Esa noche recibí un mensaje de mi madre. “Necesitamos hablar.” Lo ignoré. Llegó otro. “Daniel, cometí un error.” Otro. “Por favor, escucha mi versión.” Miré la pantalla. Mi dedo estuvo a punto de responder. Pero entonces recordé a Clara parada en esa cocina improvisada, intentando no llorar para no preocuparme. Apagué el teléfono.

A la mañana siguiente, mi madre apareció en nuestra casa. No llamó. Simplemente tocó la puerta hasta que abrí. Estaba con los ojos rojos. —Daniel. Me quedé en silencio. —Déjame explicarte. —No hay mucho que explicar. Ella entró un paso. —Sí hay. —No —mi voz salió más fría de lo que esperaba—. Hay una cosa que quiero saber. Ella tragó saliva. —¿Qué? —¿Por qué? Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Porque pensé que solo necesitábamos arreglar la situación. —¿Arreglarla? —Tu padre estaba furioso. Vanessa estaba llorando. Me reí suavemente. —¿Vanessa estaba llorando? Mi madre bajó la mirada. —Ella dijo que si perdíamos el viaje sería humillante.

Ahí entendí algo. No estaban arrepentidos. Estaban preocupados por perder el beneficio. —¿Sabías lo que Vanessa hizo? Mi madre no respondió inmediatamente. Y ese silencio fue suficiente. —Dios mío. —Daniel… —Lo sabías. Ella comenzó a llorar. —Solo fue un momento de enojo. —Un momento de enojo puede lastimar a alguien. —Pero Clara está bien. La miré fijamente. —Ese no es el punto. Mi madre apretó sus manos. —Tu padre quiere hablar contigo. —No me interesa.

Antes de irse, se detuvo en la puerta. —Hay algo que debes saber. La miré. —¿Qué? Su rostro cambió. Ya no parecía culpable. Parecía preocupada. —Vanessa no fue la única persona que intentó modificar el viaje. Mi corazón se detuvo. —¿Qué significa eso? Mi madre abrió la boca. Pero antes de responder, su teléfono comenzó a sonar. Miró la pantalla. Y su rostro perdió todo color. —¿Quién es? —pregunté. Ella no contestó. Solo susurró: —Es imposible…

Le arrebaté la mirada al teléfono. El nombre que aparecía en la pantalla no pertenecía a nadie de mi familia. Era alguien que yo había dejado entrar a mi vida. Alguien que sabía demasiado.

Capítulo 5: La persona detrás del plan

Mi madre no contestó la llamada. Eso fue lo primero que me confirmó que algo estaba peor de lo que imaginaba. Ella miraba la pantalla como si hubiera visto un fantasma. —¿Quién es? —pregunté otra vez. Mi voz salió más fuerte. Ella bloqueó el teléfono. —Daniel, no aquí. Me quedé mirándola. —¿Por qué? —Porque no quiero causar más problemas. Solté una risa corta. —Los problemas ya están aquí. Mi madre cerró los ojos. —Necesito irme. —Claro.

Esa respuesta la hizo detenerse. Quizás esperaba que yo insistiera. Quizás esperaba que volviera a ser el hijo que siempre arreglaba todo. Pero ese hijo ya estaba cansado. Cuando se fue, cerré la puerta y me quedé unos segundos apoyado contra ella.

Clara apareció desde el pasillo. —¿Quién era? —No lo sé. Ella frunció el ceño. —Daniel. —Mi mamá sabe más de lo que me está diciendo. Clara se acercó. —¿Crees que ella está involucrada? Miré hacia el suelo. —Creo que no conozco a mi familia tanto como pensé.

Esa noche casi no dormí. Cada vez que cerraba los ojos veía a Clara empapada por el agua helada. Pero ahora había algo más. Una pregunta: ¿Quién más había querido robar ese viaje?

A las seis de la mañana recibí un correo. No era del concierge. Era del banco. Una alerta de seguridad. Abrí el mensaje: “Se detectó un intento de acceso a la cuenta asociada al paquete de viaje.”

Mi respiración cambió. Alguien no solo había intentado modificar las reservas. También había intentado entrar a mis cuentas. Revisé los detalles. El intento venía de una dirección conocida: una computadora registrada en mi antigua casa familiar. La misma casa donde mis padres vivían.

Tomé mi teléfono y llamé a mi padre. Contestó después de cuatro tonos. —Daniel —no sonaba enojado, sonaba cansado. —¿Tú intentaste entrar a mi cuenta? Silencio. Largo. Demasiado largo. —¿De qué estás hablando? —No juegues conmigo. —Yo no hice nada. —Entonces dime quién lo hizo. Escuché una respiración al otro lado. —Daniel… —Papá. Finalmente respondió: —Vanessa estaba desesperada.

Sentí que algo frío me recorría. —¿Qué significa eso? —Ella solo quería arreglar las cosas. —¿Intentó entrar a mi cuenta? —No exactamente. —¿Entonces? Mi padre no respondió. Y esa fue su respuesta. —Papá, ¿qué hicieron? Su voz bajó. —Tu hermana encontró algunos documentos tuyos. —¿Qué documentos? —Información del viaje.

Me quedé callado. Vanessa sabía detalles: fechas, hoteles, reservaciones. Pero no sabía lo más importante: el control estaba bajo mi cuenta. —¿Y mamá? Mi padre suspiró. —Ella solo ayudó.