Julian siguió inmóvil, con la palma pegada a la mejilla. El dolor del golpe era insignificante comparado con el peso de aquellas palabras. Detrás de Cesario, Elsie respiraba a pequeños tirones y apretaba la tela del chaleco de su abuelo como si fuera la única cosa firme en toda la casa.
—Baja la mano —ordenó Cesario sin apartar los ojos de su hijo—. No volverás a tocarla mientras ella tenga miedo de ti.
Julian abrió la boca, pero Vanessa se adelantó.
—Esto es absurdo. La niña desobedeció, rompió una pieza de porcelana y después me desafió. Alguien tenía que enseñarle modales.
Cesario se volvió apenas. Su silencio obligó a Vanessa a retroceder un paso.
—¿La porcelana vale más que mi nieta?
—No he dicho eso.
—La golpeaste y él te dejó hacerlo. Eso es exactamente lo que habéis dicho, aunque no usarais palabras.
Elsie apoyó la frente contra la espalda de su abuelo. Cesario sintió cómo temblaba y suavizó la voz al preguntarle si podía caminar. Ella asintió. Él la condujo hasta un sillón junto a la ventana y se arrodilló ante ella, sin importarle que sus pantalones rozaran el suelo de piedra. Examinó la marca rojiza de su mejilla con cuidado.
—¿Te duele en algún otro sitio?
—No, abuelo.
—Necesito que me digas la verdad, aunque creas que alguien se enfadará. ¿Había ocurrido antes?
Elsie miró a Julian. Aquella mirada contenía una súplica que él reconoció demasiado tarde: no le pedía ayuda, sino permiso para hablar. Vanessa cruzó los brazos.
—No la interrogues. Está alterada y puede inventar cualquier cosa.
—Que responda ella —dijo Cesario.
La niña bajó los ojos.
—Vanessa me agarró fuerte otras veces. Y me encerró en el vestidor cuando venían visitas. Decía que yo estropeaba las cenas porque preguntaba por mamá.
Julian palideció.
—¿Qué vestidor?
—El de arriba. El que no tiene ventana.
—Eso fueron diez minutos —replicó Vanessa—. Estaba teniendo una rabieta.
Elsie negó despacio.
—Una vez fue hasta que se hizo de noche.
Julian buscó una mentira en Vanessa, pero encontró irritación, no sorpresa. Comprendió cuántas veces había elegido no preguntar porque hacerlo lo habría obligado a actuar. Cesario anunció que la doctora Inés revisaría a Elsie y que la niña dormiría junto a su habitación. Vanessa tomó el bolso para marcharse, pero Mateo ya había cerrado la verja. Cesario llamó también a la policía. Julian dejó claro que no iba a impedirlo.
Elsie levantó la cabeza.
—Abuelo, la taza no la rompí yo.
El salón quedó en silencio.
—La rompió Vanessa —continuó—. Estaba buscando algo en el escritorio de papá. Cuando entré, tiró la taza y dijo que contaría que había sido yo si hablaba.
Julian frunció el ceño.
—¿En mi escritorio?
Vanessa lo negó, pero Julian fue al despacho. El cajón inferior tenía una marca reciente y de él faltaba una carpeta azul con documentos de la herencia de Elsie y el testamento de su madre, Clara.
—¿Dónde está? —preguntó, volviéndose hacia Vanessa.
—No tengo idea.
Elsie señaló el bolso que ella sostenía contra el cuerpo.
—Lo dobló y lo metió ahí.
Vanessa corrió hacia el vestíbulo, pero Mateo bloqueó la puerta. Julian abrió el bolso que ella arrojó sobre una consola. Encontró la carpeta y un documento que, con una firma falsa, concedía a Vanessa el control del fideicomiso de Elsie después de la boda.
Julian sintió que la habitación se inclinaba.
—Has falsificado mi firma.
—Solo estaba protegiendo nuestro futuro.
—No existe ningún “nuestro” —dijo él.
Vanessa miró a Elsie con un odio desnudo. La niña se encogió detrás de Cesario. No había sido un mal día ni un error aislado: su miedo tenía historia.
Mientras Cesario llamaba a la policía, Julian intentó acercarse a su hija, pero ella retrocedió. Él se detuvo. Pedir perdón no le concedía derecho a acercarse.
—No voy a obligarte a venir conmigo —dijo—. Pero contaré toda la verdad, también la parte que me condena a mí.
Elsie no respondió. A lo lejos se oyó abrirse la verja y, poco después, el sonido de un vehículo entrando en la finca. Vanessa apretó los labios. Julian dejó la carpeta sobre el escritorio y esperó junto a la puerta, consciente de que aquella vez no podía esconderse detrás de nadie.
No era aún la policía, sino el coche de la doctora Inés. Entró con su maletín, comprendió la gravedad de la situación al ver a Elsie y pidió examinarla a solas con Cesario. Julian quiso acompañarlos, pero la niña se aferró a la mano de su abuelo. Él aceptó la decisión sin discutir.
Mientras esperaban, Vanessa caminó hasta la ventana.
—Todo esto puede arreglarse —murmuró—. Ese documento ni siquiera se presentó. No ha causado ningún daño.
—El daño está sentado en la habitación de al lado —contestó Julian.
—Tú también querías que dejara de comportarse como un bebé.