—¿Qué hiciste, Lucía? ¿Fuiste a llorar con mi jefe?

—Te están esperando. Lleva las llaves.

Subimos separados. Desde el salón se alcanzaban a ver las ventanas del despacho, pero no se escuchaba lo que ocurría adentro. Agradecí esa pequeña privacidad.

Arturo Beltrán estaba sentado frente al director de la filial, Víctor Salgado. Sobre la mesa había un expediente con el sello de Cumplimiento. Yo reconocí las páginas porque había ayudado a identificar las operaciones, pero no había dirigido la investigación. Era importante que otra persona verificara cualquier señalamiento contra mi esposo.

Ricardo entró sin saludar.

—Víctor, ¿de qué se trata? Mi esposa se alteró por una broma.

—Siéntate —respondió Arturo—. Primero hay que aclarar el uso de un vehículo de la empresa.

Ricardo miró su credencial y después la mía, colocada sobre el escritorio. Por primera vez leyó el cargo que siempre le había pedido esconder: directora de control financiero, Grupo Terranova.

—¿Por qué les importa dónde trabaja Lucía?

—Porque fue ella quien obtuvo la autorización para que manejaras la camioneta —dijo Víctor—. Y porque la tarjeta asignada al vehículo está involucrada en consumos irregulares.

Saqué mi propia copia de la autorización. Tenía la firma de Ricardo aceptando el uso limitado a recorridos laborales. Nada de préstamos a terceros, nada de cargar vehículos ajenos.

—El contrato es claro —le dije—. Firmaste que conocías esas condiciones.

Ricardo intentó reír.

—Son detalles. Las tarjetas de flotilla se comparten. Todo mundo lo hace.

Arturo deslizó un estado de cuenta hacia él. Había 23 operaciones entre mayo y septiembre, casi todas después de medianoche. Varias registraban más de 200 litros de diésel. Nuestra camioneta utilizaba gasolina y tenía un tanque de 58 litros.

—Son 286,400 pesos —aclaró Arturo—. No estamos hablando de un error en la bomba.

La semana anterior, Cumplimiento había recibido las facturas electrónicas y solicitado la conservación de grabaciones a dos estaciones. Yo había sospechado primero por los litros. La investigación encontró algo más: en varios tickets aparecía la matrícula de un tractocamión que no pertenecía a la flota del grupo.

Entonces Ricardo pronunció un nombre que reconocí.

—Seguro fue Manuel. Él tiene conocidos que manejan tráileres. A veces me pide favores.

Manuel era su primo. El mismo que había pedido dinero prestado durante años y que se había reído cuando doña Elvira me llamó arrimada en la comida familiar.

—¿Tu primo tenía acceso a la tarjeta? —preguntó Arturo.

—No sé. A lo mejor la tomó cuando salimos.

No encajaba. Ricardo había llevado la camioneta a aquellas estaciones y sus reportes de visitas a clientes no coincidían con las fechas. Yo había contrastado esas rutas con los registros comerciales antes de informar del problema.

Víctor mostró una impresión adicional. Era una solicitud interna de ampliación de límite de la tarjeta, enviada desde la cuenta de trabajo de Ricardo. Debajo aparecía una autorización escaneada con mi nombre.

Sentí que la sangre me bajaba a los pies. La firma se parecía a la mía. Pero la fecha coincidía con un día en que yo estaba en Monterrey, revisando otra filial. Y el formato había dejado de utilizarse hacía seis meses.

—Ese documento no lo aprobé —dije—. Solicito que se conserve el correo original y se revise quién cargó el archivo.

Arturo asintió. La ampliación nunca había recibido autorización válida de Tesorería, pero el administrador de la tarjeta había aumentado temporalmente el límite al tomar el escaneo por bueno. Aquella omisión también debía investigarse.

Ricardo se volvió hacia mí.

—No hagas grande esto. Tú puedes firmar lo que haga falta y arreglarlo.

—No puedo convertir una falsificación en autorización. Y aunque pudiera, no lo haría.

Su expresión cambió. Ya no parecía molesto por la fiesta; parecía asustado por primera vez.

Su teléfono vibró sobre la mesa. En la pantalla apareció un mensaje de Fernanda: «Manuel pregunta si ya borraste lo del jueves. Dice que no contestes desde tu número».

Los cuatro alcanzamos a leerlo porque el aparato estaba encendido frente a nosotros. No tomé el teléfono. Pedí que anotaran la hora y que cualquier información digital se obtuviera por los medios correspondientes.

Ricardo lo guardó en el bolsillo.

—Esto es una trampa de mi esposa. Está celosa de Fernanda.

Arturo cerró el expediente.

—Podrás dar tu versión en una investigación formal. Por ahora queda suspendido tu permiso para conducir la unidad. Entrega las llaves.

—No se las voy a dar a ella —escupió Ricardo—. Es mi mujer.

Levanté la mano abierta, sin tocarlo.

—La camioneta no es tuya. Y lo que está en juego ya no es solamente nuestro matrimonio.

Ricardo apretó el llavero en su puño y me miró con una rabia que conocía demasiado bien.

—Si cuentas lo que sabes, voy a decir que tú organizaste todo. Tu nombre está en ese papel.

PARTE 3