El médico particular que Mauricio pretendía utilizar para certificar a Teresa también fue investigado cuando aparecieron transferencias relacionadas con una de las consultoras. 5 semanas después, el consejo de administración separó formalmente a Mauricio de la empresa. Varias propiedades que él utilizaba pertenecían a sociedades de Teresa, por lo que también tuvo que entregarlas. No quedó en la calle ni perdió aquello que legalmente era suyo, pero desapareció la fortuna futura que durante años había tratado como si ya estuviera en su cuenta. Teresa, mientras tanto, comenzó una rehabilitación agotadora. Al principio necesitaba ayuda incluso para sentarse. Después consiguió mantenerse en pie entre barras metálicas. Más tarde caminó 3 pasos.
Luego 7. Hubo días en que lloró de rabia porque sus dedos no respondían. Otros en que quiso abandonar. Pero cada mañana recordaba el zapato de Mauricio sobre su mano inmóvil y obligaba a su cuerpo a intentarlo otra vez. 9 meses después, apoyada en un bastón, Teresa llegó a la inauguración del nuevo Centro Renacer. Afuera había cámaras. Adentro, decenas de pacientes practicaban movimientos que meses antes parecían imposibles. Una mujer joven ayudaba a su padre a caminar. Un niño acomodaba cuidadosamente la mano paralizada de su abuela sobre una pelota de terapia. Teresa los observó durante varios segundos. Un reportero le preguntó si lamentaba haber entregado a la fundación la herencia que iba a recibir su hijo. Teresa miró su mano izquierda. Ya podía mover ligeramente 3 dedos. —Durante años pensé que dejarle una fortuna era mi última obligación como madre —respondió—.
Ahora entiendo que mi obligación era no permitir que esa fortuna destruyera a más personas. Otro periodista preguntó qué le diría a Mauricio si pudiera verla en ese momento. Teresa miró las puertas abiertas del centro, los pacientes, las familias y los terapeutas trabajando. Después apoyó con firmeza el bastón en el suelo.
—Le diría que aquella noche creyó que me había dejado sin nada porque yo no podía levantarme del piso. Pero fue exactamente esa noche cuando él me enseñó qué debía levantar primero. Teresa dio un paso hacia el interior del edificio. Luego otro. Su mano todavía no funcionaba como antes y quizá nunca lo haría. Sin embargo, mientras avanzaba entre personas que también estaban aprendiendo a empezar de nuevo, comprendió algo que ningún testamento podía medir: había perdido parte del movimiento de su cuerpo, pero al fin había recuperado el control de su vida.