Parte 1
—Pásame mi parte hoy, papá. No pienso esperar a que te mueras.
Mi hija golpeó la mesa y el café salpicó el mantel que su madre había bordado. Rodrigo, mi hijo menor, cerró la puerta de la cocina. Ninguno se quitó la chamarra.
Yo dejé la taza sobre el plato.
—¿Cuál parte, Lorena?
—La del rancho. Ya hablamos entre nosotros.
Tenía sesenta y ocho años y llevaba treinta y siete trabajando aquellas cuarenta y dos hectáreas cerca de San Juan del Río. Sembrábamos alfalfa y maíz forrajero; también manteníamos un pequeño hato lechero. No éramos ricos de camionetas nuevas cada año, pero pagábamos a tiempo y vivíamos sin pedir prestado.
Mi esposa, Inés, había muerto cuatro años antes. Sus ahorros se repartieron durante la sucesión. El terreno, que yo había heredado de mi padre, siempre había sido propiedad privada a mi nombre. Mis hijos conocían esa diferencia. Aun así, últimamente llamaban «nuestra herencia» a todo lo que veían.
No fui un padre que llegara a todos los festivales. Hubo cosechas en que Inés atendió sola las juntas de la escuela y cumpleaños donde me senté a cenar con la ropa del trabajo. Cuando Lorena me reclamó esas ausencias, años atrás, le di la razón. Todavía cargaba con ellas. Por eso me costó reconocer cuándo dejaron de pedirme tiempo y empezaron a usar aquella culpa para exigirme dinero.
Lorena dejó una carpeta frente a mí.
—Nada más necesitas firmar. Vendemos el potrero sur y nos adelantas algo. Tú sigues viviendo aquí.
No dijo dónde meteríamos las vacas ni cómo pagaríamos el siguiente ciclo sin aquel terreno de riego.
Rodrigo sacó otra hoja.
—También deberías dejarme las cuentas. El otro día casi pagas dos veces el fertilizante.
La factura duplicada la había enviado él desde el correo del rancho. Yo la detecté antes de pagarla. Cuando se lo señalé, respondió que confundía los archivos.
Ahora aquella equivocación servía para demostrar que el confundido era yo.
Dos semanas antes, una empleada del banco me había llamado por una solicitud que supuestamente llevaba mi firma. Rodrigo aseguró que era una actualización rutinaria. También había pedido fotografías de mi credencial «para el seguro de la camioneta».
Miré la carpeta sin abrirla.
—¿Por qué tanta prisa?
—Porque tú ya viviste —contestó Lorena—. Nosotros todavía tenemos cosas que hacer.
Le había pagado la universidad y, años después, parte de los gastos de su separación. A Rodrigo le cubrí una deuda del taller mecánico que abrió y cerró en dieciocho meses. Nunca les cobré aquellas ayudas. Tampoco imaginé que acabarían convertidas en anticipos insuficientes.
—Esto mantiene a siete familias, además de mí.
—Tus trabajadores no son tus hijos —dijo ella.
Rodrigo deslizó su hoja hasta mis manos. Era una nota de una consulta de medicina general: recomendaba revisar un episodio de mareo y estudiar posibles problemas de memoria si persistían los síntomas.
Había ido a esa consulta después de pasar una mañana trabajando sin desayunar. Rodrigo me acompañó y contestó varias preguntas antes de que pudiera abrir la boca.
—A lo mejor ya no estás para manejar dinero —dijo.
Doblé la nota por la misma marca.
—Ese médico pidió estudios. No dijo lo que tú estás diciendo.
Lorena buscó algo en su bolsa. Alcancé a ver una tarjeta de Sergio Olvera, un promotor inmobiliario que había comprado terrenos junto a la carretera. Un mes antes, Rodrigo me preguntó por dónde pasaba exactamente la tubería del potrero sur. Dijo que era curiosidad.
—¿Desde cuándo tratan con Olvera?
—Alguien tenía que buscar una solución —respondió ella.
Miré el reloj. La licenciada Teresa, mi abogada, había quedado de llegar a las doce con los documentos que yo le pedí revisar. Faltaban veinte minutos. Mis hijos se habían presentado antes, sin avisar.
Tres meses antes había empezado a ordenar mi retiro con ella. Mis hijos sabían que había trámites en marcha, aunque ninguno quiso sentarse a revisarlos conmigo.
—Si quieren hablar de firmas, van a esperar a Teresa.
Lorena abrió de golpe la carpeta para sacar el convenio. Debajo apareció una hoja engrapada con un plano que reconocí al instante: el lindero de mi potrero.
En el encabezado decía «Recibo de anticipo». Había dos firmas: las de mis hijos.
Y una cantidad: novecientos mil pesos.
La fecha era de tres semanas atrás.
Sigue leyendo: todavía faltaba saber qué habían prometido a cambio.
Parte 2
Puse dos dedos sobre el recibo antes de que Lorena pudiera esconderlo.
—Déjalo ahí.
—Es un asunto nuestro.
—Entonces explícame por qué tiene el plano de mi terreno.
Rodrigo se acercó a la mesa.
—No hagas un problema. El dinero se devuelve cuando se cierre la operación.
—¿Se devuelve o se descuenta?
No respondió.
Saqué el teléfono y fotografié la hoja. Lorena la jaló después, pero ya había alcanzado a leer la condición: debían conseguir mi autorización para vender en treinta días o devolver el anticipo.