Beatriz había seguido representándola en las reuniones. Yo trabajaba en otra empresa y conservé esa organización después de casarme.

Iván conocía el nombre de la accionista mayoritaria. Nunca había preguntado quién estaba detrás. Le había explicado que tenía inversiones familiares; decidió que eran unos ahorros administrados por mi tía.

No existía una identidad secreta ni documentos escondidos. Había un poder de representación y un marido que me interrumpía cada vez que yo intentaba hablar de mi trabajo.

También había una decisión mía que ahora lamentaba: aceptar esa distancia para evitar discusiones.

El contador, Julián, extendió ocho facturas.

—Tres millones cuarenta mil pesos por rediseño de rutas. Además, la camioneta: un millón ciento sesenta mil.

Las facturas eran reales. Lo que no aparecía eran los servicios.

—¿Cómo llegaron hasta esto?

Una supervisora había detectado que dos informes del proveedor repetían páginas de un estudio elaborado por empleados de Estiba el año anterior. Lo reportó por el canal de auditoría tres semanas atrás.

Beatriz autorizó la revisión. Yo recibí el aviso inicial días después, cuando encontraron operaciones aprobadas por Iván.

—No bastaba con que el proveedor fuera malo —aclaró Daniela—. Había que comprobar qué se pagó y qué se recibió.

Julián mostró contratos, comprobantes bancarios de la empresa y archivos conservados en sus servidores. Las ocho autorizaciones llevaban la firma electrónica interna de mi esposo.

El proveedor se llamaba Servicios Arce.

Reconocí el nombre del sobre que Iván me había pedido llevarle a su primo Octavio meses antes.

—El expediente corporativo confirma que Octavio es socio y administrador —dijo Daniela—. Iván declaró por escrito que no tenía parentesco con el proveedor.

Revisé las fechas. Dos pagos coincidían con fines de semana que supuestamente había pasado renegociando contratos.

La camioneta estaba facturada a Estiba. Lorena no figuraba como empleada ni tenía autorización de uso.

Pedí que conservaran los respaldos completos y revisaran las operaciones pendientes, sin detener pagos de nómina ni entregas.

—Hay otro anticipo de Arce programado para mañana —señaló Julián—. Está retenido por falta de documentación.

Así entendí su urgencia por cancelar la revisión.

Mi teléfono vibró. Una conocida me había reenviado un video que Iván publicó en un grupo de clientes: yo junto a la camioneta, la esponja sobre el cofre.

«Algunas necesitan recordar quién paga todo», escribió.

Guardé el archivo y la conversación completa. Después fotografié cada página del convenio, incluida la cláusula donde pretendía que yo renunciara a reclamar cualquier daño patrimonial.

Daniela me consiguió una cita con Silvia, una abogada familiar independiente. No firmé nada.

Silvia habló conmigo por teléfono. Me explicó que aquel papel no disolvía el matrimonio y que Iván no podía condicionar los alimentos de nuestro hijo a mi obediencia. Me pidió el acta matrimonial y las capitulaciones: nos habíamos casado por separación de bienes.

Dormí tres horas.

A las ocho llegué a Estiba con los documentos de mi herencia y el poder para representar a Del Roble. La sesión del consejo estaba convocada desde la semana anterior.

Mi tía me había invitado formalmente a presentar el informe.

Desde la sala contigua escuché entrar a Iván.

—Antes de los números, quiero anunciarles que voy a divorciarme. Ya me quité un problema de encima.

Dejé mi carpeta sobre el brazo y empujé la puerta.

No te vayas; faltaba que levantara la vista.

Parte 3

Iván estaba sentado frente a mi tía. Lorena ocupaba una silla junto a la pared, con una carpeta de publicidad sobre las piernas.

Al verme, él hizo un gesto de fastidio.

—Ahorita no, Renata. Estamos trabajando.

Daniela cerró la puerta.

—La señora Ibarra Solís asiste como representante de Inversiones del Roble. Su documentación ya fue revisada.

Dejé mi bolso junto a la silla que me habían reservado. Iván miró a Beatriz, esperando una explicación que le permitiera seguir sonriendo.

—Mi hermana le heredó el control de Del Roble —dijo ella—. Renata representa a nuestra accionista mayoritaria.

Él se quedó con la boca entreabierta.

—Tú me dijiste que tu mamá te dejó unas inversiones.

—Y tú me dijiste que no te aburriera con esos temas.

Daniela puso frente a él las constancias correspondientes. Iván hojeó dos páginas y volvió a la primera.

—¿Por qué nunca me lo dijiste así?

—Podemos hablar de nuestro matrimonio con nuestros abogados. Aquí vamos a revisar tu gestión.

Lorena se levantó.

—Creo que yo mejor espero afuera.

—Así tendrá que ser —respondió Beatriz—. Esta sesión no es abierta a invitados personales.

Una asistente la acompañó a recepción. Nadie la retuvo ni le quitó el teléfono.

Los tres integrantes del consejo estaban presentes. Yo podía exponer la información y solicitar medidas; la decisión sobre el cargo de Iván les correspondía a ellos.

Julián conectó su computadora y empezó con la primera factura.

Iván ni siquiera la miró.

—Esto es una venganza porque quiero dejarla.