Parte 1

Mi cuñada le vació la copa de vino a mi mamá y luego sacudió las últimas gotas sobre la camisa de mi papá.

—Para que aprendan a no venir vestidos como si esto fuera una fonda.

Mi suegra soltó una carcajada. Mi esposo también.

Yo dejé el tenedor junto al plato. Eran las nueve.

—Tienes cinco minutos, Mauricio. Pídele una disculpa a mis papás y deja claro que no vas a permitir esto.

—Siéntate, Renata. No hagas una escena.

—Cinco minutos. Si vuelves a justificarla, mañana empiezo los trámites del divorcio.

Él miró alrededor, buscando cómplices.

—¿Y con qué vas a mantenerte? No duras ni una semana fuera de mi casa.

Mi mamá seguía sentada. Tenía vino en el cabello y sujetaba la servilleta contra el pecho para evitar que escurriera al vestido. Mi papá se quitó los lentes. No le temblaban las manos cuando reparaba motores, pero esa noche no conseguía limpiar los cristales.

Habían llegado desde Celaya para acompañarnos a una cena en casa de mis suegros, en Querétaro. Celebrábamos la supuesta expansión de Distribuciones Alcázar, la empresa familiar que Mauricio dirigía.

Digo supuesta porque yo ya había visto números que no correspondían con aquellos brindis.

Llevábamos cuatro años casados, bajo separación de bienes. Cuando nos conocimos, yo evaluaba proyectos de inversión para empresas pequeñas. Él contaba que algún día llevaría el negocio de su papá a todo el Bajío.

Durante el noviazgo me escuchaba. Después empezó a presentarme como «mi esposa, que antes trabajaba con contadores».

Yo seguía trabajando. Sólo que mis reuniones no tenían fotógrafo ni terminaban publicadas en redes.

Mi mamá había sido bibliotecaria de una secundaria; mi papá seguía atendiendo su taller. Ella había elegido aquel vestido porque yo le dije que sería una cena especial. Antes de salir del hotel me mandó una foto y preguntó si estaba bien así. Le contesté que se veía preciosa. Ahora tenía la tela pegada al cuerpo y no levantaba la mirada.

Mi abuela me había dejado dos locales y una cartera de inversiones antes de mi matrimonio. Con el tiempo vendí los locales y concentré mi patrimonio en una sociedad llamada Inversiones Mezquite.

Mauricio sabía de la herencia. Nunca preguntó cuánto era. Su mamá decía que, si mis padres seguían viviendo frente a un taller, seguramente mi abuela no había dejado gran cosa.

Aquella noche mi cuñada Lorena llevaba una pulsera nueva que había mostrado tres veces durante la cena. También había mencionado una camioneta recién salida de agencia.

Me llamó la atención porque, una semana antes, la empresa había solicitado aplazar el pago de una banda transportadora por falta de liquidez.

La segunda señal fue una frase de mi suegro, Esteban.

—El lunes entra el dinero y firmamos lo de la bodega. Ya está arreglado con Mezquite.

Yo levanté la vista.

No había autorizado ningún financiamiento nuevo.

Mauricio cambió de tema y pidió abrir otra botella.

Mi papá, que no sabía nada de esas operaciones, preguntó si necesitaban técnicos para las nuevas instalaciones. Quería recomendar a un antiguo compañero.

Lorena torció la boca.

—Primero tendría que aprender a entrar por la puerta de servicio.

—Mi papá preguntó por un empleo, no por un favor —le dije.

—Ay, ya vas a empezar. Todo te ofende.

Mi mamá apoyó una mano en mi brazo.

—Déjala, hija. Mejor nos vamos temprano.

Fue entonces cuando Lorena se levantó con la copa. Vi cómo inclinaba la muñeca sobre la cabeza de mi mamá. No tropezó. No chocó con nadie.

Después llegó la risa de Mauricio.

Ahora él consultaba su reloj, todavía divertido.
—Ya pasó un minuto. ¿Vas a llamar a tu papá para que te dé trabajo en el taller?

Saqué el teléfono y marqué a la abogada que llevaba semanas revisando las cuentas conmigo.

—Adriana, entrega hoy las notificaciones. No esperamos al lunes.

Mauricio dejó de mover la copa.

—¿Cuáles notificaciones?

Mi suegro me observó por primera vez sin esa sonrisa condescendiente.

Yo abrí el expediente digital y puse sobre la mesa la primera página del acta de inversión: Inversiones Mezquite era dueña del sesenta y cinco por ciento de Distribuciones Alcázar.

Luego deslicé hasta la constancia que identificaba a su única accionista.

Mi nombre apareció completo en la pantalla.

Quédate, porque esa noche todavía faltaba abrir otra carpeta.

Parte 2

Esteban acercó la cara al teléfono.

—Tú eras la representante. El dinero venía de otros inversionistas.

—Eso supusiste. Yo nunca te lo dije.

Tres años antes, su empresa estaba a punto de perder dos contratos por falta de inventario. Me pidió que buscara capital. Yo estudié los pedidos, revisé las deudas y decidí invertir mediante Mezquite.

No fue un regalo: la sociedad adquirió acciones mediante un aumento de capital, con documentos formalizados y asesoría para ambas partes. Esteban conservó el resto; Mauricio siguió al frente de la operación.