Ese pequeño alivio me permitió desayunar.
Después pedí que quedara asentado en mi expediente cómo había llegado al hospital y qué me había hecho Mauricio. No quería que el único registro fueran mis lágrimas.
Rosa regresó antes del mediodía.
Traía pan para Julia y la memoria de la cámara de su vehículo.
—Graba todo el turno —dijo—. No sé cuánto sirva.
El video empezaba cuando ella se acercaba. Se distinguían la camioneta negra alejándose, mi figura junto a la barrera y la hora. No mostraba la discusión ni el momento en que me bajé.
Andrea lo vio completo.
—Conserva el archivo original. Y necesitamos tus datos como testigo.
Rosa aceptó.
Yo no tenía una prueba perfecta. Tenía varias cosas que, juntas, contaban lo ocurrido.
Al recuperar mi número en otra tarjeta SIM, entraron los mensajes de Mauricio.
“Deja de hacerte la víctima.”
“Tu teléfono te lo regreso cuando vengas.”
“Si cuentas otra versión, voy a enseñar cómo te pones.”
Guardé la conversación completa.
También encontré un mensaje de voz que Rebeca me había enviado 4 días antes:
—Hijita, firma la autorización. Con el parto encima, alguien tiene que poder decidir sin estarte molestando.
Hasta entonces yo solamente había escuchado el tono cariñoso.
Esa tarde, desde una computadora de Julia, entré a mi correo. Busqué “autorización”, “crédito” y el nombre de Mauricio.
Encontré una respuesta de una financiera que había pasado por alto entre mensajes de la sucesión. Me pedían confirmar una solicitud de financiamiento respaldada con información de mi inmueble.
Llamé al número publicado en su página, no al del correo.
Después de verificar mi identidad, me confirmaron que el trámite estaba detenido porque faltaba mi validación. Pedí por escrito que no continuaran y solicité copia de lo presentado a mi nombre.
No había un crédito aprobado. Había un intento.
Andrea me miró cuando colgué.
—Llegaste a tiempo para frenarlo.
Yo quería saber para qué necesitaba el dinero.
La respuesta apareció en un documento adjunto: Mauricio pretendía invertir en una distribuidora de materiales con un primo. Había ofrecido una aportación que no tenía.
Mi casa iba a convertirse en su solución.
Me dieron de alta al día siguiente. Me fui con Julia, sin anunciar dónde estaría.
Andrea solicitó medidas de protección y me acompañó a presentar la denuncia. Yo relaté también los episodios anteriores que había normalizado: los jaloneos, las amenazas y el control del dinero.
El trámite no terminó aquella mañana. Salí con copias, un número de expediente y citas pendientes.
La abogada de Mauricio llamó por la tarde. Quería acordar la devolución de mis pertenencias y discutir “el uso del vehículo familiar”.
Acepté una reunión en el despacho de Andrea, con ambas abogadas presentes.
Antes de salir, recibí un mensaje suyo:
“Mi mamá va a explicar quién eres realmente.”
Abrí la carpeta que había preparado.
Dentro llevaba algo que Rebeca me había mandado por error meses atrás.
La reunión sigue en la parte 3; llegué preparada para escucharlos.
Parte 3
Mauricio puso mi celular sobre la mesa como quien devuelve un objeto prestado.
Rebeca dejó mi chamarra encima. La cartera seguía en un bolsillo, pero faltaba una copia de mi identificación.
—Así venía —dijo, antes de que yo preguntara.
Andrea anotó lo que yo estaba recibiendo y lo que faltaba.
—También necesitamos las 2 llaves de la camioneta.
Mauricio soltó una risa seca.
—Primero vamos a aclarar por qué está diciendo que la abandoné.
Su abogada abrió una libreta.
—Mi cliente refiere que hubo una discusión y que usted descendió voluntariamente.
Tenía las manos frías, pero pude mantenerlas sobre la mesa.
—Me bajé porque me estaba apretando el brazo y había abierto mi puerta. Le pedí que esperara a una gasolinera. Arrancó con mi teléfono dentro.
—No fue así —dijo él.
Andrea mostró las fotografías del moretón que me habían tomado, mi constancia de atención y el reporte de auxilio.
Después reprodujo el video de Rosa.
Mauricio se acercó a la pantalla.
—Ahí no se ve nada.
—Se ve dónde estaba yo —respondí—. Y la persona que me recogió ya dio sus datos para declarar.
Su abogada le pidió que la dejara hablar.
—Estos hechos se revisarán por la vía correspondiente. Estamos aquí para acordar la entrega de bienes.
Rebeca sacó una hoja de su bolsa.
—Entonces hablemos de esto. Mi hijo también ha puesto dinero en esa casa.
Era una lista de pagos de pintura, cocina y jardinería. Algunos eran reales. Yo misma le había transferido el dinero para hacerlos.
—Si hay cantidades que reclamar, se revisarán con comprobantes —dijo Andrea—. Eso no lo autoriza a disponer del inmueble.
Mauricio se acomodó en la silla.
—Yo nunca intenté venderlo.
—Nadie ha dicho vender —le contesté.
Miró a su mamá.
Saqué la solicitud que Tomás había recibido y la respuesta de la financiera.