—No compliques esto —dijo él—. Somos familia. —Familia no significa obediencia.

Ximena soltó una risa forzada.

—Tu suegra vive en Ciudad de México. ¿Qué crees que va a hacer desde allá?

Mariana no contestó. Sebastián sí había pensado en eso. 6 meses antes de morir había notado las preguntas de Ernesto: quién era propietario de la casa, cuánto valían las acciones de la empresa, si existía seguro de vida y quién podría firmar por Mariana durante el embarazo. Una noche, Sebastián le había dicho que su padre no estaba reconstruyendo una relación, sino estudiando sus finanzas. Mariana se molestó entonces. Sebastián no discutió. Se protegió.

La residencia estaba dentro de un fideicomiso familiar administrado con asesoría bancaria. Mariana tenía derecho de uso vitalicio y, tras la muerte de Sebastián, había quedado como principal beneficiaria y representante designada para determinadas decisiones corporativas relacionadas con las acciones que él poseía en Alcázar Laboratorios. Ernesto solo sabía que su yerno tenía dinero. No sabía cuánto poder legal había quedado en manos de Mariana.

8 minutos después apareció una ambulancia. Detrás entraron 2 camionetas. De una bajó Beatriz, que había estado en Querétaro por asuntos de la empresa. De la otra salió Rodrigo Castañeda, abogado de la familia, acompañado por 2 agentes municipales.

Ernesto palideció.

—Esto es un asunto privado.

Rodrigo miró el cabello desordenado de Mariana, sus rodillas lastimadas y la cámara de seguridad sobre la puerta.

—Dejó de ser privado cuando intentó expulsar por la fuerza a una mujer embarazada de una propiedad protegida por un fideicomiso.

Ximena señaló la casa.

—Nosotros vivimos aquí. —Tenían permiso como invitados —respondió Rodrigo—. Fue cancelado ayer.

Ernesto quedó inmóvil. Mariana había descubierto 48 horas antes que Ximena fotografiaba contratos y que Ernesto había presentado ante un prestamista una supuesta autorización electrónica de su hija. Sebastián había instalado un sistema que respaldaba las cámaras y los accesos digitales. Los técnicos encontraron el archivo manipulado. Mariana había pasado 2 noches enviando mensajes, audios y registros a Rodrigo mientras todos pensaban que permanecía encerrada llorando.

—¿Nos estabas vigilando? —preguntó Ximena. —No. Ustedes olvidaron que la casa sí lo hacía.

Rodrigo mostró una carpeta.

—También tenemos mensajes donde el señor Ernesto promete usar activos de Alcázar Laboratorios como garantía cuando obtenga control sobre la herencia.

Ernesto miró desesperado a Mariana.

—Soy tu padre. —Y yo soy tu hija, no una cuenta bancaria.

Otra contracción la hizo gritar. Los paramédicos la subieron a la camilla mientras los agentes se acercaban a Ernesto. Entonces Ximena cometió el error que terminó de destruir su alianza:

—¡Todo fue idea de él! ¡Él me dijo que, si conseguíamos que firmara, la casa sería nuestra!

Ernesto giró hacia ella horrorizado. Mariana, desde la camilla, comprendió que todavía faltaba descubrir cuánto habían planeado.

Parte 3
La hija de Mariana nació 6 horas después. Pesó poco más de 3 kilos y llegó llorando con tanta fuerza que Mariana comenzó a llorar también antes de que la enfermera pudiera colocarla sobre su pecho. La llamó Lucía Sofía Alcázar. Beatriz permaneció junto a ella, sosteniéndole la mano.

—Sebastián estaría orgulloso.

Mariana miró a la niña.

—Él dejó todo preparado. —Sí —respondió Beatriz—. Pero tú decidiste defenderte.

3 días después, Rodrigo llegó al hospital con noticias. Ernesto estaba siendo investigado por la agresión, por el intento de utilizar una autorización falsa y por las operaciones que había prometido realizar con bienes que no controlaba. Ximena, aterrada ante la posibilidad de enfrentar consecuencias junto con él, entregó sus mensajes. En ellos aparecía la verdadera dimensión del plan. Ernesto le había prometido la casa, viajes, dinero y una vida financiada con las participaciones de Sebastián. Repetía que Mariana estaba demasiado destruida por el duelo para revisar documentos y que, después del nacimiento, sería todavía más fácil convencerla de firmar.

Pero quedaba otro detalle. Durante años, Ernesto había mantenido una pequeña empresa de consultoría. Su cliente principal era precisamente Alcázar Laboratorios. Sebastián había aceptado contratarlo porque Mariana se lo había pedido cuando quiso darle otra oportunidad a su padre. Cerca del 80 % de los ingresos de aquella empresa dependían de ese contrato.

Rodrigo colocó un documento frente a Mariana.

—El comité puede revisar y rescindir el contrato por conflicto de interés, falsificación documental e intento de obtener beneficios indebidos.

Mariana observó a Lucía dormir. Durante años había confundido perdonar con seguir rescatando a Ernesto de las consecuencias de sus decisiones.

—Que revisen todo —dijo—. Y si corresponde terminarlo, que lo terminen.

No pidió venganza. No necesitó hacerlo. Las pruebas hablaron solas.

Semanas después, Alcázar Laboratorios canceló la relación comercial con la empresa de Ernesto. Varios clientes que dependían de su vínculo con los Alcázar también se retiraron. Los acreedores exigieron pagos. La oficina cerró. El automóvil que presumía fue devuelto a la financiera. Ximena abandonó la casa que rentaban antes de que comenzara la primera audiencia.