Mi mamá tenía esos documentos desde que me ayudó con un trámite, años antes. Yo había cambiado mis contraseñas después de la primera llamada de cobranza, pero las copias seguían en su casa.
—Quiero ver cada solicitud —dije—. No solamente el resumen.
Pasé esa tarde comparando fechas con mis recibos de trabajo. Una firma supuestamente hecha en una sucursal coincidía con un día que yo había pasado en Querétaro por una compra de maquinaria.
Le mandé a Patricia la factura del hotel y el correo de la reunión.
Mi mamá, mientras tanto, hizo llegar su versión a la familia.
Según ella, yo había perdido el equilibrio durante una discusión. La barra se había movido al caer las decoraciones. Mi tía Lourdes me llamó llorando.
—Tu mamá está muy mal. No puedes dejarla sola en esto.
—Yo tampoco quiero estar sola, tía. Mi hijo está conectado a una máquina.
Hubo un silencio.
Le pedí que no volviera a transmitirme recados.
La aseguradora confirmó que existía una póliza, pero abrió una investigación por las irregularidades que denuncié. El formulario decía que yo participaba en un negocio con mi mamá y que había autorizado el contrato electrónicamente.
Yo no tenía ningún negocio con ella.
El correo de contacto tampoco era mío.
La prima inicial se había pagado desde la cuenta donde terminaron dos de los créditos.
Eso no demostraba todavía que hubiera planeado matarme. Patricia lo repitió con cuidado, y yo agradecí que no me prometiera una respuesta antes de tenerla.
La póliza podía haber sido otra forma de fraude.
El golpe, sin embargo, seguía en el video.
Jimena había pedido al encargado del salón que conservara la grabación completa. También guardó los mensajes de mi mamá sobre la caja y el horario.
Yo entregué mi teléfono para respaldar nuestras conversaciones.
Encontré una que había olvidado.
Dos semanas antes, mi mamá me pidió que firmara una autorización para que pudiera “resolver cosas del niño” si yo terminaba hospitalizada.
Le dije que lo revisaría con Patricia.
Me contestó: “Para todo necesitas permiso de extraños”.
No volví a responder.
Al quinto día pude visitar a Mateo en una silla de ruedas. Metí la mano por la abertura de la incubadora y él cerró los dedos alrededor de mi meñique.
Ahí decidí que no iba a retirar nada.
Esa noche Andrés recibió un mensaje de mi mamá desde un número desconocido.
“Dile que recuerde quién tiene los papeles originales. Todavía podemos arreglarlo como familia”.
Lo guardamos sin contestar.
A la mañana siguiente, Patricia me avisó que una antigua auxiliar de Ernesto había acudido a la aseguradora después de que la citaran para aclarar el expediente.
Había conservado correos de trabajo.
Uno incluía un archivo que mi mamá le pidió imprimir: instrucciones sobre qué hacer con mis bienes y con mi bebé si yo moría.
Otro tenía una pregunta sobre cuánto tardaban en pagar una muerte accidental.
Patricia pidió incorporarlos a la investigación por los conductos correspondientes.
Yo solicité una copia para revisarla con ella antes de ampliar mi declaración.
Cuando abrió el primer archivo, vi una fecha escrita arriba.
Era el día anterior al baby shower.
Sigue conmigo hasta que se abra esa carpeta.
Parte 3
Debajo de la fecha estaba la dirección de mi casa.
Luego venía una lista: la camioneta de Andrés, mis ahorros, el seguro y una supuesta deuda que yo tenía con mi mamá.
Al final había un apartado sobre Mateo.
“Solicitar que permanezca conmigo mientras el padre trabaja”.
No era una resolución, ni un documento capaz de darle derechos sobre mi hijo. Era un plan escrito por alguien que ya estaba repartiendo mi ausencia.
—Andrés es su papá —dije.
—Sí —respondió Patricia—. Y este papel no cambia eso.
Me dejó terminar de leer.
Había errores que reconocí enseguida. Mi mamá creía que la casa era mía, cuando la rentábamos. Anotó como ahorro disponible el saldo de una cuenta que yo había cerrado dos años antes.
Aquello me ayudó a entender algo: no tenía un plan infalible. Tenía información vieja, documentos robados y la certeza de que podía intimidarnos hasta conseguir lo que quería.
El segundo correo era más concreto.
Mi mamá preguntaba si un fallecimiento posterior a una hospitalización podía considerarse accidental. Ernesto contestaba que dependía de la causa y que una agresión podía provocar una investigación y excluir el pago al responsable.
Ella había respondido:
“Entonces que no quede como agresión”.
Lo leí tres veces.
Recordé su boca junto a mi oído: “Di que me tropecé”.
Patricia no me dejó convertir esa coincidencia en una sentencia.
—Esto es relevante. Ahora tienen que verificar los correos y relacionarlos con lo demás.
Yo asentí.
Había pasado años resolviendo los problemas de mi mamá con llamadas, favores y dinero. Esta vez iba a tener que soportar que las cosas avanzaran a un ritmo que yo no controlaba.