Parte 1
—Brindemos por mi hermano, que trabaja para que nosotros no tengamos que hacerlo.
Reconocí la voz de Diego antes de verlo. Llevaba 10 semanas fuera y acababa de entrar, sin avisar, a mi casa en Zapopan. Mi hermano levantó su copa. Mi mamá se rio desde el sillón. Yo todavía traía en el bolsillo el collar que había comprado para Mariana.
Había adelantado mi vuelo desde Monterrey después de que mi esposa me escribiera: «Necesito hablar contigo. Esta vez no lo dejes para después». Pensé que presentarme esa noche sería una buena sorpresa. Ahora me avergüenza admitirlo: hasta su urgencia la convertí en una oportunidad para quedar bien.
Tenía 36 años y 6 restaurantes. Durante 5 años había confundido crecer con no detenerme nunca. Mariana había estado conmigo desde el primer local, cuando vendimos su coche para pagar una campana extractora y mi mamá decía que servir comidas no era un negocio serio.
Mi papá, antes de morir, había escrito «mi socia favorita» detrás de una foto de Mariana en aquella cocina. Yo la guardaba en mi oficina. Mi mamá siempre decía que él había sido demasiado sentimental con ella.
Mariana había estudiado gastronomía. Todavía asesoraba fondas pequeñas y sabía calcular una receta mejor que cualquiera de mis gerentes. Sin embargo, yo había permitido que mi familia empezara a presentarla como una mujer que simplemente había tenido suerte de casarse conmigo. Nunca los corregí con la firmeza necesaria.
La casa estaba llena de desconocidos. Había músicos junto al jardín, botellas abiertas y una camioneta nueva frente a la cochera. No encontré a Mariana entre los invitados.
Subí a nuestra recámara. Su lado del clóset estaba casi vacío. Sobre la cómoda quedaba su carpeta azul del primer restaurante; faltaban sus zapatos.
Bajé con el estómago apretado.
Desde hacía meses, mi mamá administraba los gastos domésticos. Yo transfería 180.000 pesos mensuales a una cuenta mía que ella manejaba como autorizada. Había aceptado porque insistió en que Mariana necesitaba descansar. Después llegaron comentarios sobre sus supuestos olvidos y su mal carácter.
También llegaron señales que preferí resolver con dinero. Una factura por 96.000 pesos de atención médica domiciliaria. El despido de Teresa, nuestra trabajadora de confianza, supuestamente por jubilarse. Las videollamadas cada vez más breves.
Cuando Mariana me dijo que las cuentas no cuadraban, contesté desde un aeropuerto:
—Por favor, arréglalo con mi mamá. No puedo atender todo.
Recordé esas palabras mientras un mesero señalaba el pasillo de servicio.
—La señora está atrás. Su cuñada pidió que ayudara con las ollas.
Encontré a mi esposa frente a una tarja industrial. Tenía las mangas mojadas y los nudillos agrietados. Mi hermana Lorena estaba junto a ella, sosteniendo una copa.
—También las de abajo. No vas a dejarme todo para mañana.
Mariana apoyó una mano en el borde de la tarja. Parecía mareada.
—Necesito sentarme.
—Entonces termina. Bastante hacemos dejándote vivir aquí.
Entré antes de escuchar más.
Lorena dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.
—Andrés. No sabíamos que…
Aparté la llave del agua. Mariana me miró y después miró hacia la puerta, como calculando quién venía detrás de mí.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Mi hermana respondió por ella:
—Se ofreció. Siempre le ha gustado la cocina.
—No te pregunté a ti.
Mariana se quitó los guantes rotos. Yo quise abrazarla, pero levantó una mano.
—Primero necesito saber algo. ¿Tú pediste que me fuera al cuarto de servicio?
Sentí que el piso se movía.
—¿Qué? No.
Lorena intentó intervenir. Mariana siguió mirándome.
—¿Y pediste que firmara mi salida de la empresa?
Mi mamá apareció en el pasillo.
—Hijo, viene alterada desde hace días. Vamos a hablar tranquilos.
Mariana sacó de su bolsillo una hoja doblada. Era la primera página de una supuesta autorización mía. Ordenaba preparar la compra de sus participaciones y restringirle información mientras se negociaba su separación del negocio.
Abajo estaba mi firma.
La fecha correspondía a un día en que yo había estado en un quirófano de Monterrey, acompañando a un gerente accidentado.
Nunca había visto ese documento.
Sigue en la parte 2, porque aquella firma nos obligó a revisar mucho más que los gastos de la casa.
Parte 2
—Eso no lo firmé yo.
Mi mamá extendió la mano hacia la hoja. La guardé antes de que pudiera tocarla.
—Es un borrador —dijo—. Mauricio estaba ordenando papeles.
Mauricio, el esposo de Lorena, llevaba las compras de mantenimiento de los restaurantes. Yo mismo le había conseguido el puesto.
Mariana tomó su celular de una repisa.
—Me lo mandó por correo. Tengo el archivo completo.
Le pregunté si quería salir de ahí. Asintió, pero pidió llevarse primero su bolsa. La acompañé al cuarto de servicio. Su ropa ocupaba una cómoda pequeña; nuestra recámara había quedado disponible para visitas de mi mamá.
En el coche, sin familiares alrededor, Mariana me explicó lo ocurrido.