Había empezado cuando pidió comprobantes. Mi mamá le retiró la tarjeta adicional de la cuenta doméstica. Después despidió a Teresa y empezó a repartirle tareas: primero recibir proveedores, luego cocinar, después atender las reuniones.

—Podía irme —dijo—. Tenía mi trabajo de menús y a mi prima. Pero cada vez que reclamaba, tú me decías que cediera. Terminé creyendo que estorbaba en mi propia casa.

No pude defenderme.

—Hace 3 semanas decidí salir. Estoy reuniendo mis documentos. El jueves te escribí para decirte todo, también que estoy embarazada.

Me quedé mirando sus manos sobre la bolsa.

—¿Embarazada?

—12 semanas. Me enteré tarde. Quise decírtelo en la visita que cancelaste. Después llegó ese correo y ya no sabía qué conversación iba a tener contigo.

Quise poner mi mano sobre la suya. Esperé a que ella la acercara.

—No he pedido ninguna separación.

—Entonces necesito que esta vez hagas algo más que creerme un rato.

La llevé a una consulta. Revisaron sus manos y el mareo; salimos con indicaciones de cuidado y una cita de seguimiento. Dormimos en habitaciones separadas de un hotel, porque ella pidió espacio y yo finalmente escuché.

Desde ahí llamé a Adriana, la abogada externa de la empresa. Le envié el documento y pedí revisar únicamente las cuentas y registros a los que yo tenía acceso.

—Conserva los archivos originales —me indicó—. Mañana vemos los alcances. No prometas detenciones ni cancelaciones que todavía no puedes ordenar.

También contacté a la contadora. Solicitó al banco suspender las tarjetas adicionales vinculadas a mi cuenta, mediante el procedimiento correspondiente. Las cuentas personales de mis familiares quedaron fuera de mi alcance.

El domingo revisamos lo disponible en la oficina.

Mariana había guardado correos de Mauricio, fotografías de recibos y una relación de fechas. No tenía una investigación terminada. Tenía discrepancias concretas que nadie había querido revisar.

La factura médica de 96.000 pesos estaba pagada. Mariana nunca había recibido atención en casa. Llamamos al proveedor usando el número del comprobante: atendía un negocio de remodelaciones.

La contadora localizó otras facturas del mismo emisor. Varias correspondían a servicios que los gerentes negaron haber recibido.

Teresa aceptó hablar por teléfono. No se había jubilado. La habían despedido después de negarse a dejar sola a Mariana trabajando en una cena. Conservaba los mensajes donde Lorena le daba aquella instrucción.

Le pedí al gerente de cada restaurante que preservara órdenes de trabajo, correos y registros de mantenimiento. Después comparé las fechas con mi agenda y mis autorizaciones. Había aprobado presupuestos generales, pero varias facturas se habían cargado como reparaciones urgentes para evitar mi revisión. Mi confianza había sustituido controles que sí exigía a otros empleados.

Faltaba aclarar las participaciones.

Mariana colocó su carpeta azul sobre la mesa. Había firmado documentos cuando constituimos la empresa, antes de las expansiones. Yo recordaba su aportación, pero había delegado las reorganizaciones posteriores.

Adriana cotejó las copias con el libro de socios.

—Mariana conserva el 12%. No encuentro ninguna transmisión. Estos correos intentan conseguir que lo venda por una cantidad muy inferior a su valor.

La mujer que mi familia trataba como una mantenida seguía siendo socia del negocio que financiaba sus fiestas.

El lunes los cité en la oficina. Les pedí traer los originales de las autorizaciones y los comprobantes cuestionados.

Llegaron juntos. Mauricio llevaba una carpeta; mi mamá, el collar de diamantes de la fiesta.

Cuando Adriana puso la supuesta autorización frente a ellos, él cerró su carpeta.

—Antes de empezar, deberíamos hablar sin Mariana.

Quédate para la parte 3: esa vez, ella se quedó en la mesa.

Parte 3

—Mariana se queda —respondí—. Estamos hablando de sus participaciones y de su nombre.

Mi mamá ocupó la silla frente a mí. Lorena se sentó junto a Mauricio; Diego permaneció cerca de la puerta. Adriana explicó que documentaríamos la reunión y que podían pedir asesoría propia. Mauricio prefirió no responder preguntas jurídicas. Nadie lo obligó.

Yo abrí mi computadora.

—Antes de hablar de dinero, quiero saber por qué encontré a mi esposa lavando las ollas de su fiesta.

—Todos ayudamos en una casa —dijo mi mamá.

Mariana dejó sobre la mesa una impresión de sus mensajes.

—Aquí me dijiste que no bajara al comedor porque tus invitados no tenían por qué verme haciendo caras. Aquí me ordenaste cambiar de cuarto. ¿Cuál de esas cosas era ayudar?

Mi mamá miró las hojas sin tocarlas.

—No sabes lo difícil que fue convivir con ella, Andrés.

—Sí sé lo fácil que fue para mí creer lo que me convenía —contesté—. Eso terminó.

Lorena comenzó a llorar. Dijo que había tenido gastos, problemas con su matrimonio, ansiedad. Mariana esperó a que acabara.

—Puedes tener problemas y contratar menos fiestas. Lo que hiciste fue ponerme a trabajar para que nadie notara que ya no tenías personal suficiente.