PARTE 1
Mi cuñada me metió el pie frente a una chimenea de piedra y, mientras yo sangraba en el suelo, anunció que le había arruinado las fotografías familiares.
—Ese es mi lugar, Lucía. Te dije que te quitaras —soltó Renata, acomodándose el vestido rojo.
Sentí un dolor seco en el hombro y después un zumbido dentro de la cabeza. Intenté incorporarme, pero el piso se movía. Al otro extremo de la sala, mi esposo, Adrián, seguía sujetando su copa. Mi suegra, Beatriz Villarreal, ni siquiera se acercó.
—No hagas un drama. Siempre estás mareada —dijo.
Aquella noche, en una quinta de Santiago, Nuevo León, entendí que llevaba meses confundiendo el cansancio con algo mucho más peligroso.
Tenía 33 años y coordinaba las operaciones nocturnas de una terminal ferroviaria en Salinas Victoria. Mi trabajo consistía en detectar retrasos, revisar movimientos de contenedores y evitar que un error pequeño paralizara cientos de entregas. Era pesado, sí, pero me gustaba. Con mis bonos había pagado la reparación del techo de nuestra casa y también invertido en una empresa de tecnología logística. Adrián conocía lo primero; de lo segundo nunca preguntaba demasiado.
Él tenía 35 años y era director comercial de Rutas Villarreal, la transportista de su familia. Nos casamos 4 años atrás por separación de bienes. Al principio me admiraba por mi independencia. Después empezó a pedirme que dejara «ese trabajo de hombres» para acompañarlo a comidas de negocios.
Beatriz dirigía la empresa y también la vida de sus hijos. Renata, su favorita, se presentaba como diseñadora de interiores. En realidad pasaba más tiempo haciendo videos de su ropa que trabajando. A mí me llamaba «la del patio de maniobras» delante de los invitados.
Desde septiembre había empezado a sentirme extraña. Dormía 10 horas después de cada turno y aun así despertaba con la lengua pesada, como si hubiera pasado la noche bebiendo. Mi médico familiar pidió estudios generales que no mostraron una explicación clara. Adrián insistía en que era estrés.
Todas las mañanas me recibía con café de canela.
—Tómalo y acuéstate, amor. Yo me encargo de todo.
Al principio lo agradecía. Luego noté algo raro: los días que desayunaba en la terminal, antes de volver a casa, la confusión era menor. Se lo comenté una vez. Adrián dejó de sonreír y me dijo que estaba obsesionándome con tonterías.
Yo había intentado hablar de aquella somnolencia con Beatriz. Su respuesta fue que una mujer decente debía estar despierta cuando su marido llegara, sin importar a qué hora terminara su jornada. No volví a contarle nada.
La reunión de febrero celebraba el aniversario de la transportista. Yo acababa de cubrir un turno largo por un accidente en una vía secundaria. Quise quedarme en casa, pero Adrián necesitaba que saliera en la fotografía oficial. Llegué con pantalón oscuro y suéter azul. Renata me examinó como si hubiera entrado con los zapatos llenos de lodo.
—No te acerques a la chimenea. Ahí voy a grabar.
La sala estaba helada porque habían abierto las puertas del jardín. Me quedé junto al fuego apenas un momento. Vi a la tía Elisa, hermana del padre fallecido de Adrián, sentada cerca de una ventana. Era la única Villarreal que alguna vez me preguntaba cómo me iba de verdad.
Renata se aproximó con el teléfono en alto.
—Te estoy hablando. Muévete.
—Ya voy —respondí, dando media vuelta.
Sentí su bota enganchar mi tobillo. Después vino el golpe.
Alguien del servicio quiso llamar una ambulancia. Beatriz ordenó que no interrumpieran la celebración. Fue Elisa quien insistió, y una empleada marcó al 911. Mientras aguardábamos, Adrián se inclinó por primera vez hacia mí.
—Di que te caíste sola. No necesitamos un escándalo.
—Vi lo que hizo tu hermana.
—No empieces.
En urgencias me diagnosticaron una fractura de clavícula y una conmoción que requería observación. Cuando una doctora me preguntó qué medicamentos tomaba, respondí que ninguno, salvo analgésicos ocasionales. Ella revisó una pantalla y pidió repetir una pregunta.
—¿Está completamente segura?
Asentí. La doctora solicitó una prueba complementaria porque mi somnolencia no coincidía del todo con las lesiones. Mientras esperábamos, Adrián llegó acompañado de Beatriz y un abogado que cargaba una carpeta.
—Estamos viendo una clínica donde podrás descansar —dijo mi suegra—. Solo tendrás que autorizar una valoración.
Sobre la primera hoja alcancé a leer «consentimiento para ingreso voluntario». Debajo había otra autorización, mucho más amplia, para que Adrián realizara trámites en mi nombre. Me negué a tomar la pluma.
En ese momento volvió la doctora. Cerró la carpeta con suavidad y miró directamente a mi esposo.
—Necesito hablar con la paciente a solas. Encontramos un sedante en su organismo y ella asegura no haberlo tomado.
Adrián soltó mi mano tan rápido que me dejó los dedos fríos.
PARTE 2
—¿Qué clase de sedante? —pregunté cuando la puerta se cerró.