Parte 1

—En cuanto me case con tu hijo, te largas a una residencia. Ya me cansé de cuidarte.

Dejé la maleta junto a la puerta y saqué el celular. Mi madre estaba descalza frente a las escaleras. A sus pies había ropa, fotografías y una bolsa con sus medicamentos. Renata, mi prometida, sostenía el retrato de bodas de mis papás.

Yo debía regresar de Monterrey el viernes. Era miércoles. El cliente había cancelado las últimas reuniones y alcancé un vuelo temprano.

—Me prometiste que podía quedarme —dijo mi mamá.

—Y tú prometiste no estorbar.

Renata dejó caer el marco dentro de una caja. El vidrio se quebró.

Seguí grabando unos segundos, paralizado. Mi madre tenía 74 años, una rodilla lastimada y la costumbre de disculparse hasta cuando alguien la empujaba en el supermercado.

Pero aquella casa era suya.

Mi papá la había terminado de pagar antes de morir. Yo había vuelto a vivir ahí durante la pandemia y después me quedé para acompañarla. Renata se instaló con nosotros 4 meses antes de la boda, mientras supuestamente terminaban nuestro departamento.

—El lunes vienen por ti —añadió—. Álvaro va a firmar. Últimamente firma todo sin leer.

Entré.

—La boda se cancela.

Mi mamá levantó la cara. Renata apretó el marco roto contra su pecho.

—Llegaste antes.

—Suelta eso.

Lo dejó sobre el sillón.

—Tu mamá tuvo otro episodio. Estaba ayudándola a ordenar.

Enseñé el teléfono.

—Escuché suficiente.

Su expresión cambió.

—Entonces tira todo por la borda. El salón está pagado. Mi familia ya compró boletos. Y acuérdate del anticipo del departamento.

Faltaban 3 días para la boda. Llevábamos 2 años juntos.

Quise preguntarle desde cuándo hablaba así con mi mamá, pero vi que ella se sujetaba del barandal. Primero la senté y le alcancé agua.

—¿Te sientes mal?

—Un poco mareada.

Desde hacía semanas se quedaba dormida durante la comida. Renata decía que eran cosas de la edad. También insistía en acompañarla a todas sus consultas, aunque antes nunca tenía tiempo.

Había otra cosa: mi mamá había dejado de contestarme por las noches. Renata respondía desde su teléfono que ya estaba dormida.

Marqué a Cecilia, la abogada que revisaba mis contratos.

—Necesito detener la compra del departamento. Todavía no firmamos la escritura.

—Mándame el contrato. Antes de dar instrucciones hay que revisar las penalizaciones.

Puse el altavoz.

Renata se acercó.

—No puedes quitarme lo que ya me prometiste.

—Puedo decidir con quién me caso.

Mi madre dejó el vaso sobre la mesa.

—Pregúntale también por mis papeles.

Cecilia guardó silencio.

—¿Cuáles, señora Elvira?

—Mis escrituras. Renata las sacó del cajón porque iban a hacer un trámite del seguro.

Miré a mi prometida.

—¿Qué trámite?

—Una actualización. Tu mamá pierde todo y luego me culpa.

Mi madre apretó los labios.

—Los tiene su hermano.

Bruno, el hermano de Renata, se presentaba como gestor inmobiliario. Dos semanas antes me había ofrecido ayudar con los documentos del departamento. Lo rechacé porque Cecilia llevaba la operación.

—¿Por qué Bruno tiene las escrituras? —pregunté.

—Para sacar unas copias.

Cecilia pidió hablar conmigo sin altavoz. Caminé hasta la cocina, sin perder de vista la sala.

—No firmes nada. Pregúntale a tu mamá qué documentos le llevaron. Si hay amenazas o está en riesgo, pide apoyo.

Mi madre escuchó parte de la conversación.

—Yo guardé una hoja.

La sacó de su costurero, doblada entre sobres de agujas. Arriba aparecía el nombre de una notaría de Puebla. Abajo, su domicilio y una cantidad: $2.400.000.

No era un formulario médico.

Era una propuesta de compraventa de su casa.

En el espacio de la compradora figuraba una sociedad cuyo nombre me resultó conocido: Abastos Clínicos del Centro.

Esa misma empresa había cobrado 3 facturas recientes en mi negocio.

Renata intentó quitarme la hoja.

Mi madre la sujetó antes.

—Ahora sí vas a explicarnos.

Quédate para la parte 2; todavía faltaba saber quién estaba detrás de esas facturas.

Parte 2

Puse el documento sobre la mesa y lo fotografié.

—Esa hoja no significa nada —dijo Renata—. Era una propuesta.

—Entonces no tendrás problema en que la revise una abogada.

Mi madre señaló el último párrafo.

—Me dijeron que era para garantizar mi lugar en una residencia, por si algún día lo necesitaba.

Le pregunté si había firmado.

—Una solicitud. Las demás hojas me las dejaron porque dije que no encontraba mis lentes.

Renata tomó su bolsa.

—No voy a quedarme a escuchar acusaciones.

No le cerré el paso. Cecilia me había pedido evitar cualquier forcejeo. Le dije que recogeríamos sus cosas después, acompañados. Mi madre añadió, con una firmeza que yo llevaba meses sin escuchar:

—Las llaves se quedan aquí.

Renata las aventó sobre el sillón y salió.

Llamé al 911 por las amenazas y el estado de mi mamá. Mientras llegaba la ayuda, guardé la grabación original y envié una copia a Cecilia. No publiqué nada.