Parte 1
Cuando a Mariana le rompió la fuente sobre el piso de mármol, su padre todavía tenía un puño enredado en su cabello y trataba de arrastrarla fuera de la casa que su esposo muerto había dejado protegida para ella y para la hija que estaba a punto de nacer.

 

Ximena, la nueva esposa de su padre, observó el agua extenderse bajo el vestido de Mariana y soltó una risa nerviosa.

—Qué oportuno. Ahora sí vas a tener que irte antes de ensuciar también la sala.

Mariana no respondió. Apenas podía respirar.

3 semanas antes había enterrado a Sebastián Alcázar, su esposo de 36 años, después de que un choque en la carretera México-Querétaro terminara con su vida. Desde entonces, Mariana dormía poco, comía por obligación y recorría aquella casa de Juriquilla abrazada a una sudadera de Sebastián que todavía conservaba el olor de su loción.

Estaba embarazada de 8 meses. Y su padre sabía perfectamente lo vulnerable que estaba.

Ernesto Rivas había desaparecido de su vida cuando Mariana tenía 13 años. Durante años no hubo llamadas de cumpleaños, visitas ni apoyo. Sin embargo, 2 años antes había regresado hablando de arrepentimiento, segundas oportunidades y familia. También había llegado acompañado de Ximena, de 24 años, una mujer apenas unos años menor que Mariana.

Sebastián nunca confió del todo en ellos. Mariana sí quiso hacerlo. Hasta aquella tarde.

Cuando bajó al despacho encontró a Ernesto sentado en la silla de Sebastián revisando carpetas, mientras Ximena fotografiaba documentos con el celular.

—¿Qué están haciendo?

Ernesto levantó la mirada sin sobresaltarse.

—Poniendo orden. —¿Orden en qué? —En tu situación. Sebastián murió, tú estás embarazada y claramente no estás en condiciones de administrar propiedades, inversiones ni una empresa.

Mariana caminó hacia Ximena.

—Deja esos documentos donde estaban.

Ximena levantó una carpeta fuera de su alcance.

—Tu papá solo está evitando que cometas tonterías. —No tienen derecho a revisar nada.

Ernesto cerró lentamente una carpeta.

—Soy tu padre. —Eso no te convierte en dueño de mi vida.

La expresión de él cambió.

—Mientras Sebastián vivía podías darte el lujo de jugar a ser independiente. Ahora necesitas a alguien que sepa manejar dinero.

Mariana sintió un escalofrío. 2 días antes, Ernesto había insistido en que firmara una autorización “temporal” para representar sus intereses mientras nacía la bebé. Ella se había negado.

—¿Esto tiene que ver con los papeles que querías que firmara?

Ernesto se levantó.

—Los vas a firmar. —No. —No te estoy preguntando.

Mariana retrocedió.

—Salgan de mi casa.

Ximena soltó una carcajada.

—¿Tu casa? Sebastián pagó todo esto. —Precisamente. Y ustedes no tienen nada que hacer aquí.

Ernesto le sujetó el brazo. Mariana se liberó.

—No vuelvas a tocarme.

Fue entonces cuando él perdió el control. Le agarró el cabello y tiró con tanta fuerza que Mariana soltó un grito.

—¡Papá, suéltame! —Te advertí que no me desafiaras.

La arrastró por el vestíbulo mientras Ximena abría la puerta principal. Una pequeña maleta que habían preparado sin permiso ya estaba junto a la entrada. Mariana intentó protegerse el vientre.

—¡Estoy embarazada! —Entonces deja de resistirte.

Sus rodillas golpearon el suelo. Ximena empujó la maleta hacia afuera.

—Puedes irte con alguna amiga. Cuando aprendas a comportarte, quizá hablamos.

Ernesto cruzó el umbral arrastrando a Mariana. Entonces llegó la contracción. Brutal. Profunda.

Mariana se dobló. Un segundo después sintió el líquido caliente correr por sus piernas.

El rostro de Ernesto palideció. Ximena miró el suelo y se rio.

—No puede ser. De verdad está empezando el parto.

Mariana apoyó una mano sobre su vientre.

—Necesito un hospital.

Ernesto miró hacia la calle.

—Pide una ambulancia. —¿No vas a llevarme? —Primero quiero que quede claro que no vas a volver a entrar hasta que firmes.

Mariana levantó lentamente la cabeza. Algo dentro de ella se rompió, pero no fue miedo. Fue la última esperanza que todavía conservaba de recuperar al padre que nunca había tenido. Sin discutir, abrió su bolso.

Ximena cruzó los brazos.

—¿A quién vas a llamar? ¿A tu esposo?

Mariana marcó un número que sabía de memoria. Cuando escuchó la voz al otro lado, respiró profundamente.

—Beatriz, pasó exactamente lo que Sebastián temía.

Hubo un silencio. Después la voz de su suegra cambió por completo.

—¿Dónde estás? —En la entrada de la casa. Mi padre me echó. Y acaba de romperse la fuente.

Ernesto dio un paso hacia ella.

—¿Con quién hablas?

Mariana sostuvo su mirada.

—Con la persona que puede demostrar que ustedes acaban de intentar quedarse con algo que jamás les perteneció.

Y mientras Ximena dejaba de sonreír, Mariana añadió:

—También tiene las grabaciones.

Parte 2
La llamada duró menos de 1 minuto. Beatriz le ordenó que no firmara nada y que permaneciera junto a la entrada hasta que llegaran los paramédicos. Ernesto intentó arrebatarle el teléfono, pero Mariana retrocedió mientras otra contracción le atravesaba el abdomen.