Colgué antes de empezar a justificarme. Luego lloré en la cocina. Aún conservaba la taza que él me regaló de niño, con mi nombre mal escrito. No la rompí ni la tiré. La guardé porque no quería seguir encontrándola cada mañana.
Mauricio solicitó, por medio de su abogado, hacerme llegar una carta. Acepté recibirla.
Pedía perdón por haber perdido el control. Hablaba de proveedores, empleados y una obra que se había detenido. En la última página solicitaba que retirara las acciones y autorizara un adelanto para pagar sus compromisos.
Le respondí mediante Lucía:
«No voy a financiar tus deudas. La denuncia seguirá su curso. Cualquier reparación tendrá que empezar por aceptar lo que hiciste, sin pedirme dinero a cambio».
Aquella respuesta fue una decisión mía. No necesité atribuírsela a una prohibición de Rogelio ni esconderme detrás del banco.
Al revisar los papeles originales encontré las notas que habíamos hecho al constituir el fideicomiso. Rogelio había subrayado la cláusula que impedía que un beneficiario obtuviera ventajas mediante violencia o engaño contra mí.
Recordé su explicación: habíamos ayudado dos veces a Mauricio con negocios fallidos; la siguiente ayuda debía tener límites. Yo había aceptado. Conservarlos ahora también me correspondía.
Su cumpleaños pasó sin recibir los tres millones.
La suspensión continuó mientras se resolvía la controversia. Él la impugnó. Se celebraron audiencias, se revisaron documentos y ambas partes pudieron presentar sus argumentos.
Dieciséis meses después de aquella noche, cuando la sentencia que acreditó la agresión quedó firme, se hizo efectiva la cláusula de exclusión prevista en nuestro contrato. Mauricio perdió los beneficios futuros que todavía esperaba del fideicomiso.
La resolución penal incluyó reparación del daño y restricciones de acercamiento. Los gastos médicos, la rehabilitación y el tratamiento psicológico quedaron documentados; no se fijaron según lo enojada que yo estuviera.
La investigación por los documentos tuvo su propio curso. Nunca me prometieron resolver todos los expedientes al mismo tiempo. Aprendí a distinguir una medida de protección, una acusación y una sentencia.
Karina se separó de Mauricio meses antes de esa resolución. Sus declaraciones no la convirtieron en inocente por ayudar después; siguió respondiendo por los actos que se le atribuían. Yo no volví a hablar con ella.
La empresa de mi hijo cerró. Sus acreedores reclamaron contra él y contra la sociedad, según sus contratos. La garantía que había ofrecido nunca llegó a constituirse.
El fideicomiso conservó su patrimonio. Cambié las autorizaciones de acceso, los medios de identificación y el lugar donde guardaba mis documentos. La propiedad se vendió con intervención de la fiduciaria. Yo elegí un departamento pequeño, cerca de Berta y de un parque.
Los domingos aprendí a salir sin esperar una invitación. A veces desayunaba sola; otras, Berta llegaba con pan y hablábamos de cualquier cosa menos del expediente.
También retomé mis revisiones médicas y terminé la rehabilitación del hombro. Volví a manejar mi coche, el mismo de antes. Ya no lo estacionaba lejos para no incomodar a las visitas de nadie.
Hace poco recibí otra carta de Mauricio. Esta vez no pidió dinero ni mencionó el fideicomiso. Decía que trabajaba como supervisor y que estaba pagando parte de lo que debía.
La guardé sin contestar. Todavía no sé si algún día querré verlo. Por ahora puedo cerrar mi puerta, dejar las llaves sobre la mesa y dormir sin escuchar pasos que se acercan a mi recámara.
¿Tú le darías otra oportunidad a un hijo después de algo así?