Lorena les había dicho que el negocio era un proyecto familiar financiado por mí. A mí me había dicho que su hermano solo guardaba temporalmente unas cajas. A mamá le decía que yo estaba enterado y que necesitábamos ahorrar.
Cada uno había recibido una versión distinta.
Saqué los comprobantes de limpieza.
—Son siete meses. Treinta y tres mil seiscientos pesos. Necesito saber quién venía.
Lorena cruzó los brazos.
—Yo hacía muchas cosas.
—Me dijiste que contrataste a una señora.
Mi madre apoyó las manos sobre la mesa.
—No venía nadie.
Lorena giró hacia ella.
—Usted tampoco ayudaba de buena gana.
Mamá retrocedió en la silla. Yo abrí la boca, pero ella levantó una mano.
—Yo lavaba los platos del desayuno. Eso sí lo ofrecí. Después llegaron los pedidos. Había que limpiar el pegamento, acomodar cajas, lavar los trapos. Cuando dije que me dolía, me enseñaste lo del asilo.
—Era una opción de cuidado.
Puse sobre la mesa la impresión del mensaje.
Nadie necesitó que lo leyera en voz alta.
Doña Alicia lo tomó. Su hija intentó explicarle que estaba agotada, que cuidar a una persona mayor era mucho trabajo, que yo me había ido dejándole toda la responsabilidad.
Por primera vez, había algo cierto en lo que decía.
—Pudiste decirme que no podías —respondí—. Teníamos dinero destinado a contratar ayuda. Pudiste pedir que Marisol se organizara conmigo. Lo que hiciste fue cobrar una ayuda que no existía y obligar a mi mamá a hacerla.
—¿Y mis ocho meses? —preguntó—. ¿Eso no vale?
—Vale hablarlo. No te daba derecho a esto.
Le mostré el video donde le quitaba el teléfono.
No subí el volumen al máximo ni encendí la televisión. Lo puse en la mesa, al alcance de todos.
En la grabación, mamá pedía terminar de hablar conmigo. Lorena respondía que yo estaba trabajando y retiraba el aparato.
—Se ponía a llorar y luego tú me llamabas reclamando —dijo mi esposa.
Su explicación no cambió lo que acabábamos de ver.
Reproduje el fragmento de las cajas. Después cerré los videos. Mamá no tenía que pasar la tarde mirándose obedecer.
Teresa explicó que conservábamos los archivos originales y que cualquier uso dentro de un procedimiento tendría que revisarse por la vía correspondiente.
Beto se inclinó hacia mí.
—Mira, yo sí hice muebles. No sabía que te habían dicho lo de los estudios.
No podía demostrar cuánto sabía él. Tampoco iba a inventarlo.
—Entonces entrega las facturas reales, las fechas y los mensajes donde acordaron los pagos.
Miró a Lorena. Ella no le devolvió la mirada.
Don Ernesto apartó su plato.
—También nos pediste dinero para las consultas de doña Elvira.
Mi madre levantó la cabeza.
Lorena empezó a recoger vasos que todavía estaban llenos.
—No vamos a arreglar mis cuentas entre todos.
—Tú nos llamaste —dijo su padre.
Durante unos segundos solo se escuchó el hielo golpear contra el vidrio.
Quedaba el asunto de los documentos que me había enviado a Texas.
Yo había regresado con un proyecto: abrir un taller de refrigeración comercial con Óscar, un compañero que ya tenía clientes en Querétaro. Llevábamos meses haciendo presupuestos. Lorena conocía el plan y había ofrecido ayudar con la administración.
Lo que me mandó no eran simples formatos.
Había una propuesta para incorporar a Beto como socio y una autorización amplia para que Lorena hiciera trámites por mí. Yo no había firmado. Los había dejado pendientes porque las aportaciones no coincidían con lo hablado con Óscar.
—Esto tampoco sigue —dije, colocando las hojas aparte—. Ni tú ni Beto van a participar en el taller.
—Lo planeamos juntos.
—Planeamos que llevaras la administración. Nunca acordamos que tu hermano fuera dueño de una parte.
Lorena empujó los papeles.
—Todo por tu mamá.
Sentí que mamá buscaba el bastón.
Le acerqué la mano, pero no hablé por ella.
—No —dijo—. Yo no hice esas cuentas.
Lorena se quedó inmóvil.
Mi madre no levantó la voz. Miró después a doña Alicia.
—Y yo no les dije que estaba bien cuidada. Cuando llamaban, ella contestaba por mí.
Doña Alicia empezó a llorar. Mamá sacó un pañuelo de su bolsa, lo sostuvo un instante y volvió a guardarlo.
Yo había ensayado muchas frases para aquella reunión. Al final solo necesité decir la decisión que ya había tomado.
—Voy a iniciar el divorcio. Hoy me llevaré mi ropa y mis herramientas. Lo demás lo vamos a tratar por escrito.
Lorena pidió que habláramos solos.
Salimos al patio, dejando la puerta abierta. Desde ahí veía a mamá junto a Marisol, que había llegado para recogerla cuando quisiera irse.
—Podemos arreglarlo —me dijo Lorena—. Tu mamá se queda con tu hermana y nosotros empezamos de nuevo.
Esperé algo más.
Una pregunta por sus manos. Una preocupación por las medicinas. Algo.
—Eso no arregla lo que hiciste.
Me agarró de la manga.