Parte 1

—¡Pégale más fuerte, Mauricio! ¡Pero no le marques la cara! —susurró su madre mientras Daniela permanecía tirada sobre la alfombra de su propia sala, abrazándose las costillas para poder respirar.

Mauricio Alcázar sostenía el cinturón de cuero con una mano. Detrás de él, Teresa, su madre, observaba con una tranquilidad que resultaba más aterradora que los golpes. Daniela tenía el labio abierto y un sabor metálico en la boca, pero no lloró. Miró el reloj de latón sobre la chimenea. 7:16 p. m. Teresa se inclinó hacia ella.

—Puedes denunciar todo lo que quieras. Nadie va a creerte. Mauricio es respetado en toda Guadalajara y tú llevas meses comportándote como una loca. Daniela bajó la mirada para ocultar algo parecido a una sonrisa. Ellos habían olvidado un detalle. La pequeña cámara escondida dentro del detector de humo seguía transmitiendo.

Durante 6 años, Mauricio había sido ante los demás el esposo perfecto. Asistía a cenas benéficas, enviaba arreglos florales al despacho de Daniela y publicaba fotografías de aniversarios acompañadas de mensajes románticos. Dentro de casa era diferente. Primero comenzó preguntando con quién hablaba. Después revisaba sus mensajes. Más tarde decidió qué vestidos eran apropiados, cuánto podía tardar en regresar del trabajo y hasta qué familiares eran una “mala influencia”.

Teresa siempre lo justificaba. La primera vez que Mauricio empujó a Daniela contra una pared, su suegra aseguró que había sido un accidente. La segunda vez, Teresa estaba presente. En lugar de intervenir, subió el volumen de la televisión.

Al día siguiente fue ella misma quien llevó a Daniela a una clínica privada. Cuando la doctora preguntó qué había ocurrido, Teresa contestó antes que su nuera. Una caída.

Desde aquella noche, Daniela comenzó a guardar pruebas. Fotografías. Informes médicos. Fechas. Mensajes. Todo dentro de una cuenta digital que Mauricio desconocía. La situación se volvió mucho peor cuando murió el padre de Daniela. Don Roberto Salgado había fundado una empresa de restauración y construcción en Jalisco que trabajaba con hoteles, hospitales y edificios públicos. En su testamento dejó a su hija el 51 % de las acciones. Mauricio, que durante años había ocupado un puesto directivo dentro de la empresa familiar, esperaba quedarse con el control. Pero legalmente no podía hacerlo sin Daniela.

Entonces apareció un poder permanente. Si Daniela firmaba, Mauricio podría votar por ella, negociar contratos y administrar prácticamente toda la compañía. Ella estuvo a punto de hacerlo hasta que encontró algo extraño. 3 proveedores recibían pagos enormes por servicios que nadie podía demostrar. Investigando discretamente descubrió que las empresas estaban vinculadas a Teresa. Durante meses habían desviado dinero.

Aquella tarde, Mauricio dejó los documentos sobre la isla de mármol de la cocina. —Firma. Daniela leyó la última página y volvió a colocarla sobre la mesa. —No. —No compliques las cosas. —Están robando la empresa de mi padre. Mauricio dejó de sonreír. Fue exactamente la reacción que Daniela esperaba.

Horas antes había visitado en secreto a la detective Lena Ortiz, de la Fiscalía del Estado. Le entregó copias de facturas, transferencias, fotografías de lesiones y mensajes recuperados de una vieja computadora.

También explicó que Mauricio quería obligarla a firmar esa misma noche. Lena le pidió que no regresara sola. Daniela regresó de todos modos. Pero llevaba un pequeño botón de alerta oculto dentro de la manga. Además, un técnico había instalado días antes una cámara diminuta en el detector de humo. La grabación se enviaba directamente a un servidor externo.

A las 7:14, Mauricio cerró la puerta con llave. Teresa corrió las cortinas. Daniela presionó el botón 3 veces. Ahora, desde el piso, volvió a mirar el reloj. 7:17. Mauricio se agachó y puso el poder frente a ella. —Es tu última oportunidad. Daniela apartó el documento. —No voy a firmar. Teresa hizo un gesto impaciente. —Entonces haz que entienda. Mauricio levantó el cinturón. Pero antes de que pudiera acercarse otra vez, 3 golpes violentos hicieron temblar la puerta principal. Nadie respiró. Después se escuchó una voz firme desde el exterior. —¡Policía! ¡Señor Alcázar, abra la puerta!

Mauricio se quedó inmóvil. Teresa palideció. Y Daniela comprendió que, por primera vez en 6 años, eran ellos quienes tenían miedo.

Parte 2

Mauricio reaccionó primero. Arrastró a Daniela detrás del sofá y escondió el cinturón mientras Teresa recogía apresuradamente los pedazos de una lámpara rota. Cuando volvió a escucharse la orden policial, Mauricio abrió apenas unos centímetros y adoptó la expresión preocupada que utilizaba frente a clientes y empresarios.

Explicó que su esposa estaba sufriendo una crisis emocional, que había destruido objetos y que él y su madre solamente intentaban tranquilizarla. La detective Lena Ortiz le ordenó apartarse. Mauricio trató de cerrar, pero un agente bloqueó la puerta con el pie. Teresa apareció inmediatamente para respaldar la historia y aseguró que Daniela necesitaba atención psiquiátrica.