Los paramédicos encontraron a mi madre somnolienta, con la presión baja. La trasladaron para valoración. Antes de salir, una policía anotó nuestros datos y fotografió las pertenencias tiradas. Nos explicó dónde presentar la denuncia.
En urgencias llevé el pastillero y todas las cajas. La doctora preguntó quién preparaba las dosis.
—Renata —contesté.
Mi madre negó despacio.
—Desde hace un mes ya no me deja hacerlo.
Varias tabletas no correspondían a los espacios donde estaban colocadas. La doctora pidió análisis y dejó asentada la discrepancia. No podía decir quién las había puesto ahí ni si había sido intencional.
Mi mamá quedó en observación.
Desde la sala de espera llamé a Omar, mi socio. Teníamos una distribuidora de insumos médicos en Puebla. Yo supervisaba almacenes y entregas; él manejaba compras y proveedores.
—¿Quién autorizó a Abastos Clínicos del Centro? —pregunté.
Hubo una pausa.
—Yo. ¿Por qué?
—Necesito sus expedientes y las recepciones de mercancía.
—Estás a 3 días de casarte. Descansa, yo lo veo.
—La boda se canceló.
No preguntó por qué.
—No tomes decisiones ahorita —respondió—. Mañana hablamos.
Abrí el sistema desde mi computadora. Las 3 facturas sumaban $486.000. Había órdenes de compra, pero los comprobantes de recepción eran imágenes adjuntas, sin los registros habituales del almacén.
Llamé al encargado.
—¿Recibiste estos lotes?
Me pidió unos minutos. Después mandó fotos del inventario y una respuesta:
“No entraron. Esa firma no es mía”.
Cecilia llegó al hospital y revisamos juntos los archivos. Le pedí formalmente a nuestro contador que conservara respaldos y suspendiera los pagos pendientes a ese proveedor mientras se conciliaban las entregas.
Omar recibió la notificación y llamó 6 veces.
No contesté hasta estar con Cecilia.
—Nos puedes meter en un problema —dijo—. Hay compromisos que desconoces.
—Mándamelos por escrito.
Colgó.
Al día siguiente, mi madre autorizó a Cecilia a consultar a la notaría indicada. La oficina confirmó que Bruno había solicitado preparar una operación y entregado copias de identificación y escrituras. Todavía no existía compraventa firmada.
La notaria había detenido el trámite porque necesitaba entrevistar personalmente a la propietaria y aclarar varias inconsistencias.
Mi madre soltó el aire.
—Por eso querían llevarme mañana.
Fuimos a denunciar los hechos con los documentos disponibles. Entregamos copias y conservamos los originales según nos indicaron.
Esa tarde, Cecilia solicitó una reunión en la notaría para aclarar el expediente. Mi madre quiso asistir.
Bruno confirmó. Renata también.
Antes de salir, recibí del contador la solicitud de un crédito empresarial que Omar había dejado lista para mi firma. El proveedor señalado para recibir el primer pago era el mismo.
Cuando llegamos, Omar estaba sentado junto a Renata.
Leía un documento.
Al vernos, lo metió debajo de una carpeta.
No te pierdas la parte 3; esa reunión iba a cambiar mucho más que una boda.
Parte 3
Mi madre se detuvo al reconocerlo.
—Él también vino a la casa.
Omar se levantó.
—Fui a dejar unos papeles de Álvaro. No empiecen a mezclar cosas.
La notaria nos recibió en una sala pequeña. Cecilia se sentó a mi lado. Habíamos acordado escuchar, pedir explicaciones y dejar constancia de lo que mi madre rechazaba.
La notaria abrió el expediente.
—Primero necesito saber qué desea usted, señora Elvira.
Mi madre acomodó su bolsa sobre las piernas.
—Quedarme en mi casa. No quiero venderla. No autoricé que nadie la vendiera por mí.
Bruno se inclinó hacia adelante.
—Nadie dijo que estuviera vendida. Se estaba explorando una opción para pagar sus cuidados.
—Mis cuidados los decido yo.
La notaria anotó la respuesta.
Explicó que las copias entregadas servían para integrar un expediente preliminar, pero no acreditaban consentimiento. No había escritura de venta ni poder otorgado ante ella. Tampoco permitiría continuar la operación con aquella oposición expresa.
Renata me miró como si eso resolviera todo.
—¿Ves? Nadie le quitó nada.
Cecilia puso sobre la mesa la hoja del costurero.
—Entonces aclaremos por qué se le presentó esto como un trámite médico.
Bruno respondió que había ocurrido una confusión. Renata dijo que mi madre no había entendido.
Mi mamá abrió su bolsa y sacó sus lentes.
Se los puso con calma.
—No entendí porque no me dejaron leer. Cuando pregunté por esa cantidad, tu hermano me dijo que era el costo de la cobertura.
Nadie contestó.
La notaria pidió que no discutiéramos y separó del expediente los documentos aportados por cada persona. Mi madre solicitó copias certificadas de lo que legalmente podía recibir.
Después pregunté por la compradora.
Bruno dijo que representaba a inversionistas.
Cecilia sacó la información mercantil que había obtenido esa mañana. Bruno aparecía como administrador de Abastos Clínicos del Centro.
—¿Cuáles inversionistas? —pregunté.
—No tengo que explicarte mis negocios.
—Cuando tu empresa le factura a la mía mercancía que no llegó, sí tenemos algo que aclarar.
Omar dejó de mover la pierna.