—Por eso te dejé entrar a mi vida con tanta confianza.

Lloró. Yo también, pero no cambié mi decisión.

Meses después, dentro del proceso por la agresión, aceptó responsabilidad y se establecieron obligaciones que incluían reparación del daño y restricciones de acercamiento. Claudia me explicó cada condición antes de que yo tomara postura.

No confundí ese resultado con los asuntos económicos, que siguieron su propio camino.

Recuperé una parte del dinero mediante un convenio formal. Por el resto continuamos reclamando. Dejé de hacer cuentas con promesas y empecé a hacerlas con recibos.

A los 7 meses volví a mi departamento.

Cambié las cerraduras. Elegí una cuenta distinta para recibir mi pensión y dejé organizados mis documentos. Teresa conservó una copia de las llaves porque yo se la ofrecí.

La primera noche dormí mal.

Cualquier ruido del pasillo me hacía abrir los ojos. Dejaba el teléfono cargado junto a la cama y revisaba la puerta 2 veces.

Con apoyo psicológico fui recuperando costumbres que parecían pequeñas: comer cuando tenía hambre, comprar una blusa sin explicar el precio, dejar una taza en el fregadero hasta la mañana siguiente.

Un sábado invité a Teresa.

Hice sopa de verduras y puse el salero en medio de la mesa.

Ella probó una cucharada.

—Le falta tantita sal.

Me quedé quieta.

Teresa me miró, tomó el salero y añadió un poco a su plato. Después partió una tortilla y siguió contándome algo de su nieta.

Yo bajé los hombros.

Probé mi sopa. A la mía también le faltaba.

Pude levantarme, buscar una cuchara limpia y regresar a la mesa sin que nadie me gritara.

Antes de irse, mi hermana preguntó si quería que se quedara esa noche.

Miré la sala, mis plantas junto a la ventana y las llaves sobre el mueble.

—Hoy quiero quedarme yo.

¿Ustedes habrían aceptado volver a verlo después de todo lo que hizo?