La doctora Salcedo explicó que la prueba inicial había detectado una benzodiacepina. Hacían falta análisis confirmatorios, y ese resultado no demostraba quién la había administrado. Pero sí exigía cuidado: podía explicar parte de mi somnolencia y aumentar el riesgo de una caída.

—No acepte papeles mientras esté confundida —agregó—. Nadie puede convertir una valoración en un ingreso voluntario sin su consentimiento informado.

Le pedí que dejara asentado que yo no tenía receta de ese medicamento. También solicité copia de mi expediente cuando estuviera disponible y que no compartieran información con Adrián sin mi autorización.

Pasé esa noche en observación. No huí del hospital ni arranqué cables, como mi marido insinuaría después. Llamé a Gabriel, un compañero de confianza, para que trajera mi computadora de trabajo y una muda de ropa. A primera hora contacté a Laura Quintana, una abogada que había asesorado a nuestra cooperativa de empleados.

—Quiero saber qué me hicieron, no una venganza improvisada —le dije.

Laura me aconsejó conservar los documentos originales y presentar una denuncia ante el Ministerio Público. Lo hicimos después de que me dieron el alta, con la indicación de volver si aparecían síntomas neurológicos. Yo todavía caminaba despacio y llevaba el brazo inmovilizado.

Empecé por los horarios, como hacía con mis trenes. Abrí la aplicación del seguro vehicular que Adrián y yo habíamos contratado juntos. Ambos podíamos consultar el historial de recorridos de nuestros autos. Durante los meses en que yo despertaba aturdida, el suyo permanecía estacionado casi todas las mañanas en una torre de departamentos de San Pedro, no en las oficinas de la transportista.

Había hecho una tabla con fechas, turnos y momentos en que me sentí peor. El patrón se repetía, pero también había excepciones. Dejé las anotaciones completas, incluidas las que no apoyaban mi sospecha, porque sabía lo fácil que era engañarse cuando una conclusión parecía explicar todo.

También revisé nuestro estado de cuenta compartido. Cada día 15 había una transferencia de 18,500 pesos a «Estudio N. Ortega». Sumaban 92,500 pesos en 5 meses. Adrián me había dicho que eran honorarios por publicidad de la empresa, pero la cuenta de origen era nuestra, no la de Rutas Villarreal.

Busqué el nombre del estudio. Encontré fotografías de una joven llamada Natalia Ortega. En una imagen aparecía la mano de Adrián, reconocible por el reloj que le regalé al casarnos.

La traición me dejó sin aire. Sin embargo, una fotografía no probaba que él me hubiera medicado. Se lo dije a Laura. Ella asintió.

—Entonces no confundamos una sospecha con una prueba.

Llamé a Natalia. No le grité ni la amenacé. Le expliqué que Adrián seguía casado conmigo y que yo acababa de salir del hospital. Al principio me colgó. Esa tarde me devolvió la llamada, llorando.

—Me dijo que ustedes ya vivían separados. Que tú dormías todo el día porque no querías verlo.

Le pregunté si alguna vez había hablado de mi café. Guardó silencio y después me envió una exportación de sus mensajes. En uno, fechado en noviembre, Adrián escribía: «Después del café ya no se despierta hasta la tarde. Podemos vernos sin problema». Otro decía: «Mi mamá cree que debemos conseguir una valoración, así dejará de pelear por las cuentas».

Era una pista brutal, pero no bastaba por sí sola para determinar qué había puesto en la taza. Entregué los mensajes a Laura para que los incorporara a la denuncia y pudieran verificarse.

Todavía faltaba saber cómo me caí. Recordé a Elisa junto a la ventana y fui a verla. Me recibió en su casa modesta de Guadalupe con un gesto triste.

—Renata te metió el pie —dijo antes de que preguntara—. Y vi que Beatriz le hizo una seña cuando tú te volteaste.

Elisa había permanecido apartada desde que discutió con su cuñada por el manejo de la empresa. No me pidió que confiara solamente en su palabra. Recordaba al fotógrafo contratado para la fiesta.

Conseguí su contacto mediante la invitación electrónica. Le solicité que conservara los archivos originales y que, si la autoridad lo requería, los entregara. Al revisar una copia que proporcionó voluntariamente con asesoría de Laura, aparecía Renata extendiendo la pierna justo antes de mi caída. La mano de Beatriz se alzaba en el mismo segundo. No mostraba una orden inequívoca, pero destruía la versión de que yo había tropezado sin ayuda.

El fotógrafo no era nuestro amigo ni estaba dispuesto a arriesgar su negocio por una pelea familiar. Por eso Laura no le exigió que acusara a nadie. Le pidió únicamente conservar el material en su formato original, con fecha y secuencia, para que después pudiera revisarlo un perito. Eso me dio más tranquilidad que cualquier promesa de venganza.

Entonces llegó el correo que volvió todo todavía más grave. Era de la secretaria corporativa de Bitácora Norte, la empresa tecnológica en la que yo tenía acciones. Adjuntaba una solicitud enviada por Adrián para conocer el procedimiento de cesión de mi participación.