Al salir de la recámara, encontró a Adrián acostado en el sofá, viendo videos en el celular.
Ofelia dormía en la habitación de visitas.
—¿A dónde vas? —preguntó él.
—Al hospital.
Adrián soltó un suspiro, como si ella estuviera exagerando por un pequeño desacuerdo.
—Valeria, no hagas un drama. Fueron 2 cachetadas. Mi mamá se puso intensa y tú tampoco ayudaste.
Aquella frase terminó de romper lo poco que quedaba del matrimonio.
No había disculpa.
No había arrepentimiento.
Solo una justificación cobarde.
—¿Tienes miedo de que te revise un médico? —preguntó Adrián—. Porque si vas a inventar que te lastimé gravemente, también puedo contar cómo insultaste a mi mamá.
Valeria sostuvo su mirada.
—Cuenta todo. Las cámaras también lo hicieron.
El color desapareció del rostro de Adrián.
Por primera vez, miró hacia las pequeñas cámaras instaladas cerca del librero y la entrada.
—¿Estaban grabando?
Valeria no respondió.
Salió de la casa, subió a su automóvil y bloqueó temporalmente las 3 tarjetas adicionales vinculadas a su cuenta personal.
Una pertenecía a Adrián.
Otra a Ofelia.
La tercera a Lorena, quien la utilizaba para gasolina, restaurantes y compras que siempre prometía pagar.
A las 6:40 de la tarde, Ofelia intentó pagar una cena a domicilio. La operación fue rechazada.
A las 6:43, Adrián quiso cargar gasolina. Su tarjeta tampoco funcionó.
A las 6:46, comenzaron las llamadas.
Valeria no contestó ninguna.
En el hospital, el médico registró inflamación facial, una herida interna en el labio y una contusión en la parte posterior de la cabeza.
La tomografía descartó una lesión grave, pero recomendó vigilancia durante 24 horas.
Daniela llegó acompañada por una perita particular. Resguardaron las grabaciones, certificaron la fecha de descarga y enviaron copias a 3 cuentas diferentes.
A las 9:10 de la noche, Valeria presentó una denuncia ante la Fiscalía de la Ciudad de México.
No pidió venganza.
Pidió protección.
El video era tan claro que la agente del Ministerio Público dejó de escribir por unos segundos cuando Ofelia ordenó el segundo golpe.
—¿Esta señora vive con ustedes? —preguntó.
—Vive en una casa que compré 2 años antes de casarme —respondió Valeria—. Yo pago la hipoteca, el mantenimiento y todos los servicios.
Daniela colocó sobre el escritorio las escrituras, el acuerdo prenupcial y los estados de cuenta.
Adrián no era copropietario.
Tampoco había aportado dinero para adquirir el inmueble.
Trabajaba como auxiliar administrativo en la empresa de Valeria, pero durante el último año llegaba tarde, faltaba con frecuencia y dejaba sus responsabilidades a otros empleados.
La relación laboral existía porque Ofelia insistía en que “un esposo no podía quedar por debajo de su mujer”.
Cerca de la medianoche, la autoridad emitió medidas urgentes que prohibían a Adrián acercarse a Valeria y ordenaban su separación temporal del domicilio.
Como Ofelia había instigado directamente la agresión, también debía abandonar la vivienda.
Daniela organizó todo con rapidez.
Valeria tenía una empresa de diseño de interiores y la mayoría de los muebles de la sala pertenecían legalmente a su negocio. Habían sido colocados allí para una sesión fotográfica y permanecían registrados como inventario corporativo.
El sofá, la mesa, las lámparas, el comedor, las obras decorativas y hasta el mueble de la televisión podían retirarse sin disputa.
A las 2:30 de la madrugada, una cuadrilla de confianza llegó acompañada por 2 policías.
Adrián y Ofelia ya habían salido. Se habían ido al departamento de Lorena después de descubrir que no podían pagar una habitación de hotel con las tarjetas de Valeria.
Los trabajadores retiraron cada objeto registrado por la empresa.
También empacaron la ropa, los documentos y los artículos personales de Valeria.
No tocaron las pertenencias de Adrián ni de su madre.
A las 5:00, la sala estaba completamente vacía, salvo por el arete torcido que continuaba debajo del mueble que acababan de retirar.
Valeria lo encontró sobre el piso.
Lo recogió con cuidado y lo guardó dentro de una pequeña bolsa transparente.
No quería conservarlo como recuerdo de Adrián.
Quería recordar el instante exacto en que había dejado de confundir paciencia con amor.
A las 8:00 de la mañana, un actuario notificó a Adrián sobre la denuncia, las medidas de protección y la suspensión de su acceso al domicilio.
También recibió un documento de la empresa en el que se le informaba que sus credenciales digitales habían sido desactivadas mientras se investigaban diversas irregularidades administrativas.
Adrián perdió el control.
Llamó desde el teléfono de Lorena y dejó 17 mensajes de voz.
En los primeros, fingía preocupación.
Decía que quería saber cómo estaba Valeria y que podían solucionar todo en terapia.
En los siguientes, empezó a culpar a Ofelia.
Aseguró que su madre lo había presionado, que él estaba confundido y que jamás habría golpeado a Valeria por iniciativa propia.
En el mensaje número 11, cambió de tono.
La acusó de destruir su vida por “un error de 10 segundos”.