Parte 1

La esposa de Alejandro jalaba del cabello a su madre junto al lavadero cuando él escuchó que también pensaba encerrarla en un asilo si no le entregaba su empresa.

Había regresado a su casa de la colonia Portales porque una junta se canceló. Traía una bolsa de pan para Carmen. Al abrir la puerta, escuchó el golpe de una cubeta y dejó la bolsa en el recibidor.

—¡Suéltala, Renata! ¡Quítale las manos de encima!

Su madre estaba arrodillada sobre los mosaicos mojados. Tenía el mandil empapado y buscaba su bastón con una mano. Renata la soltó despacio, como si Alejandro hubiera interrumpido una tarea doméstica sin importancia.

—Tu mamá tiró el agua. Alguien tiene que enseñarle a hacerse responsable.

Alejandro pasó junto a su esposa y ayudó a Carmen a levantarse. Cuando la abrazó, sintió cuánto temblaba. Le acomodó el cabello detrás de la oreja y descubrió que estaba llorando sin hacer ruido.

—No pelees por mí, hijo. Luego ella se queda aquí conmigo.

Aquella última frase le reveló una vida que ocurría mientras él trabajaba.

Carmen había vendido quesadillas frente a una secundaria de Iztapalapa para pagarle la universidad. Después llevó las cuentas del pequeño negocio de transportes que fundó Armando, su esposo. Conocía a cada chofer por su nombre y siempre guardaba comida para el empleado que terminara tarde.

Ahora tenía miedo de quedarse sola en aquella casa.

Alejandro llevaba 6 años casado. En las comidas familiares, Renata servía primero a Carmen y la llamaba su segunda mamá. A solas, se quejaba de que olía a pomada, ocupaba demasiado espacio y opinaba sobre cosas que ya no entendía.

Él había discutido con Renata por esos comentarios. También había cometido el error de creer sus disculpas.

Durante las últimas semanas, Carmen empezó a extraviar sus medicamentos y a pedir permiso para entrar a la cocina. Cuando Alejandro preguntaba, ella respondía que estaba distraída. Renata aprovechaba para recomendar una residencia.

—Mañana tenemos cita en la notaría —dijo su esposa.

Alejandro levantó la mirada.

—La cancelas.

Renata se cruzó de brazos.

—Vas a darme el poder para manejar la empresa. Ya prepararon todo. También resolveremos lo de esta casa y el cuidado de tu mamá.

—Mi mamá decide sobre su vida.

—Entonces tendrás que demostrar que todavía puede hacerlo. El doctor que contraté piensa distinto. Y hay gente dispuesta a contar cómo se comporta cuando tú no estás.

Carmen apretó el brazo de su hijo. Alejandro comprendió que aquella cita llevaba tiempo preparándose. Su esposa quería obtener su firma utilizando el miedo de su madre.

La casa estaba a nombre de Alejandro desde la muerte de Armando, 8 años atrás. Pero jamás había considerado que eso le permitiera disponer de Carmen como si fuera un mueble.

—Hoy te vienes conmigo, mamá.

Renata se colocó frente a la salida.

—Si cruzan esa puerta, mañana vas a lamentarlo.

Alejandro sacó el teléfono y llamó a Diana, la abogada que estaba revisando aquel poder desde que él descubrió que permitiría vender las bodegas sin consultarlo. Le describió lo ocurrido sin apartarse de Carmen.

Renata dejó pasar a ambos cuando escuchó que Diana pediría medidas de protección.

Esa noche, Carmen recibió atención médica y después se quedó con una hermana. Alejandro permaneció junto a ella hasta que logró dormir.

—Yo quería que fueras feliz —le había dicho antes de cerrar los ojos—. Me daba vergüenza decirte que tu felicidad me estaba dando miedo.

Entonces él abrió los archivos de la cámara instalada 3 semanas antes en el patio, después de que desaparecieran herramientas. Estaba integrada en una carcasa de detector de humo. Renata nunca había preguntado por ella.

Diana comenzó a revisar las grabaciones. Había amenazas, medicamentos escondidos y conversaciones telefónicas. En una, Renata preguntaba a su padre qué harían si Alejandro se negaba a firmar.

Ernesto respondió:

—Armando también creyó que podía decirnos que no.

Alejandro reprodujo aquel fragmento otra vez. Su suegro siempre había asegurado que jamás conoció a su padre.

Parte 2

A las 9:00, Alejandro llegó a una notaría de la Narvarte. Renata lo esperaba con Ernesto, un médico y 2 personas presentadas como amigas de Carmen. Nadie preguntó por ella. Sobre la mesa había un poder amplio, instrucciones para vender las bodegas y un informe que describía a su madre como desorientada y agresiva.

Alejandro reconoció el nombre del médico: Carmen nunca había acudido con él. El notario revisó los anexos y pidió saber cuándo la había examinado. La respuesta fue imprecisa. Renata intervino para explicar que Alejandro siempre dificultaba cualquier decisión relacionada con su mamá. Después acercó una pluma a su marido, sonriendo como si estuvieran escogiendo mueble