—Necesitamos los contratos, los pagos y los nombres de esas personas —le dije—. Ya se solicitaron dos veces.
Esteban pasó las hojas hasta encontrar la razón social.
—¿Esta empresa es tuya?
Lorena miró a su hermano antes de contestar.
—Sí. Mauricio sabía.
La constancia corporativa obtenida durante la revisión mostraba que ella era la administradora y accionista principal. No era una conclusión sacada de su pulsera ni de su camioneta.
Aun así, el gasto personal había encendido una alarma mientras en la distribuidora faltaba dinero para equipo indispensable.
—Yo autoricé asesorías —dijo Mauricio—. Aquí todo lo tengo que hacer yo. Ustedes nunca están cuando hay que vender.
Verónica cambió de documento: abrió los correos de autorización conservados por contabilidad. Mauricio había ordenado fraccionar dos pagos para no someterlos al consejo, como exigían las reglas internas por encima de cierto monto.
«Mételos en dos exhibiciones; no necesitamos otra semana de preguntas», decía uno.
Le reconocí la manera de escribir. Esa misma impaciencia aparecía cada vez que yo pedía una explicación.
—Podrás presentar tus argumentos en la sesión —dijo Adriana—. Hoy queda constancia de que recibiste estos requerimientos.
Él apartó la copia que le ofrecía.
—No firmo nada.
—Puedes recibirla sin estar de acuerdo. También se envió a tu correo corporativo.
Entonces saqué la impresión del préstamo.
—Ahora explícame esto.
Esteban alargó la mano. Leyó la primera página y frunció el ceño.
—Es para la bodega. El vendedor no iba a esperarnos eternamente.
El proyecto de ampliación sí existía. Lo que no existía era una autorización para financiarlo en esos términos.
El préstamo cargaba intereses mucho más altos que el crédito que el consejo había evaluado. Además, parte del dinero debía enviarse a Loma Servicios como supuesto anticipo para adaptar las instalaciones.
No había presupuesto de obra ni contrato con una constructora.
—Lorena conoce gente que puede hacerlo —dijo Mauricio.
—Entonces debieron presentar las propuestas —respondí—. No usar una firma mía.
Adriana colocó juntas la autorización anexada al préstamo y una carta auténtica que yo había firmado meses antes para actualizar datos de la sociedad.
Mi firma estaba en ambas. En la segunda conservaba incluso una pequeña marca del escaneo original.
—Esto requiere un análisis pericial si se controvierte —aclaró—. Por ahora, Renata niega haber firmado o autorizado este documento y ya lo informó al acreedor.
No prometió cárcel inmediata ni declaró resuelto un delito en aquel despacho. Había que preservar archivos, identificar quién los envió y presentar las acciones correspondientes.
Pero no necesitábamos esperar una sentencia para avisar que mi autorización era falsa.
Verónica mostró el correo con el que la financiera había remitido el expediente a la responsable contable para validar la cuenta de desembolso. De ahí provenía el contrato que acabábamos de recibir.
En la cadena anterior aparecía Mauricio enviando el anexo desde su cuenta de trabajo.
—Te dije que necesitábamos movernos rápido —me reclamó.
—Me hablaste de conseguir cotizaciones. No de firmar por mí.
—Si te preguntaba, ibas a empezar con tus condiciones.
No respondió quién había manipulado el archivo. Tampoco hacía falta arrancarle una confesión: su envío estaba documentado y los equipos debían revisarse por la vía adecuada.
Esteban dejó caer las hojas.
—¿Comprometiste también la participación de Mezquite?
—La firma no daba garantías por sí sola —explicó Adriana—. Habrá que revisar qué obligaciones se pretendieron atribuir y qué requisitos faltaban. Por eso estamos notificando antes del desembolso.
Mi suegra se acercó a mí.
—Renata, esto puede destruir el apellido de mis hijos. Hay empleados. Piensa tantito.
La palabra empleados me hizo abrir la otra carpeta.
Ahí estaban la nómina próxima, las cuentas por cobrar y los pedidos confirmados. Había pedido ese reporte precisamente para saber si las medidas podían afectar salarios o entregas.
—Por ellos no voy a permitir que siga saliendo dinero sin respaldo. La operación ordinaria continúa. Los pagos revisados son éstos.
Mauricio se volvió hacia su papá.
—¿Vas a dejar que me trate así en tu casa?
Esteban no contestó enseguida.
—Voy a llamar a mi abogado —dijo al fin.
Fue la primera decisión sensata que le escuché esa noche.
Lorena cambió entonces de tono.
—Lo de tus papás estuvo mal. Se me pasaron las copas. Les compro otra ropa y ya.
Recordé a mi mamá tratando de limpiarse el cuello sin manchar mi saco.
—No te tropezaste, Lorena. Decidiste hacerlo. Y los demás decidieron reírse.
—Ya te pedí perdón.
—Me ofreciste reemplazar un vestido.
La miré hasta que dejó de buscar apoyo en su mamá.
—Mis papás merecían respeto cuando ustedes pensaban que yo no tenía nada. Lo que acaban de enterarse de mi dinero no cambia lo que les hicieron.
Guardé el teléfono y tomé mi bolsa.
Mauricio se puso entre la puerta y yo, sin tocarme.
—Podemos hablar solos. No vas a tirar cuatro años por mi hermana.