Las supuestas amigas admitieron que les ofrecieron dinero para describir episodios que nunca presenciaron. Manuel entregó su declaración y aceptó afrontar las consecuencias de sus actos. Carmen lo recibió una vez. Le recordó que Armando había confiado en él incluso cuando faltaba dinero para pagar su propio tratamiento.
Después le pidió que colaborara hasta el final, aunque eso lo perjudicara. La investigación económica avanzó durante meses. Los comprobantes del cuaderno coincidieron con transferencias y contratos desviados hacia empresas de Ernesto. Acorralada por los documentos, Renata entregó conversaciones con su padre buscando mejorar su situación. En ellas hablaban de vender las bodegas después de obtener el poder y de apartar a Carmen para dejar a Alejandro sin apoyo.
Él escuchó esas conversaciones en el despacho de Diana. Al terminar, firmó los documentos para iniciar el divorcio. También rechazó un arreglo que exigía retirar sus declaraciones a cambio de recuperar dinero. Con el tiempo llegaron resoluciones, obligaciones de reparación y procesos separados contra los involucrados. Alejandro mantuvo a sus trabajadores informados y destinó los primeros recursos recuperados a pagos que habían quedado pendientes.
En casa, Carmen quiso conservar el lavadero. Puso junto a él una maceta de cempasúchil y volvió a colgar el cuadro de la Virgen. Una tarde encontró a su hijo mirando los mosaicos, inmóvil. Le tomó la mano y lo llevó a la cocina para que probara la salsa. Alejandro lloró mientras ella buscaba una cuchara.
Durante semanas había imaginado grandes palabras para pedirle perdón. Carmen le sirvió una tortilla caliente y se sentó a su lado. Él pudo escucharla hablar del mercado, de una vecina y del precio del jitomate. Se quedó hasta que anocheció. Aquel día, su madre habló sin bajar la voz.