Una carta de tu padre.
Y los documentos que encontré sobre Andrés.
Sentí que se me aceleraba el corazón.
—¿Qué documentos?
—Hace seis meses noté que faltaba dinero de mis cuentas.
Andrés me dijo que eran gastos que yo había autorizado, pero no era verdad.
Mamá cerró los ojos unos segundos.
—Le había dado facultades para ayudarme con algunos trámites.
Cuando descubrí movimientos que no reconocía, busqué asesoría para cancelarlas.
—¿Y después?
—Andrés se puso furioso.
Dijo que yo estaba favoreciéndote porque pensaba dejarte la casa.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué casa?
—La de Las Jacarandas.
La que compramos tu padre y yo cuando ustedes eran niños.
Recordé aquella propiedad.
Llevaba años rentada, y mamá utilizaba sus ingresos para pagar tratamientos y gastos personales.
—Andrés quería venderla —continuó—.
Me pidió que firmara unos documentos.
Cuando me negué, comenzó a visitarme con Vanessa.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Vanessa sabía lo del dinero?
Mamá asintió.
—Lo descubrió porque Andrés le pidió ayuda con unos papeles.
Después empezaron a presionarme entre los dos.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Amenazaron con contarte lo de la adopción.
Decían que, cuando supieras que no era tu madre verdadera, dejarías de defenderme.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Mi madre había soportado amenazas porque tenía miedo de perderme.
Y mi hermano había utilizado el secreto más delicado de nuestra familia para mantenerla callada.
Aquella tarde acudí con mi abogada, Lucía Medina.
Con su ayuda y siguiendo las indicaciones de las autoridades, solicitamos conservar los documentos y revisar las cuentas relacionadas con mamá.
Entre los papeles que ella autorizó recuperar estaba la caja azul.
Dentro encontré mi acta de adopción y una fotografía antigua.
Yo era un bebé.
Mamá me sostenía en brazos y papá estaba junto a nosotros.
Los dos sonreían.
Debajo había una carta escrita por él.
David: si algún día descubres cómo llegaste a nuestra familia, quiero que sepas que jamás fuiste un niño que recogimos por obligación.
Tu madre y yo decidimos ser tus padres y te hemos querido desde entonces.
Tuve que dejar de leer.
Después encontré varios estados de cuenta recientes.
Había transferencias hacia una empresa relacionada con Andrés.
Algunas autorizaciones llevaban firmas que mamá aseguraba no haber puesto.
También apareció una copia de la revocación de las facultades que anteriormente le había concedido.
—David —dijo Lucía—, esto necesita una revisión financiera y documental.
No podemos concluir todavía cuánto dinero fue retirado sin autorización.
Asentí.
Entonces abrió el último sobre.
Había un borrador de compraventa de la casa de Las Jacarandas.
El comprador era una sociedad que yo no conocía.
Pero Lucía encontró algo extraño.
—David, ¿sabes quién aparece como representante de esta empresa?
Negué.
La abogada señaló el nombre.
Vanessa Vargas.
Mi esposa.
Sentí que el aire me abandonaba.
Andrés y Vanessa no solamente habían intentado utilizar el dinero de mamá.
Estaban preparando la transferencia de su casa a una sociedad vinculada con mi esposa.
Y todavía faltaba lo peor.
Lucía encontró un correo impreso que mamá había guardado.
Andrés le había escrito a Vanessa:
«Margarita ya encontró los retiros.
Si no acepta firmar, tendremos que adelantarnos.
David nunca dudará de nosotros si creemos que fue una crisis por sus medicamentos».
Me quedé mirando aquellas palabras.
La doctora todavía estaba investigando qué había ingerido mamá.
Pero ahora sabía que Andrés y Vanessa habían hablado de utilizar sus problemas de salud para desacreditar cualquier acusación.
Entonces recibí una llamada del hospital.
—General Vargas, necesitamos hablar con usted sobre los resultados preliminares de los estudios de su madre.
Me levanté inmediatamente.
—¿Qué encontraron?
La médica respondió con cautela:
—Hay indicios de que pudo haber ingerido una sustancia sedante que no aparece entre los medicamentos prescritos en su expediente.
Necesitamos confirmarlo con estudios adicionales.
Sentí que me temblaban las manos.
—¿Eso pudo contribuir a que se atragantara?
—Es una posibilidad que estamos evaluando.
No podemos determinar todavía cómo llegó esa sustancia a su organismo.
Colgué.
Miré la caja azul sobre el escritorio.
Mi hermano había ocultado movimientos de dinero.
Mi esposa había intentado conseguir una propiedad de mi madre.
Y ambos habían hablado de aprovechar sus medicamentos para explicar lo que pudiera ocurrirle.
Aquella Nochebuena ya no estaba enfrentando solamente una traición familiar.
Estaba descubriendo indicios de un plan que pudo haber terminado con la muerte de mamá.
Y esta vez, por mucho que doliera, no iba a encubrir a nadie.
Parte 3
La primera vez que regresé al hospital con la caja azul entre las manos, mamá estaba despierta.
Me senté junto a su cama.
Durante varios minutos ninguno de los dos dijo nada.
Finalmente saqué la fotografía donde papá y ella me sostenían cuando era bebé.
—¿Por qué nunca me enseñaste esto, mamá?
Margarita la observó con una sonrisa triste.
—Porque tuve miedo, mijo.