Me habían visto firmar por Mezquite. Habían recibido informes donde aparecía como representante. Ninguno se tomó la molestia de averiguar si, además, yo era la propietaria.
A Mauricio le había dicho que parte de mi herencia estaba invertida ahí. Me respondió que qué bueno que «mis ahorritos» también rindieran.
Nunca lo corregí. Durante mucho tiempo preferí esa comodidad a discutir lo que pensaba de mí.
—Nos engañaste —dijo ahora.
—Tú dejaste de escucharme cuando creíste que ya no necesitabas hacerlo.
Mi mamá se puso de pie. La acompañé al baño de visitas y le ayudé a quitarse el vino del cuello. Le ofrecí mi saco.
—No tienes que quedarte para defendernos —me dijo.
—Tampoco tienes que esperar aquí. Papá y tú deciden.
Quiso irse a su hotel. Pedí al conductor que había contratado para ellos que acercara el coche. Antes de salir, mi papá me apretó el hombro.
—Haz lo que tengas que hacer. Pero no por orgullo nuestro.
Los vi subir y esperé a que cerraran las puertas.
Cuando regresé al comedor, Mauricio hablaba por teléfono junto a la ventana. Lorena estaba escribiendo mensajes debajo de la mesa.
Seis semanas antes, yo había detectado pagos repetidos a Loma Servicios, una proveedora nueva. Lorena decía que trabajaba en promoción comercial; jamás la había visto presentar una campaña.
Solicité los contratos mediante el área contable, como hacía con cualquier gasto relevante. Recibí facturas por estudios de mercado y asesorías, pero los entregables eran archivos de pocas páginas, sin fechas ni responsables.
Una factura mencionaba una feria industrial a la que la empresa ni siquiera había asistido.
Pregunté a Mauricio. Me respondió con una fotografía de nuestra sala.
«Ocúpate de escoger las cortinas. De proveedores me encargo yo».
No discutí por mensaje. Pedí una revisión independiente.
El consejo tenía tres integrantes: Esteban, yo y una consejera externa propuesta por Mezquite. Esa mañana, tras revisar hallazgos preliminares, dos votos habían aprobado medidas preventivas y una sesión para revisar la dirección general.
Adriana preparaba la entrega formal para el lunes. No necesitaba permiso de mi esposo para adelantarla.
A las nueve y cinco, su teléfono vibró.
Leyó el aviso del consejo: debía conservar documentos y abstenerse de ordenar pagos extraordinarios mientras tesorería verificaba las operaciones observadas.
No había cuentas mágicamente congeladas. Había una instrucción interna, respaldada por un acuerdo, que la responsable de tesorería acababa de confirmar por escrito.
Los cinco minutos habían terminado.
—Estás haciendo esto por una copa de vino —dijo.
—La copa me hizo dejar de aplazar una conversación. Los estados de cuenta hicieron lo demás.
Adriana me avisó que salía del hotel cercano donde revisaba el informe con la contadora. Tardaría unos veinte minutos.
Entonces abrí la última actualización del expediente.
Habían localizado un contrato de préstamo destinado a financiar la bodega. Como anexo llevaba una supuesta autorización de Mezquite, con una reproducción de mi firma.
El desembolso estaba programado para el lunes.
Llamé a la responsable contable. Le pedí que conservara el correo original con sus anexos y registrara cuándo lo había recibido. Me confirmó que había solicitado el expediente esa tarde porque no encontraba el acuerdo correspondiente. Por eso Verónica acababa de incorporarlo a la revisión.
Le pedí a Adriana que incluyera ese documento y solicité que el acreedor verificara la autorización antes de entregar recursos.
Mauricio vio mi expresión.
—Eso no lo puedes tocar —dijo, señalando la pantalla.
Esperamos mientras Esteban hablaba con su hijo en voz baja. Yo anoté las preguntas que necesitaba hacer sin dejarme arrastrar por sus reproches. Unos veinte minutos después de la llamada, sonó el timbre.
Sigue leyendo: faltaba saber quién había puesto mi firma ahí.
Parte 3
Abrí antes de que la empleada cruzara el recibidor. Entraron Adriana y Verónica, la contadora externa. Les pedí que pasaran al despacho; no quería discutir estados de cuenta frente a la gente que estaba levantando la cena.
Mauricio nos siguió. Lorena entró detrás de él y mi suegra se quedó junto a Esteban, apretándole el brazo.
Adriana puso dos carpetas sobre el escritorio.
—Primero hay que separar las operaciones de la empresa de lo que pasó esta noche. Las medidas del consejo se basan en documentos anteriores a la cena.
Mauricio soltó una risa seca.
—Muy conveniente.
Verónica abrió su computadora y mostró la relación de transferencias. Eran dos millones setecientos cuarenta mil pesos enviados a Loma Servicios durante siete meses.
—Hay facturas timbradas —dijo Lorena—. No se pueden inventar que el trabajo no existe.
—Las facturas acreditan que se facturó —respondió Verónica—. Estamos pidiendo evidencia de los servicios.
Mostró las solicitudes enviadas al correo de la proveedora y sus respuestas. Tres informes contenían las mismas tablas, con distinto logotipo. Uno incluía datos de una empresa española copiados sin adaptar; los teléfonos conservaban la clave internacional.
Lorena cruzó los brazos.
—Subcontraté. Si hicieron algo mal, reclamaré.