Parte 1

—Bájate. No voy a estrenar coche contigo haciendo tus numeritos.

Mauricio se detuvo en el acotamiento de la carretera a Atlixco. Yo tenía 8 meses de embarazo y los zapatos en la mano porque se me habían hinchado los pies.

—Aquí no. Espérate a una gasolinera.

Se inclinó sobre mí, abrió mi puerta y me apretó el brazo.

—Desde que te embarazaste, todo es un problema. Eres de mala suerte.

Me bajé para soltarme. Cuando intenté alcanzar mi chamarra, donde estaban mi celular y mi cartera, cerró la puerta. Retrocedí para protegerme la panza.

—A ver quién te aguanta ahora.

Arrancó y me dejó descalza junto al tráfico.

La camioneta tenía 3 días de haber salido de la agencia. Yo había pagado los 786.000 pesos con parte de la herencia de mi abuela. Mauricio había elegido el color, los rines y hasta el aroma del interior. Después empezó a llamarla “mi camioneta”.

Aquella tarde regresábamos de comer con su mamá, Rebeca. La discusión había empezado cuando me negué a firmar unos documentos.

—Es para organizar lo de tu abuela antes de que nazca la niña —había dicho ella.

Le pedí leerlos con calma.

Mauricio me quitó el sobre.

—Nunca puedes confiar en mí.

Ahora entendía por qué había insistido en guardar mi bolsa atrás, lejos de mis manos.

Me puse los zapatos, aunque me lastimaban, y caminé unos metros hasta un espacio más ancho. Me dolía la espalda. Cuando el vientre se endureció, me apoyé en la barrera de metal y traté de respirar.

Una camioneta de reparto frenó adelante.

La conductora bajó sin apagar las intermitentes.

—¿Vienes sola?

Quise responder y me salió un sollozo.

Se llamaba Rosa. Me dio su chamarra, me ayudó a subir y llamó al 911 cuando le dije que sentía contracciones. Esperamos en una gasolinera cercana hasta que llegó la ambulancia.

En urgencias revisaron a mi hija y me dejaron en observación. La frecuencia cardiaca estaba bien. Las contracciones disminuyeron, pero yo seguía mirando la puerta.

Le pedí prestado un teléfono a una enfermera y llamé a mi hermana Julia.

Llegó con ropa, un cargador y esa cara que ponemos en mi familia cuando estamos haciendo fuerza para no gritar.

—¿Qué quieres que haga?

—Quédate conmigo.

No le pedí que buscara a Mauricio.

Había pasado meses disculpándolo. Si revisaba mis gastos, era porque estaba preocupado. Si contestaba por mí, era porque yo estaba cansada. Si decía que el embarazo me había vuelto insoportable, yo terminaba preguntándome si tendría razón.

Pero también había cosas que no encajaban.

Desde hacía 2 semanas repetía que yo olvidaba conversaciones que recordaba perfectamente. Y Rebeca había preguntado, frente a mí, quién manejaría mi dinero si después del parto “me daba una depresión”.

A las 10:40 llamé a mi número desde el teléfono de Julia.

Mauricio contestó.

—Ya apareció la desaparecida.

—Estoy en el hospital. Necesito mi celular y mis documentos.

—Primero dile a mi mamá que exageraste.

Julia activó el altavoz. Yo le hice una señal para que no interviniera.

—Me dejaste en la carretera.

—Te bajaste porque quisiste. Aprende a controlar tus ataques.

Colgó.

Esa noche llamé a la agencia. Pregunté cómo proteger la cuenta digital de la camioneta y dejé solicitado que no entregaran duplicados ni modificaran datos sin verificar mi identidad.

—Mañana vemos lo del divorcio —le dije—. Hoy necesito saber qué puede hacer con mis papeles.

Mi última llamada fue para Tomás, quien había administrado los inmuebles de mi abuela durante 20 años.

Al escuchar lo ocurrido, guardó silencio.

—Abril, ¿tú autorizaste a Mauricio para negociar la casa?

Sentí que el monitor sonaba más fuerte.

—No.

—Ayer recibí una solicitud de documentos. Me pareció raro y no entregué nada.

Me envió el correo a la cuenta que abrí en el teléfono de Julia.

Debajo de mi nombre había una firma que intentaba parecerse a la mía.

Sigue en la parte 2; esa firma era apenas el principio.

Parte 2

Amplié la imagen hasta que las letras se volvieron borrosas.

La solicitud pedía la escritura de mi casa, los comprobantes de rentas de un local heredado y el calendario de un pago pendiente de la sucesión.

Mi abuela había vendido una bodega antes de morir. La última exhibición, de 8 millones de pesos, debía entrar en mi cuenta dentro de 6 semanas. Mauricio conocía la fecha: la había anotado junto a la probable fecha de parto en el calendario del refrigerador.

Yo había creído que estaba emocionado por nuestra hija.

A las 8 llegó Andrea. Revisó el correo completo, no solamente la imagen, y le pidió a Tomás conservar el original con sus archivos adjuntos.

—Esto no le da derechos sobre tu casa —me explicó—. Necesitamos averiguar dónde más lo presentó.

Le entregué mis contraseñas bancarias para cambiarlas conmigo presente. Cancelé una tarjeta adicional que Mauricio usaba y revisamos movimientos. Mi cuenta seguía intacta.