Parte 1
—Firma. Sin mí, no tienes ni dónde caerte muerta.
Iván me empujó una carpeta contra el vientre. Yo tenía seis meses de embarazo y una mano ocupada con el vaso de agua que acababa de servirme.
Detrás de él, en la entrada de nuestra casa de Zapopan, estaba una mujer con vestido rojo y las llaves de una camioneta blanca.
—Y después le lavas el coche a Lorena —añadió—. Para que recuerdes cuál es tu lugar.
Dejé el vaso sobre la consola antes de que me temblara más la mano.
—¿La metiste a nuestra casa?
—A mi casa, Renata. Y no empieces con tus escenas.
Marta, que nos ayudaba con la limpieza, apareció junto al comedor. Iván le ordenó que se fuera a la cocina.
Lorena dejó una esponja amarilla sobre la carpeta.
—Nada más quítale el polvo. Tenemos una cena.
Reconocí el collar que llevaba: dos semanas antes había encontrado su estuche en la guantera de Iván. Él me había dicho que era un regalo para una clienta importante.
Ahora entendía por qué había cambiado la contraseña de su teléfono y por qué hablaba de su próximo ascenso incluso dormido.
Abrí la carpeta. Era una propuesta de convenio de divorcio, todavía sin presentar ante ningún juzgado. Había espacios para mi firma al pie de cada hoja.
Iván llevaba tres años casado conmigo y había escrito mal mi segundo apellido.
—Quiero que salgas mañana. Te puedes llevar tu ropa.
—¿Y nuestro hijo?
Se acomodó el reloj.
—Si te portas bien, hablamos de cuánto te voy a dar.
Busqué una silla con la mirada. No porque fuera a desmayarme, sino porque necesitaba sentarme para leer sin que él siguiera encima de mí.
—Primero voy a revisar esto.
Me quitó la silla con el pie.
—Primero, el coche.
Durante meses había confundido sus desplantes con presión laboral. Dirigía Grupo Estiba, una empresa de almacenaje y distribución con oficinas en Guadalajara. Se presentaba como el hombre que la había levantado, aunque sus bodegas funcionaban desde antes de que lo contrataran.
Yo hacía consultoría financiera desde casa. Él llamaba a mis entregas «tus pendientes» y al dinero que recibía de una herencia, «la ayuda de tu familia».
Había dejado de discutirle cada palabra. Esa tarde entendí cuánto le había facilitado las cosas.
La semana anterior me había pedido documentos de mis inversiones para «actualizar el seguro familiar». Cuando le pregunté cuáles necesitaba, guardó su computadora y cambió de tema.
El martes había hecho algo todavía más raro: me pidió convencer a mi tía Beatriz de cancelar una revisión de proveedores. Ella presidía el consejo de Estiba.
—Los contadores están buscando problemas donde no hay —dijo entonces.
Yo ya sabía que sí los había. Beatriz me había enviado un primer aviso sobre pagos sin justificar. Todavía no teníamos el informe completo.
Recogí la esponja y caminé hacia la cochera. Quería alejarme de Iván, recuperar mi teléfono del bolso y salir de ahí sin forcejeos.
Lorena levantó el suyo para grabar.
—Sonríe. No todos los días te toca lavar una camioneta así.
Iván se rio detrás de ella.
Dejé la esponja en el cofre, sin tocar la llave del agua. La unidad tenía una calcomanía del estacionamiento corporativo. También una etiqueta interior con un número de inventario.
Le tomé una fotografía a las placas mientras fingía revisar mi teléfono.
Después mandé dos mensajes: uno a mi tía para pedirle que me recogiera; otro a Daniela Ortega, la abogada de la empresa, con la foto adjunta.
—¿Ya estás pidiendo dinero? —preguntó Iván.
—Estoy pidiendo que vengan por mí.
Diez minutos después, mientras guardaba mis identificaciones y la carpeta, llegó la respuesta de Daniela.
«La camioneta es de Estiba. Se pagó como vehículo de reparto. Tenemos que hablar antes de la sesión de mañana».
Miré a Iván posar junto a Lorena para otra grabación.
Me estaba expulsando de una casa rentada con su sueldo y regalando bienes de una empresa que yo controlaba desde antes de conocerlo.
Sigue leyendo; esa noche apenas empezaba.
Parte 2
Mi tía llegó sin chofer ni escoltas. Bajó de su coche, tomó mi maleta y esperó a que me abrochara el cinturón.
Iván salió detrás de mí.
—Convéncela de que firme, Beatriz. No quiero complicaciones.
Ella no contestó. Arrancó cuando comprobó que yo había cerrado la puerta.
En su departamento dejé la carpeta junto a un plato de quesadillas que no pude terminar. Daniela llegó una hora después con el contador responsable de la revisión.
Antes de abrir sus computadoras, mi tía me hizo una pregunta:
—¿Quieres que te explique todo esta noche o prefieres descansar?
—Quiero saber cuánto falta y quién lo autorizó.
Mi mamá había fundado Inversiones del Roble, la sociedad propietaria del setenta y uno por ciento de Grupo Estiba. Cuando murió, cinco años atrás, heredé su participación de control en esa sociedad.