Después acudimos a la fiscalía. Relaté el empujón sin suavizarlo y entregué las fotografías, los mensajes y el informe de urgencias. Berta dio sus datos para declarar. Solicité protección; no quería que Mauricio pudiera entrar otra vez en mi casita.
Me fui a dormir al departamento de Lucía. Antes de acostarme cambié mis contraseñas y cerré las sesiones de mi correo abiertas en otros dispositivos.
Al mediodía llegaron sus mensajes.
«Nos estás arruinando por una caída».
«Karina dice que necesitas que alguien administre tus cosas».
Los guardé completos, con fecha y número.
Lucía puso sobre la mesa mi contrato de fideicomiso.
El patrimonio, según el último corte, sumaba veintiún millones de pesos entre la propiedad y las inversiones. Yo recibía sus rendimientos y conservaba ciertas facultades expresamente reservadas. Mauricio no era dueño de nada: figuraba como beneficiario futuro, bajo condiciones.
Existía además una cláusula para suspender entregas extraordinarias si aparecían indicios documentados de coacción o fraude contra mí. La exclusión definitiva exigía un procedimiento; no bastaba mi enojo ni una llamada.
—Tenía previsto recibir tres millones cuando cumpliera cuarenta —me recordó Lucía—. Eso también queda sujeto a revisión.
Faltaban cinco meses para su cumpleaños.
Recordé sus prisas, la financiera impresa en el papel, las llamadas que interrumpía cuando yo entraba.
—Necesito saber qué presentó usando mi nombre.
La fiduciaria solicitó aclaraciones a la financiera. Yo autoricé que mi abogada recibiera la documentación que involucrara mis datos y mi propiedad. No podía exigir las cuentas privadas de Mauricio, pero sí desconocer una operación atribuida a mí.
Mientras esperábamos, llamé a Berta.
—¿Cuándo empezó Karina con lo de mis olvidos?
—Hace unos meses. Hasta me preguntó si yo declararía que te veía desorientada.
Le pedí que no discutiera con ellos y contara eso a la investigadora.
Yo misma busqué mis mensajes anteriores. Encontré uno de Mauricio preguntándome si recordaba haber autorizado unos trámites. Le había contestado que no. Él respondió: «Luego no digas que nadie te explicó».
La duda sobre mi memoria tenía fecha de inicio. Coincidía con el cajón abierto.
Lucía me explicó que repetir esa historia no les daba facultades para decidir por mí. Aun así, podían intentar usarla para presionarme o justificar contradicciones en sus trámites. Pedí a mi médica copia de mis consultas; ninguna registraba el deterioro que describían.
Dos días después llegó la respuesta de la financiera. Habían recibido copias de mi identificación y un resumen patrimonial. La aprobación dependía de que el banco fiduciario aceptara modificar el contrato y constituir la garantía. Sin eso, no desembolsarían.
Lucía me mostró el resumen. Reconocí una mancha de café en el margen: era una hoja que había guardado en mi cajón.
No se habían llevado los originales. Los habían fotografiado.
Para entonces ya estaban notificadas las medidas que impedían a Mauricio acercarse o comunicarse conmigo. Su abogado solicitó una reunión para discutir la ocupación y la solicitud bancaria. Acepté que se tratara por medio de nuestros representantes.
Al día siguiente acudí a la fiduciaria con Lucía; ellos participarían desde otra sala por videollamada, sin contacto conmigo.
Antes de iniciar, la funcionaria nos entregó un anexo recibido de la financiera. Era un correo de Mauricio al asesor:
«Si mi mamá se echa para atrás, mi esposa puede acreditar que lleva meses confundida».
Sigue leyendo: todavía faltaba escuchar su explicación.
Parte 3
Leí el correo dos veces. Después puse la hoja sobre la mesa para que no vieran cómo me temblaban las manos.
Mauricio apareció en la pantalla junto a su abogado. Karina se sentó un poco más lejos, con los brazos cruzados.
—Mi mamá está exagerando un asunto familiar —empezó él.
La funcionaria lo interrumpió.
—Esta reunión es sobre documentos y derechos de ocupación. La investigación corresponde a las autoridades.
Lucía colocó frente a la cámara mi copia de la carta.
—Amalia desconoce esta firma. La institución conserva el archivo recibido y los datos de su envío. Necesitamos que aclare su procedencia.
El abogado de Mauricio pidió una pausa. Mi hijo no lo escuchó.
—Ella me dio permiso de mover lo de la casa. Luego cambia de opinión.
—Nunca te di permiso de hipotecarla —respondí.
—No íbamos a perderla. Era un crédito puente.
—¿Y por eso necesitabas decir que yo estaba confundida?
Lucía mostró el correo. Mauricio se quedó inmóvil. Karina se inclinó hacia la pantalla para leerlo.
—Yo no mandé eso —dijo ella.
—Señora, su participación deberá aclararla con su propia asesoría —intervino Lucía.
No necesitábamos que alguno confesara. Ya teníamos una carta que yo desconocía, documentos tomados de mi cajón y una propuesta escrita para desacreditarme si no aceptaba.
La funcionaria explicó que el préstamo seguía sin autorización fiduciaria. También confirmó la suspensión de cualquier entrega extraordinaria a Mauricio mientras se revisaban las irregularidades.
Mi hijo soltó una risa seca.
—¿Van a retener veintiún millones porque se rompió una puerta?