No hubo una fiesta. Jimena dejó caldo en la estufa y Andrés pasó casi una hora instalando correctamente la silla del coche.

Yo revisé tres veces la bolsa de pañales.

La primera noche dormimos por turnos, pendientes de cada ruido. Cuando Mateo tardaba unos segundos en acomodarse para respirar, yo encendía la lámpara aunque Andrés me dijera que lo estaba viendo.

Acepté ayuda psicológica cuando comprendí que llevaba varios días esperando otro golpe dentro de mi propia casa.

También cambiamos las cerraduras y dejamos por escrito quién podía recibir información médica. La orden de protección y las restricciones de contacto me dieron margen para empezar a descansar.

El proceso penal duró más de un año.

La investigación permitió sostener que el ataque podía haberme causado la muerte y que había actos previos relacionados con un beneficio económico. Mi mamá fue condenada por tentativa de feminicidio y por las conductas patrimoniales que se acreditaron en su expediente.

Yo no celebré al escuchar la sentencia.

Me temblaron las rodillas.

Ernesto enfrentó su propio proceso por su participación en las contrataciones fraudulentas. Las pruebas demostraron lo que había hecho con mis datos; no se le atribuyó haber ordenado el golpe sin evidencia que lo sostuviera.

La reparación del daño quedó establecida, pero cobrarla fue otra historia.

No recuperamos una fortuna. Mi mamá tenía deudas y pocos bienes. Parte de lo obtenido sirvió para gastos y tratamientos; otra parte siguió pendiente.

Las financieras corrigieron dos créditos después de sus investigaciones. El tercero requirió más trámites y acompañamiento de Patricia. Durante meses guardé cada respuesta en una carpeta, sin dar por cerrado nada por una promesa telefónica.

Jimena publicó las cuentas de la cooperación con mi permiso.

Los cincuenta mil pesos se habían destinado a traslados, medicamentos, consultas y gastos de aquellas semanas. Agradecí a cada persona que ayudó. No convertimos el sufrimiento de Mateo en una campaña permanente.

A los dieciséis meses, mi hijo caminó desde el sillón hasta la mesa donde Andrés reparaba un juguete.

Yo estaba doblando ropa.

Lo vi dar cuatro pasos, detenerse y sentarse de golpe sobre el pañal. Se rio antes de que pudiéramos aplaudir.

Todavía tenía revisiones y ejercicios recomendados por sus médicos, pero aquella tarde únicamente quiso levantarse otra vez.

Mi mamá había enviado una carta a través de su defensa. Patricia me preguntó si quería recibirla.

Dije que no.

No sé si algún día cambiaré de opinión. Esa decisión ya no depende de que una tía llore, de que mi mamá se enoje o de que alguien me recuerde cuánto le debo por haberme criado.

Depende de mí.

Guardé la última camiseta en el cajón y me senté en el piso frente a Mateo. Él se sostuvo de mis rodillas, soltó una mano y luego la otra.

Yo abrí los brazos.

Esta vez pude recibirlo.

¿Ustedes habrían aceptado leer la carta de su mamá después de todo lo que hizo?