Faltaban nueve.
Aquello explicaba la visita, las chamarras puestas y la carpeta preparada. No venían a discutir un futuro lejano. Habían gastado dinero respaldándose en una decisión que yo nunca tomé.
—¿Cuánto les queda?
—No te vamos a dar cuentas de todo —soltó Lorena.
Abrí el cajón del aparador y saqué mi propia carpeta. Durante dos semanas había querido encontrar una explicación menos dolorosa para lo que contenía.
La llamada del banco no había sido por una actualización. Alguien presentó una carta solicitando que Rodrigo pudiera dar instrucciones sobre la cuenta de operación. Incluía una firma que parecía mía y una copia de mi identificación.
La ejecutiva, Miriam, me llamó al número registrado para verificarla. Yo negué haber autorizado nada. El trámite quedó rechazado, y pedí por escrito copia de lo presentado y del folio de recepción.
No se había movido un peso. Eso no volvía inocente el intento.
Cuando Rodrigo me preguntó por aquella llamada, le dije que el banco había resuelto la actualización. Quería revisar primero los documentos sin advertirle qué estaba buscando.
Al día siguiente cambié las contraseñas del correo del rancho y retiré su acceso administrativo. Él llevaba meses ayudándome a digitalizar facturas. Desde entonces empezó a mandar mensajes diciendo que yo estaba «más desconfiado».
Imprimí uno y lo puse frente a él.
Antes de sacar conclusiones, llamé al contador. Revisamos juntos los movimientos del último trimestre y las facturas duplicadas. No encontró retiros extraños; encontró dos archivos con nombres distintos para la misma compra. Le pedí que dejara asentado lo que había revisado. No quería convertir una sospecha en acusación ni atribuirle a Rodrigo cualquier error del negocio.
Teresa insistió en conservar los archivos sin editarlos y separar lo comprobable de lo que yo suponía. También me hizo una pregunta incómoda: si alguna vez le había permitido firmar por mí. Nunca lo hice.
—Esto lo escribiste después de que te quité las contraseñas. No antes.
—Porque estabas actuando raro.
—Estaba cuidando mis cuentas.
También había revisado la carpeta de enviados del correo del negocio. Encontré un mensaje a Sergio con el asunto «Autorización para revisar». Llevaba adjunta la misma carta recibida por el banco. Teresa conservó el mensaje completo, con sus archivos originales. No demostraba por sí solo quién había imitado mi firma, pero sí que aquel documento circulaba entre ellos.
Debajo venía una respuesta del promotor: «Sin facultades acreditadas no hay venta. Resuelvan primero con su papá».
Les mostré la impresión.
Lorena buscó su teléfono. Rodrigo le sujetó la muñeca un instante.
—Ahorita no le marques.
Se soltó sin mirarlo.
Yo había ido también al consultorio. Pedí mi expediente y expliqué que mi hijo estaba usando la nota para afirmar que no podía decidir. El médico aclaró por escrito el alcance de aquella consulta y mantuvo su recomendación de valoración. Hice los estudios y acudí con una geriatra, sin mis hijos.
No necesitaba un certificado para merecer respeto. Necesitaba impedir que una recomendación incompleta circulara como algo que no era.
—Podemos pedir que te evalúen de otra manera —amenazó Rodrigo.
—Y yo puedo presentar los documentos completos.
Guardé las hojas. Me temblaban los dedos, así que apoyé ambas manos sobre la mesa hasta poder cerrar la carpeta.
En el patio sonó el motor de un coche. Teresa bajó acompañada de Miriam. La visita de la ejecutiva estaba acordada: yo había autorizado que explicara delante de mi abogada lo ocurrido con mi cuenta.
Rodrigo miró hacia la ventana.
—¿Qué hiciste, papá?
Antes de contestarle, vi que Lorena estaba escribiendo un mensaje: «Ya llegó la del banco. Trae el contrato completo».
Quédate para ver lo que pasó cuando pusimos todos los papeles sobre la mesa.
Parte 3
Abrí la puerta y dejé pasar a Teresa y a Miriam. Mis hijos seguían de pie. Lorena guardó el teléfono debajo de la carpeta.
—Quiero que estén presentes —les dije a las recién llegadas—. Y quiero que mis hijos escuchen sin interrumpir.
Teresa me preguntó si deseaba continuar en la cocina. Dije que sí. Aquella mesa era mía, y por primera vez desde que entraron sentí que podía sentarme en ella sin defender mi derecho a hacerlo.
Miriam colocó una copia de la solicitud rechazada junto a su folio.
—Esta carta no otorgó acceso a ninguna cuenta. Faltaban requisitos, y el titular negó haberla firmado durante nuestra verificación.
Rodrigo se encogió de hombros.
—Yo solamente quería ayudarlo con los pagos.
—¿Entonces por qué no me la enseñaste? —pregunté.
—Porque todo te molesta últimamente.
No discutí esa frase. Abrí mi carpeta por la página marcada y mostré el correo enviado a Sergio. Teresa puso al lado la impresión de su respuesta.
—Aquí no hablan de pagar fertilizante. Hablan de acreditar facultades para vender.
Lorena volteó hacia su hermano.
—Dijiste que ya habías arreglado eso.
Él la miró con tanta rabia que ella retrocedió medio paso.