuvo oportunidad.

—Querías que ella te entregara sus ahorros —dije—. Como no aceptó, la trataste como si te debiera algo. Y pretendiste que yo la echara por un robo que sabías que no existía.

—Yo estaba desesperado, Natalia.

—Eso no vuelve cierta tu acusación.

Mi voz ya no temblaba.

No podía demostrar cada pensamiento suyo antes de aquella noche. Sí podía probar las transferencias, la presión por el préstamo y que había golpeado a mi madre después de recuperar el efectivo. Con eso bastaba para tomar mi decisión.

—No voy a regresar contigo. Tampoco voy a firmar para arreglarte las cuentas.

Su abogado pidió hablar con él en privado. Salimos al pasillo.

Me senté junto a una ventana y llamé a mamá. Estaba en el departamento que habíamos rentado, esperando al técnico del calentador.

—Ya saben que tenemos cómo demostrarlo —le dije.

Ella tardó en responder.

—Que no vuelvan a decir que fui una ladrona.

Esa frase pesó más que todos los números de la mesa.

Esteban había escrito la acusación en el grupo de su familia. Con permiso de mamá, envié allí los comprobantes del préstamo a Mauro y de su devolución. Añadí una explicación breve. No publiqué sus fotografías ni detalles médicos.

Mauro confirmó los hechos en el mismo grupo. Mi suegra llamó para pedir que no siguiéramos «haciendo grande el problema».

—El problema ya era grande cuando tu hijo la golpeó —le contesté.

Después dejé de atender llamadas familiares. Cualquier propuesta económica tendría que llegar por escrito a Adriana.

El divorcio avanzó sin que Esteban pudiera condicionarlo a mi regreso. Los asuntos del dinero continuaron por su cuenta. Estábamos casados por separación de bienes, pero el departamento pertenecía a ambos y nuestros depósitos al ahorro estaban documentados. Había que resolver esas propiedades y aportaciones, no repartir automáticamente todo a la mitad.

Durante las siguientes semanas entregué recibos, comprobantes de nómina y los documentos de la compra. Seguí pagando la parte de la hipoteca que me correspondía mientras se acordaba la venta; no quería sumar un incumplimiento a lo que ya enfrentábamos.

Esteban propuso quedarse con el departamento y pagarme después. Rechacé un pagaré sin garantías. Finalmente aceptamos venderlo, liquidar el crédito pendiente y distribuir el remanente conforme a nuestra participación.

El dinero localizado permaneció sujeto a las medidas ordenadas mientras negociábamos. Con los registros completos pudimos calcular mis aportaciones y los retiros que yo sí había consentido. No reclamé como robo los apoyos familiares que habíamos acordado años antes.

Reclamé lo que había sacado a escondidas.

Ocho meses después de nuestra salida firmamos un convenio sobre los ahorros. Recuperé la cantidad que me correspondía; los retiros injustificados se cargaron a la parte de Esteban en el arreglo. Él tuvo que aceptar que no recibiría una segunda mitad intacta después de haberse gastado parte del fondo.