Por un instante volví a sentir el miedo de aquellas noches en que Ricardo gritaba tan cerca de mi cara que yo terminaba pidiendo perdón sin saber por qué. Pero esta vez había dos directivos, un expediente y una decisión que nadie podía tomar en mi lugar.
—Entonces dilo durante la investigación —contesté—. Yo entregaré mis correos, mis autorizaciones y las fechas de mis viajes. Y pediré que no me permitan intervenir en ninguna decisión sobre tu responsabilidad.
Arturo pidió a Víctor levantar una minuta y solicitó a Jurídico conservar los originales. Aquello me tranquilizó: la decisión debía sostenerse con pruebas, no con la humillación de una esposa.
—Las llaves —repitió Víctor.
Ricardo las dejó sobre el escritorio con tanta fuerza que el llavero metálico rebotó contra un vaso. Era el mismo objeto que minutos antes había agitado sobre mi cabeza.
—Van a arrepentirse —murmuró.
—También queda suspendido el uso de la tarjeta —agregó Arturo—. Recursos Humanos y Jurídico te notificarán los siguientes pasos. No estamos resolviendo un procedimiento laboral en una fiesta.
No quería que el escándalo sustituyera una revisión seria. Por una vez, tampoco quería ocultar nada.
Bajamos por las escaleras de metal. Ricardo caminó primero, intentando mantener erguida la espalda. Un par de empleados fingieron revisar sus vasos. Otros se apartaron de su camino. Fernanda nos esperaba junto al bar.
—Ricky, ¿ya nos vamos? —preguntó—. Me dijiste que manejaría yo porque tú habías tomado.
Él pasó de largo. Ella vio las llaves en mi mano y enseguida observó mi credencial, que ahora llevaba colgada al cuello.
—¿Usted trabaja aquí?
—En la empresa matriz —respondí—. Si te citan por las operaciones de combustible, consigue asesoría y di la verdad. No voy a discutirlo contigo en público.
Fernanda perdió el color del rostro. Quiso seguirme, pero me dirigí hacia la salida sin apresurar el paso. No tenía nada que demostrar a los invitados.
En el estacionamiento, el responsable de flotilla confirmó por teléfono que podía llevar la camioneta a casa y entregarla el lunes. Fotografié el kilometraje y el tanque antes de arrancar.
Ricardo estaba junto a la parada del transporte público. Levantó la mano cuando pasé. Me miró como si todavía esperara que yo retrocediera para salvarlo. No me detuve.
Recordé que media hora antes me había ordenado volver en camión para aprender cuánto costaba el pasaje. No disfruté verlo esperando bajo la luz amarilla de la parada. Me dolía pensar que aquel hombre era el mismo que me había cuidado cuando murió mi padre. Pero tampoco iba a confundir nuestros recuerdos buenos con una obligación de seguir soportando los malos.
Al llegar al departamento encontré a doña Elvira sentada en mi cocina. Tenía una llave propia desde que nos casamos y la utilizaba sin avisar.
—¡Destruiste a mi hijo! —gritó antes de que dejara el bolso—. Dice que eres una jefa importante y que lo avergonzaste frente a todos. ¿Por qué nos mentiste?
Me quité el saco y lo colgué.
—Porque él me pidió ocultar mi puesto. Tú nunca preguntaste quién pagaba la hipoteca, pero sí encontraste tiempo para llamarme mantenida.
—¡Una esposa debe proteger a su marido!
—Una esposa no debe autorizar que usen su nombre para justificar gastos que no reconoce.
Le expliqué que la camioneta pertenecía a la empresa y había consumos bajo investigación. No le mostré documentos reservados.
Después extendí la mano.
—Dame tu copia de la llave, por favor. Ya no quiero visitas sin aviso.
Doña Elvira dejó la llave sobre la mesa, todavía furiosa.
Ricardo llegó de madrugada. Estaba sobrio y tenía la camisa arrugada. Primero me acusó de arruinarle la carrera. Después aseguró que todo había sido culpa de Manuel. Finalmente quiso abrazarme.
—Lucía, te amo. Lo de Fernanda no significaba nada. Podemos arreglar esto como siempre.
—Eso es precisamente lo que ya no quiero: arreglarlo como siempre.
Le dije que deseaba separarme, que buscaría asesoría legal y que necesitaba espacio. Aceptó quedarse unos días en casa de su madre mientras definíamos qué hacer con nuestras pertenencias. Antes de irse volvió a pedir algo.
—Tú sabes mover papeles. Di que yo tenía permiso.
—Conservé el permiso que sí tenías. No voy a inventar otro.
El lunes informé por escrito mi vínculo familiar con el investigado y pedí apartarme de las decisiones disciplinarias y del análisis de pruebas. Cumplimiento nombró una revisora externa. Entregué mis reportes, la autorización original y los correos donde pedía comprobar los cargos.
Descubrieron que la falsa autorización utilizaba una imagen de mi firma copiada de un formato antiguo. El historial acreditaba que Ricardo había enviado el archivo, pero no quién lo elaboró. Nadie debía atribuirle una falsificación personal sin probarla.
En dos semanas llegaron comprobantes y grabaciones de las gasolineras. Se veía nuestra camioneta junto a tráileres ajenos al grupo y a Manuel hablando con sus conductores. Los horarios coincidían con los cargos. También citaron a Fernanda.