PARTE 1
La empleada de mi hija me cerró la puerta en la cara y me dijo algo que todavía escucho cuando intento dormir:
—Si entra a esa casa, señora Elena, le van a quitar algo que no podrán devolverle. Váyase.
Yo llevaba una charola de empanadas de cajeta. Había manejado 35 minutos hasta Juriquilla porque Mariana, después de 11 meses sin dirigirme la palabra, me había invitado a cenar.
—Nada más tú y yo, mamá. Necesitamos empezar de nuevo —decía su mensaje.
Tenía 68 años y había trabajado como topógrafa: sabía distinguir el miedo del teatro. Ofelia, la mujer que ayudaba en aquella casa desde hacía 4 años, estaba temblando de verdad. Miró hacia el comedor y apretó sus dedos contra mi muñeca.
—No me pregunte aquí. Por favor.
No insistí. Bajé los escalones sin correr y fui hasta mi coche, estacionado detrás de una camioneta. Desde ahí veía la entrada, pero nadie podía reconocer mi vehículo: lo había cambiado durante el tiempo en que Mariana decidió borrarme de su vida.
A los 3 minutos salió mi hija con el teléfono en la mano. Detrás apareció un hombre canoso que llevaba un llavero girando alrededor del índice. Lo reconocí de inmediato.
Era Octavio Salcedo, mi exmarido. El padre de Mariana. El hombre que, 32 años atrás, salió a comprar cigarros y regresó únicamente para pedir el divorcio.
No había vuelto para un solo cumpleaños. Ahora buscaba mi coche entre los árboles.
Mariana señaló la calle; él le habló al oído. En ese gesto comprendí que la invitación no había sido una reconciliación. Era una cita preparada para mí.
Arranqué sin encender la radio.
Para entender lo que querían, hay que conocer un cuadro que colgaba encima de mi sofá. Se llamaba La espera en el corral: dos vacas frente a una puerta de madera, una color canela y otra blanca con una oreja negra. No era grande ni particularmente vistoso. Mariana había bautizado a los animales Canela y Calcetín cuando era niña.
Lo compré en 1990, durante una feria de artesanos en San Miguel de Allende. Yo tenía 32 años, una niña de 2 cargada en la cadera y apenas 70 pesos disponibles para gastar. La pintora, Elvira Segovia, me permitió pagarle 420 pesos en 6 abonos.
Octavio se burló delante de todos.
—¿Vas a gastar en dos vacas pintadas cuando necesitamos una televisión?
Mientras pagaba el primer abono, él tomó el cuadro y posó con él para una fotografía. Yo disparé la cámara. Esa noche escribí la fecha y una nota detrás de la imagen, como hacía con todas mis fotografías de trabajo.
Cada sábado fui a entregar otros 70 pesos. Elvira guardaba sus pinceles mientras Mariana jugaba con un gato en su patio. Cuando liquidé la pintura, me la llevé a casa envuelta en papel estraza.
Cuatro años después, Octavio se marchó con una compañera de su negocio de autopartes. También vació nuestros ahorros. Yo me quedé pagando la hipoteca y criando a nuestra hija mientras estudiaba para conseguir mi cédula profesional. Nunca le conté a Mariana lo de aquella mujer ni cuánto dinero nos faltó. Pensé que proteger su imagen de su padre era otra manera de protegerla.
Me equivoqué en algo importante: el silencio dejó espacio para que Octavio contara su propia versión.
A principios del año anterior, una obra de Elvira se había vendido por casi 5 millones de pesos en una subasta. Octavio contactó a Mariana por redes sociales. Le aseguró que siempre había intentado buscarla, pero que yo devolvía sus cartas y sus depósitos. Cuando mi hija me enfrentó, respondí con mi vieja frase:
—Tu papá tomó sus decisiones.
—Entonces tú también toma la tuya: no vuelvas a buscarme.
Cumplí su petición durante 11 meses, aunque me doliera no ver a Tomás, mi nieto de 9 años.
Esa noche, al llegar a casa, llamé a Lucía, mi vecina. Entre las dos descolgamos el cuadro y lo guardamos, envuelto en una cobija limpia, en el clóset de su cuarto de visitas. Dejé sobre el sofá dos clavos y un rectángulo de pintura menos deslavada.
A las 10:17 me llamó Ofelia desde un número desconocido.
—Lo siento. Oí que iban a hacerla firmar un papel diciendo que el cuadro era un regalo de usted para Mariana. El papá de su hija estaba escondido en el estudio. Y el esposo de Mariana tenía listas unas cobijas para llevárselo hoy.
—¿Mariana sabía todo?
Ofelia tardó demasiado en contestar.
—Señora… su hija ya entregó dinero por ese cuadro. Mucho dinero. Y el hombre que se lo pidió necesita resolver algo antes del lunes.
Me quedé mirando la pared vacía. Octavio no había regresado a conocer a su hija. Había regresado a usarla para pagar una deuda que ni siquiera era suya.
PARTE 2
—¿Cuánto dinero? —pregunté.